un sitio de reunión para todos aquellos que escriban o que pretendan hacerlo. sobre todo aquellos que escribimos en las sombras e, incluso, en una zona de cierta penumbra.

sábado, 29 de diciembre de 2007

De la muerte de Benazir en adelante.

Con gran detalle se puede seguir por Internet la muerte de la ex-gobernante y líder ( o lideresa, que aunque suena raro, pues aplica) de una gran parte del Pakistán Benazir Bhutto. En última instancia parece ser que fue Al Qaeda, una suerte de mala de telenovela venezolana que se ofrece sin mayores requerimientos ni casting como antagonista genérico de todo lo que huela o pueda oler a gringo en el lugar que sea. Digo parece ser porque un hipotético Fidel Castro teoriza en una misiva enviada a la Asamblea Nacional de Cuba acerca de la responsabilidad del gobierno de Bush, grande según afirma (la responsabilidad, no el gobierno) en este hecho sangriento y sus esperadas y no deseadas consecuencias.
En cualquiera de los casos y sin sumar otras acusaciones, que existen y son creídas, es evidente que ha muerto alguien y que morirán más por ello. Julio Cortázar, en algún capítulo de la inagotable Rayuela se refiere al espanto que causan en las madres o en las tías las muertes de los vecinos o conocidos y la frialdad con que estas mismas parientes acogen las masacres o hecatombes acaecidas en tierra lejana y resumidas por una información periodística conforme a las reglas del género. Se recrimina Julio el hecho de reconvenir él mismo, con el nombre de Oliveira, esa conducta en madres y tías hasta el cansancio, hasta la estupidez, como si de tal manera encarnase una moral superior, digamos LA MORAL del intelectual consciente.
Un poco exagerando veo que Cortázar intenta desarrollar la idea del valor de cada vida, la idea de que el sufrimiento tiene que ver con la cercanía geográfica y la idea de que no debe andar uno por ahí jodiendo a la gente, aunque es obvio que sólo se dará cuenta de ello mucho más tarde y en el proceso de escribir una obra maestra de la literatura. Fue bueno leerle. Porque leer es como oír.
En Venezuela las emisiones de la televisión tienen que ver, en una abrumadora mayoría, con el hecho político. No ha sido desde siempre eso así, lo puedo asegurar con la certeza del que no siempre tuvo televisión por cable. Algunos festejan esta tendencia en nombre de un despertar de un pueblo que, es mi opinión, más parece sonámbulo que otra cosa. El común denominador de la política y de los programas que de ella se generan es este: gente que habla mucho. Gente que aparenta, o quiere hacerlo, tener una visión clara de las cosas, entendiendo por cosas: mi vida, tu vida y las otras cosas que giren en torno a ellas o en torno a las cuales giren las dos primeras. Gente que piensa por ti, podría decirse. Gente que quiere hacerlo por ti, también.
En nuestro mundo binario la mucha afición a hablar comporta un poca habilidad para oir. Y quien no oye (y quien no lee y no mira con atención) no aprende y es menos gente porque no aprende a serlo.
En este blog se habla, no mucho, pero se habla. Y no se escucha, porque el azar de los buscadores y la poca inspiración de autor atraen pocos lectores y menos aún escritores de comentarios. Y sin embargo sueño con un blog para oir, un blog para conocer lo que piensan los demás y para, de vez en cuando y en el momento justo, hablar para preguntar, felicitar, incluso amar.
No era de extrañar, esto de los blogs, como todo lo humano, está signado por el amor. Para mal. Pero sobre todo para bien.

domingo, 16 de diciembre de 2007

Es que uno se desespera

Hoy día escucho y leo tantas veces la misma palabra: "reconciliación" y un poco más allá repiten "pírrica" y la frase "ganamos todos". Da risa tanta palabra hueca. Abogo por expresiones sinceras, abogo porque cada quién pueda y deba decir lo suyo, lo que sienta así su dicho esté lleno de odio o de burla. ¡Por Dios, no se puede vivir en el país de la apariencia, del qué dirán! No se puede pretender que las cosas no han pasado, no se puede hoy, no hay ganas de hacerlo. La usada expresión "no hay reconciliación posible mientras haya injusticia" parece salida de la boca de un preso político recién salido de la ESMA (uno de los pocos que hubo), no de gente que gobierna desde hace nueve años un país. Yo no quiero ser una nueva especie de hombre, el hombre comunitario. Todo eso me molesta. Intenten resucitar a un muerto, uno muy querido, invocando el poder popular y verán que no hace milagros, contra todo lo que se piense. Ya no más, por Dios. Conozco a tanta gente humilde, conozco a poca gente de la clase alta. Es sólo gente, plusvalía aparte. Hay poco tiempo, es necesario tener hijos, jugar, caminar con los panas, beber hasta el otro día, molestarse, es necesario decir lo que se piensa, incluso es necesario herir de palabra para no hacerlo de mano, de cuchillo o de pistola. He perdido tantos amigos en este proceso, que ya no sé ni qué pensar.

Un escritor realmente maldito: Barón Biza

Este vídeo pudo convencerme de que siempre hay una manera adicional de hacerse el maldito, más allá de las consabidas ideas de malditez y marketing que hemos admirado en algún momento. No es un ejemplo a seguir, es obvio y tal vez ni haya sido buen escritor, pero entretiene de algún modo.

domingo, 9 de diciembre de 2007

A veces hay que escribir estas cosas



Una página en blanco que se abre como una promesa que nadie hizo; eso no es suficiente frente al horror, frente a su aplazamiento. Uno puede dormir en la multitud y ser observado y en vano creer que se está bajo una luz distinta, ser Kerouac o amigo de Kerouac o lector de Kerouac. En los albores del sueño, en el o la duermevela, persiste un discurso ignorado de ordinario, que corrige o pretende corregir el discurrir de la existencia: Tal vez sus afanes deberían apuntar a la idea misma de discurrir, de devenir.
Cuando se ha perdido la juventud se obtiene a cambio la indulgencia: el abuelito está todo orinado, no le diga nada, pobrecito, pero no lo deje sentar en los muebles de la sala. El asunto final es que nadie sabe cuál es el problema en realidad. A veces señalan a Dios; el ateismo es dura fe, signada o por una profunda convicción y actuar en consecuencia o por la pereza y paralelo no-actuar-actuar-de-a-poco que alienta la idea del paso veloz del tiempo. Thomas Mann en su Montaña Mágica me dio esta idea: el tiempo es veloz cuando uno se aburre, cuando se acostumbra. No lo dijo así y sus lectores, que deben ser pocos y dentro de los cuales estoy, tal vez me odien por tan excesiva simplificación. Ahora bien, cuando no se quiere vivir ¿No es preferible que todo acabe antes? Todo perezoso, todo abúlico, todo funcionario público debería ser considerado, en el fondo y a la derecha, un suicida en acción ralentizada.

domingo, 2 de diciembre de 2007

Casa Tomada

La voz de Julio nos cuenta este relato. Qué grande eras, amigo que no conocí.

Un muerto encierras

Este tema de Ismael Serrano lo he comentado con algunos amigos y hoy deseo compartirlo con otros. Ojo con la letra.

sábado, 1 de diciembre de 2007

Mi primer libro

Según la información que en él consta, salió en septiembre editado por El perro y la rana, institución del Estado venezolano. No tuve acceso a su corrección y ya noté algún detalle en la edición. Sin embargo, estoy contento. Me publicaron en papel periódico; seguro que mis palabras, por lo tosco del medio en que fueron impresas, no servirán para costumbres higiénicas. Debo leerlo y devolver el ejemplar. Me lo prestó una amiga muy querida. Yo supe por terceras personas de la existencia de mi libro y sufría porque aún no lo había visto. Por cierto, se trata de un texto con 17 relatos breves y se titula Pequeños episodios. Que a tí te bendiga y mí no olvide.

viernes, 30 de noviembre de 2007

La pereza, el trabajo, la enfermedad... algunas cosas me hacen recurrir en el sabido post donde explico mi larga ausencia... algún día iba a ocurrir, aunque yo no quisiese, tenían que aparecer estas

Tenía que pasar y pasó...

La pereza, el trabajo, la enfermedad... algunas cosas me hacen recurrir en el sabido post donde explico mi larga ausencia... algún día iba a ocurrir, aunque yo no quisiese, tenían que aparecer estas letras tras otras que delatarían mi normalidad. Se pensaba que no era yo de esos, los que lo dejan un tiempo, ponen un adios (este no es, por suerte) o un porqué no había vuelto a escribir.
Hice este post casi obligado y entendí su verdadero carácter: es un mea culpa, un acto de redención que lleva su penitencia en sí. De tal modo, a comenzar otra vez. ¿Serán cosas de la edad? Hace un tiempo expliqué que ya soy más viejo que Cristo. Espero no tener problemas con ello.

martes, 23 de octubre de 2007

Un poco (demasiado) sobre el relato breve


El relato breve tiene sus teóricos; serán dejados de lado en esta entrada, bien porque su estudio pueda considerarse extenso, contradictorio o árido o bien porque el autor del blog los desconozca o prefiera desconocerlos. Breves puntualizaciones se hacen necesarias. A cada cosa según su naturaleza o forma de ser.

No creo excesivo o presuroso afirmar que existe mayor número de obras maestras dentro del cuento breve, incluso brevísimo, que en el campo de la novela. Tal vez sea porque se dure menos en la ejecución de aquel en comparación con ésta (esta tesis se puede comprobar con un sencillo experimento casero).

Un cierto ánimo de competencia determina que en algunas épocas se haya intentado (y en otras logrado) escribir cuentos cada cual más breve que el anterior. Magnificos ejemplos hay:


For sale: baby shoes, never worn. (Se vende: zapatos de bebé, sin usar) Ernest Hemingway


El dinosaurio.

Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí. Augusto Monterroso


La tradición zen, con sus koans y sus relatos ha contribuido a enriquecer este género que de esta manera se emparenta, o así lo creo, con el haiku en lo de producir un destello en el ojo o on estremecimiento del espíritu a los que sigue la nada.

El cuento brevísimo no sólo puede abordarse con ánimo lírico. Muchas veces el mismo se nutre de una idea ingeniosa, de esas que en la oralidad se encarnan en el buen chiste o adivinanza que de tanto repetirse pierde la gracia, sin que por ello deje de oirse una y otra vez, incluso en la misma fiesta, velorio o de tarde de calor en la oficina. La ambigüedad o ambivalencia es un buen producto final.

Gracias a la Internet se puede acceder a una gran cantidad de trabajos breves de narradores que de otro modo no conoceríamos, a causa del extraño e injusto (y otros calificativos más fuertes que no tengo deseo de escribir) filtro de las empresas editoras. El mexicano Eduardo Olivares nos da un maravilloso ejemplo ello, tomado de la página http://www.ficticia.com/:



EL FETO GENIO
Eduardo Olivares
El feto genio despertó temprano. Ya pronto serían los nueve meses cumplidos desde aquel infausto día en que una simple célula había derivado en la masa de miembros pequeños y demandantes y de sensaciones confusas en que se había convertido. Meditó sus opciones mientras nadaba en las pegajosas aguas de su hábitat. Escuchó a sus padres hablar de hospitales y de sexo y de cuentas por pagar. Escuchó a su madre cantarle y también la escuchó jadear atrapada entre las viscosidades intensas de la masturbación. Escuchó los noticieros televisivos y, a través de las desenfrenadas voces de los conductores, percibió el dolor vivo e infinito de un planeta al borde del suicidio.
Entonces, en un impulso de inextricable sabiduría prenatal, decidió no nacer.
-Ni que estuviera pendejo -, razonó, mientras sus ojillos llenos de orina alimenticia y de mucosa asfixiante, se cerraban plácidamente para siempre.


A modo de ejercicio pretendo demostrar cómo se puede construir, aún torpemente, un relato con base en cualquier idea sencilla:


La adolescencia es tiempo de gran padecimiento, si se sigue la etimología e incluso carencia. En ese tiempo Carlos caminaba, si no pegado a las paredes, sí ensuciando con cal o pintura barata pantalones y camisa y sufriendo alguna rasgadura o raspadura en ropa o piel. Desde esa posición podía contemplar muy bien a las muchachas más hermosas a sus ojos, esas que poblaban sus ensoñaciones eróticas. Un día un golpe le desvió de la contemplación. Un hombre de unos cincuenta años, calvo y rosado lo empujaba, una mano contra el pecho y el puño semiabierto semicerrado bajo la oreja, con fuerza. "No me vas a robar, vete a la mierda". El hombre entró a su oficina. Carlos se dejó crecer el pelo, se inscribió en el partido comunista y usó en lo adelante una argolla en la oreja izquierda, demasiado grande tal vez. Colocó pancartas y escribió pintadas de madrugada, militó lo más que pudo y a los años compró carro. Su partido llegó al poder, pero siguió de largo. Sin darse cuenta, esperó y al fin vio en la prensa la noticia del deceso del hombre calvo que en los últimos años ya palidecía. No se sintió contento, tampoco tranquilo, pero estuvo bien. Al mirarse al espejo vio cómo la argolla, con su peso, había estirado visiblemente su pabellón auditivo.

lunes, 8 de octubre de 2007

La doctrina del shock

domingo, 7 de octubre de 2007

Próximo cumpleañero

Ayer reflexioné sobre los aniversarios de vida y la película Cadena de Favores. Creo que debe establecerse un mecanismo para que los unos, agasajados del día, anuncien los próximos festejos y así vivir en eterna amenaza de fiesta. Yo cumplo mi parte. El tres de noviembre de 1954 dio sus primeros pasos una criatura llamada Godzilla. El tiempo no le pasa, cada vez se ve más joven, tal como podrán ver en el video. Tal vez tenga un poco de mal carácter, pero es muy buena gente. Te paso el testigo, Godzilla, de aquí sigues tú.
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sábado, 6 de octubre de 2007

Feliz Cumpleaños a mí!!

Frank Miller creó su gran obra "El regreso del señor de la noche", al darse cuenta que ya estaba más viejo que su héroe favorito, Batman, por lo que, en uso de una provechosa venganza, lo imaginó viejo y cuasi retirado, con las maravillosas consecuencias que cualquier lector de comic ha disfrutado hasta la saciedad.
Cristo murió a los treinta y tres años. Le mataron a tiempo, mientras su verbo era aún potente y novedoso. Antes de que se empezara a repetir. Antes de que la gente exclamara: "Son cosas de viejo". El Sermón del Monte requería de pulmones vigorosos.
Hoy cumplo treinta y cuatro años. Muchos hombres antes de mí habían alcanzado logros fabulosos a esta edad. Una ventaja les llevo, porque estoy vivo. Del apuro sólo queda la muerte.
Estoy en la edad en que se hace balance y se debe contar con bienes suficientes, ser sensato y tener alguna enfermedad crónica. En lo de los bienes estoy atrasado, creo. Y no lo digo por remedar a Henry Miller cuando al principio de su Trópico de Cancer dice: "No tengo dinero, ni bienes, ni esperanzas. Soy el hombre más feliz sobre la tierra". Hay que ser más serio, coño, me dijo un amigo, ni que ser pobre fuera bonito. Ejemplo claro de esta errónea concepción, el tema "Pobrecito mi patrón", de Alberto Cortés.
Y sin embargo, no todo es dinero. Eso lo sé. Lo que ocurre es que el dinero es más sencillo. Lo de las relaciones es medio oscuro. Y lo del arte, tura de turas. Ah, Julio, Julio Cortázar, no me abandones hoy y nunca más.

martes, 18 de septiembre de 2007

Sicko



Michael Moore, en junio de 2007 estrenó Sicko, documental relativo a las inhumanas políticas de los seguros médicos norteamericanos, que anteponen la ganancia, como valor fundamental, frente a la vida e integridad humanas. Impresiona el cálculo frío que condena a muerte a un ser y el llanto de éste cuando sabe, así, con certeza, con crueldad, con vacío, que va a morir. Todos pereceremos al final, aunque evitemos pensar en el asunto ¿Será malo ganar unos dólares en el interín?, parecen preguntar aquellas empresas.
Moore contrasta las condiciones norteamericanas con las de otros sistemas de salud, de carácter público, Inglaterra o Francia, por ejemplo, mostrando que en el primero de estos países una receta médica suma el mismo módico importe en una farmacia de Estado, sin que cuente para ello la cantidad de medicamentos o las características de los mismos. En tierras galas, por otro lado, se llama al médico para que acuda a casa con prontitud apenas menor que la destinada en Norteamérica para el despacho de una pizza u otra especie de comida rápida, sin que el paciente deba pagar nada por el tratamiento.
En lo humano, dos momentos me impresionaron. Cuatro mujeres de sano aspecto refieren en pantalla sus experiencias, las dificultades afrontadas frente a las aseguradoras. Minutos después uno se entera que dos de ellas han muerto y la tercera, una bella muchacha, está invadida por el cáncer. Una doctora, Linda Peeno, cuenta su ascenso dentro del mundo corporativo: mientras más tratamientos médicos negase, mayores logros laborales obtenía. Un amigo, ex-trabajador de ese ramo, me comentó que las aseguradoras en Venezuela eran tan salvajes como las norteamericanas: a los empleados se les exigía revisar hasta el más ínfimo detalle de las pólizas y expedientes para buscar la justificación, muchas veces formal, para evitar el pago.
Ya al final de la película Moore fleta un barco para llevar a Cuba, a fin de que se les suministre atención médica, a un grupo de socorristas afectados en su salud por la participación en los rescates del 11 de septiembre de 2001. Esto, según se comenta en algunas páginas web, podrá conllevar problemas legales al director del documental e incluso al grupo que le acompañó a la isla caribeña.

ADVERTENCIA FINAL Y NO POR ELLO MENOS IMPORTANTE:

La diferencia entre el sistema comunista y el capitalista es que, aunque los dos nos dan una patada en el culo, en el comunista te la dan y tienes que aplaudir, y en el capitalista, te la dan y uno puede gritar; yo vine aquí a gritar.

Reinaldo Arenas, Antes que anochezca.

lunes, 10 de septiembre de 2007

Nostalgia, creo que le dicen...

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La infancia se queda prendida a las cosas más nimias. A veces pensamos en ella y a veces, por extrañas conexiones, hacemos algo más que pensar y sólo un poco menos que regresar. Es normal que alguna lágrima... Es normal. Tal vez no todo el que lea me entienda, tal vez yo no pueda entenderle. Es que la nostalgia es isla compartida quién sabe cómo, con alguna gente. A veces sólo son dos. A veces es uno sólo que creía que no era así, sabiendo desde el principio lo contrario. Las ilusiones son otra cosa.

Hace mucho tiempo un amigo me dijo que contemplar en televisión la muerte de Mazinger Z había sido el momento más duro de su infancia. Lo dijo en son de broma. Al menos en tono idem. Al menos parecía bromear. Yo reí, porque para mí también fue duro. Antes de eso siempre pasaba algo maravilloso que permitía que el robot continuara su lucha contra el doctor Hell y sus monstruos mecánicos. Pero ese día, sin aviso y junto a mis hermanos, supe que no era así. No voy a mentir, aunque sería bonito, no recuerdo la hora, el cielo, el viento que soplaba entonces. Tampoco podía plantear las cosas así en aquel entonces, pero creo que mi amigo y yo y otros amigos y muchos a quien sólo conozco ligeramente y aún otros que no conozco para nada, ni siquiera de nombre, supimos ese día que existía la muerte. Vallejo me lo explicó así, luego:

Hay golpes en la vida, tan fuertes ... ¡Yo no sé!

Golpes como del odio de Dios; como si ante ellos,

la resaca de todo lo sufrido

se empozara en el alma... Yo no sé!


Son pocos; pero son... Abren zanjas obscuras

en el rostro más fiero y en el lomo más fuerte.

Serán talvez los potros de bárbaros atilas;

o los heraldos negros que nos manda la Muerte

Luego de eso, Nietzche en su "Así hablaba Zaratustra", con la noticia de la muerte de Dios, me supo a poca cosa, nada del otro jueves.

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jueves, 6 de septiembre de 2007

Advertencia

Las entradas de este blog a veces son muy largas, más de lo acostumbrado. Hace algunos días recibí esa advertencia de parte de alguien que no quiso identificarse. Es cierto, mi amiga América también me lo había dicho: "nadie lee los post largos".
Todo eso es muy cierto y muy sensato. Y sin embargo, los post siguen estando allí. En primer lugar, porque no he sabido modificar la configuración de éstos, de modo que solo se extiendan unas ciento cincuenta palabras y luego aparezca la frase "continuar leyendo".
Y sin embargo, los post largos siguen estando allí. No se van, no, intento la meditación, intento ser feliz y no me sale, intento cosas que no sabía que se podían intentar. Y después de todo me digo, en una actitud medio lazorraylasuvesca: "nadie tiene derecho a limitarme".

martes, 17 de julio de 2007

Maquinaria


Luciano había sido, desde siempre, operador de maquinaria pesada. Aún era Luciano adolescente cuando su padre, sabiendo la poca predisposición de su hijo para los estudios y contento con esa situación, lo hizo hacer el adiestramiento, obtener el diploma e ingresar en la administración pública. Pasados muchos años, tal vez demasiados, se casó y tuvo un hijo. Como su mujer era bastante más joven que él, fue fácil que la gente comentara sobre pretendidas infidelidades. Luciano, sin hacer caso a los rumores, salía a caminar con su hijo por las tardes, primero tomándolo de la mano y luego, ya un poco mayor el niño, con la mirada atenta dos metros adelante del paso de Adolfo, que así se llamaba.
Adolfo habría de ser, en virtud de una antigua cláusula contractual obtenida por el Sindicato de Obreros luego de una huelga breve y tal vez concertada en reunión de partido, sucesor de su padre en el puesto. Sólo debería esperarse que el muchacho creciera y presentara los exámenes respectivos al hacerse mayor de edad. Adolfo iba muchas veces a visitar a su padre al trabajo y se sentaba en el asiento de la máquina inactiva, bajo la mirada cómplice del supervisor. Pero un día el muchacho dejó de crecer (las gentes siguieron hablando de infidelidad) antes de que sus pies pudiesen alcanzar los pedales. Luciano lo llevó al médico de su trabajo. “Es un joven sano”, dictaminó el doctor y extendió un reposo para Luciano. En su casa, acostado y con la cobija a la altura de la barbilla, Luciano decidió que el muchacho debía jugar baloncesto, porque era evidente que cuantos practicaban ese deporte eran altos y por tanto, Adolfo lo sería. Fue a la cancha de su barrio y habló con el entrenador (“Tampoco es necesario que crezca tanto”, dijo).
Adolfo empezó a acudir con regularidad a los entrenamientos, siendo necesario que, para cumplir a cabalidad con los mismos, dejase la escuela. “Si no crece, todo será en vano”, dijo Luciano a su mujer en voz baja cuando ella preguntó sobre las nuevas costumbres de la casa. Y es que Luciano dedicaba todo su tiempo libre y los pocos recursos materiales de que disponía a asegurar el porvenir de Adolfo. Iba a brujos, hablaba con amigos más entendidos en estas cosas, preguntaba en farmacias y hacía todo lo que le sugiriesen, al principio, los más discretos y, luego y con la cabeza poco tranquila, todos, incluso los reconocidos necios.
Al pobre la desesperación nunca le es suficiente y de repente dos hechos se hicieron incontrovertibles: Adolfo no había crecido un centímetro desde entonces (no era necesario ser más exacto) y cumpliría dieciocho años en tres semanas por lo que ya estaría apto para presentar la prueba, ante el anunciado retiro de Luciano. Por el certificado de operador no había problema: Luciano lo había comprado con algunos ahorros. El ingreso al servicio público era otro asunto. El examinador, un viejo que vivía con su mujer y dos hijos que nunca se habían ido de casa a unos treinta minutos de la ciudad, era un duro. Se enorgullecía de ser y así lo declaraba, por ventura de Dios y de un juramento al padre en lecho de muerte, el único funcionario honrado de la administración, junto al Presidente, claro está, que a nadie le hacen falta los problemas gratuitos. El viejo también era conocido por tener una endeble salud, por lo que Luciano fue a la iglesia y durante tres horas rezó con fervor para que el examinador estuviese indispuesto el día del examen, nada grave, por favor, pero suficientemente desagradable para hacer concurrir a su suplente. Luego de esto sintió una gran paz espiritual. De regreso a su casa, sonrió a todos los paseantes que se cruzaron con él (era parco de palabras y gestos y acostumbraba caminar mirando al piso o a la lejanía) y, en contra de sus hábitos y previsiones presupuestarias, dio limosna a todos los mendigos que encontró (los que ya le conocían sintieron alguna extrañeza).
Al final del día siguiente pensó, de repente, que Dios le ayudaría, pero que era mejor jugar sobre seguro, y llamó a un amigo que conocía a otro que frecuentaba a la señora que era hermana de la otra señora que cocinaba en la casa del examinador. Un malestar estomacal era fácil de producir en alguien sensible. No quiso detalles sobre el método (mientras uno menos sabe, menos culpable se siente) y pagó por adelantado, tanta era su fe en Dios. El examen era a las tres y treinta de la tarde de un jueves. Llovía. En la mañana el examinador no había ido a trabajar. A las tres llegaron Luciano y Adolfo a una vieja oficina de techo demasiado bajo. El suplente estaba sentado frente a un escritorio viejo. “El muchacho es un poco bajo, ¿no?”, comentó el suplente y Luciano sonrió tocando los billetes que, atados con una cinta elástica, tenía en bolsillo. Sonó el teléfono. La mujer del viejo: “Él ya va para allá, un poco de paciencia, un poco de paciencia”.
El viejo usaba gafas gruesas y verdosas y ropa demasiado grande para él. Se sentó ante el escritorio y, pidiendo la cédula de identidad de Adolfo, empezó a llenar planillas mal fotocopiadas. “Es un viejo serio”, pensó Luciano. Salieron de la oficina y caminaron hasta el depósito. “Había de todo allí, quién sabe quién quiso guardar tanto mugre o tantos recuerdos”, contó Luciano luego. Llegaron junto a un tractor amarillo y con algún orín. El viejo dijo a Adolfo que encendiese el aparato. Con dificultad éste logró subir y sentarse frente al volante. El viejo entonces vio a un muchacho que lloraba, sentado en un tractor que estaba al borde de su vida útil, con los pies colgando de tanta derrota y sintió una inmensa piedad. Quiso entonces no ser tan íntegro, tan incorruptible y no lo fue. Se quedó mirando a Luciano, esperando que éste le ofreciera dinero, no importaba la cantidad, pero dinero, porque en la mente sencilla y buena del viejo, no cabía la posibilidad de recibir otra cosa a cambio del orgullo de toda su vida. La gente era honrada o no lo era y el dinero era la única medida. Pero la fama del funcionario era mayor que la elocuencia de su mirada y Luciano no se atrevió a proponer el soborno, sólo suplicó, apelando a los sentimientos paternales del examinador, “Mire a mi hijo”, dijo, “mire su tamaño. ¿Usted cree que yo he podido dormir tranquilo todos estos años? ¿Qué culpa tuve yo? ¿Cómo podría haberme sentido orgulloso? Siempre fingí, claro, un poco por el muchacho, pero sobre todo por mí y por los demás. Pero si el muchacho tuviera el trabajo, otra cosa sería ¿Sabe? Los niños lo miran a uno o al bombero con admiración, piden historias y uno las inventa ¿Qué tanto le puede pasar a uno sentado en una máquina todos los días menos feriados y vacaciones? El niño cuando grande quiere ser como uno, luego se va, se dedica a otra cosa, tal vez se haga millonario o se comporte como tal o se haga político, que es lo mismo a veces o se haga nuestro jefe y nos grite. Eso no importa…”. Luciano se puso de rodillas, con las manos apoyadas en la cintura y luego, comprendiendo lo absurdo de la posición, las juntó en ademán de súplica a la altura del rostro. “Váyase”, dijo el viejo, pero fue él quien salió de la oficina. Luciano se puso de pie y dijo “Viejo hijueputa” y también “Vamos a hablar con alguien del sindicato”. En quince días publicaron el resultado en una cartelera.

Las malas costumbres

Viajar enseñaba siempre grandes cosas a Horacio y, sin embargo, viajaba poco, quien sabe si por miedo, pereza, poco dinero o ninguna simpatía por los inconvenientes que generan los viajes, por lo que continuamente estaba diciendo a sus amigos que si pudiera viajar mucho, si se convirtiera en un viajero habitual, en un trotamundos, devendría también, por la fuerza de las cosas, en la sabiduría. Pero es que en la vida, decía, siempre hay tantas ocupaciones y tantas cosas por hacer primero y tantas cosas que no se han de hacer, porque de lo contrario se puede herir al vecino o ganarse el desprecio propio o ajeno o un tiempo en prisión (circunstancia terrible en cualquier lugar, pero atroz en el tercer mundo) o lo que sea que no sea deseable y que impida que uno haga lo que tal vez le hiciera feliz o hasta infeliz sin remedio.
Horacio viajaba, a veces, por trabajo, por muerte de un familiar, por enfermedad propia o ajena y hasta por no poder decir no a tiempo. Horacio amaba, por el contrario, clasificarlo y ordenarlo todo con una técnica de libro de escuela secundaria. Si en el medio oriente árabes e israelíes aumentaban sus hostilidades y matanzas más de lo acostumbrado (el hombre, desdichado, a todo se acostumbra) y se declaraba una guerra, Horacio anunciaba las diez causas de tal conflicto y si alguien hablaba de divorciarse por aburrimiento, Horacio le comunicaba, en voz baja, aparte y con condescendencia, las siete o aún más consecuencias negativas que se generaban para el hombre de tal decisión. Horacio, extrañamente, habían notado todos, nunca había catalogado los viajes y las razones para hacerlos, aún cuando los más malévolos le habían tendido hábiles trampas para que lo hiciera. Alguna causa debía tener tan extraño, en Horacio, comportamiento. La gente, que odia lo que no entiende y pretendía seguir estimando a Horacio, la encontró (querían un Horacio explicado): Una mujer hermosa que siempre le había rechazado le llamó al teléfono móvil al final de una tarde de viernes, estando con unos amigos. Ella en unas horas partiría a un viaje y quería que Horacio le acompañara. “Estaremos solos los dos”, había dicho y por ser lo más parecido a una referencia erótica que había oído nunca en su favor de aquella hermosa mujer sintió despertar de pronto su deseo sexual y se puso de pie. “¿Por qué te vas?”, preguntó un amigo ya borracho y él aseguró que no se iba, sólo iba al baño y volvía. “Te vas”, insistió el amigo y él dijo que solo saldría un momento y regresaba rápido. “OK”, condescendió su interlocutor y volvió a lo suyo. Salió a la calle y fue a su casa. ¿Cuánta ropa llevar? Todo estaba sucio. En su casa lavaban el sábado. Tal vez era conveniente comprar algo, pero ¿Dónde y en qué momento? Dinero tampoco había demasiado, porque había qué pensar en los pasajes, la comida, los gastos pequeños y, ah, el hotel donde presumiblemente se quedarían. Ella no había dado mayores detalles, no acostumbraba llamarlo y cuando lo hacía era parca e imperativa. Sabía que Horacio no preguntaba y asistía puntual a las citas que ella acordaba, aún a las más incómodas y desconsideradas.
Horacio decidió que una caminata corta lo calmaría como tantas otras veces y que luego de ella regresaría con el ánimo tranquilo y la mente alerta para resolver los problemas inmediatos. Había amenaza de lluvia, sólo amenaza como tantas veces. Afuera, los conocidos hablaban. Saludó rápido a todos. Al llegar a la esquina pensó que ella no le había comunicado el motivo del viaje. ¿Iría acaso a encontrarse con alguien? Otro hombre estaba descartado, porque en tal caso no le habría invitado. ¿Tendría familia allá? Nunca había mencionado algo así, pero era que ella tampoco hablaba con demasiada coherencia ni él le prestaba una entera atención, ocupado siempre en pensar en su no correspondido sentimiento. Ella había dicho que estarían solos. Eso era significativo, no podría ser que ella fuera a alojarse en casa de un familiar y le hiciese acompañarla, presentándolo al efecto como un querido amigo, solo eso y nada más, con lo que lo del hotel quedaría excluido, salvo como una experiencia muy rápida y un tanto furtiva, a ocurrir tal vez en una zona apartada y una hora conveniente, sometidos al apremio del reloj, enemigo del buen desempeño amatorio que Horacio nunca estaba seguro de practicar. ¿Acaso lo de estar solos se refería al viaje en autobús, en el cual unos asientos estrechos y la exageración del aire acondicionado podían invitar a una anhelada intimidad? Podría, además, ocurrir que ella no quisiese que la presencia de Horacio fuere conocida por sus hipotéticos consanguíneos (o amigos o conocidos, que ese cambio de condición no alteraría para nada o en muy poco las consecuencias finales) y entonces sí tendrían que recurrir al hotel o pensión, llegarían a la terminal de autobús, habría muchos taxistas ofreciendo sus servicios, tomarían café con o sin un pequeño desayuno y ella le diría que él debería hospedarse en una pequeña pensión cercana en la cual la esperaría mientras ella iba a hacer algunas cosas. La pensión quedaría en un segundo piso, tendría un precio alto considerando lo pequeño de la habitación y estaría atendida por una muchacha morena y simpática, mala para las cuentas, sobre todo a la hora de dar el vuelto, equivocándose siempre a su favor y pidiendo disculpas con una hermosa sonrisa a los clientes más espabilados. La única opción sería estar tumbado en cama todo el rato, porque aunque existiría la posibilidad de salir a caminar por las manzanas adyacentes, ella podría regresar en cualquier momento y no encontrarle y aunque tendría el teléfono móvil, no podría confiar demasiado en que ella le llamase porque nunca lo había hecho un día sí y al siguiente también, ni aún en el caso de que necesitase de él con urgencia. Allí, acostado, mirando el techo con quemaduras de velas y marcas de humedad, se le podría ocurrir pensar en que ella le había llevado con paso decidido y conocedor hasta la puerta de hospedaje, lo que dejaría entrever que le era familiar y le movería a hacer mil conjeturas, impelido por ese absurdo afán de fidelidad que exigimos de las personas que nos gustan mucho, pero con las que no tenemos ninguna relación afectiva establecida. Las horas podrían pasar, el calor aumentar, el teléfono podría no sonar o hacer apenas ruidos que pareciesen los previos a un repique, la habitación podría parecerse a un infierno, la cabeza podría también parecerse a un infierno y ella podría no llegar sino hasta muy tarde o no llegar, al menos él podría temer que ella no llegara nunca, lo cual sería cierto hasta el momento en que tocasen la puerta y al abrir un hombre moreno, alto, de bigote dijera con descuidada pronunciación “Lo buscan” y sería ella que le esperaría en la calle y que vendría con una sonrisa y él la miraría con despecho y ella le preguntaría como otras veces que si estaba molesto a lo que él contestaría que no, pero dejando entrever su enorme enojo, su gran sufrimiento, éste último molestaría demasiado a ella quien le llamaría inmaduro y cambiaría su sonrisa por una expresión de desagrado. La expresión de él seguiría siendo la misma por un rato, pero por allá dentro, en su pecho, avanzaría un mal gusto, una úlcera inmediata que le iría convenciendo de que ella tendría razón y que él se estaría comportando como un niño. Luego no se quedarían en el hotel sino que podrían ir a cine o a algún sitio caro. Lo que podría pasar después Horacio prefirió no imaginarlo.
Horacio volvió apremiado a su casa. No era demasiado temprano, aunque su ansiedad siempre le hacía fallar en las previsiones horarias. Tomó un morral pequeño y lo llenó de ropa (no hubiera sabido responder si acto seguido le interrogaran sobre qué piezas de ropa componían tal bagaje). Tomó un taxi y llegó a la Terminal cuando los buhoneros ya recogían sus mercancías. Pidió un café con la equivoca intención de calmar los nervios tomando algo. Fue hasta las pistas de salida y miró los autobuses y recordó que no le había preguntado a ella si ya tenía el pasaje comprado y en cual línea de transporte. Fue hasta los teléfonos públicos y la llamó. Contestó ella misma y él le dijo: “No, no puedo ir”. Colgó y volvió con sus amigos, pero estuvo callado el resto de la noche. Al otro día la llamó. Ella le dijo que había decidido no ir ninguna parte.
Viajar enseñaba siempre grandes cosas a Horacio y, sin embargo, viajaba poco.

sábado, 14 de julio de 2007

Narrador alguno

Llegué muy cerca del mendigo. Un fotógrafo que conozco me había hablado de él: “Duerme en las aceras, pero está pendiente de todo, yo le tomé estas fotos. Al rato me miró y chasqueando los dedos dijo que me fuera, circulando, circulando, que tengo mucho trabajo”. El mendigo no dormía, estaba sentado en una plaza y miraba a la gente pasar. Concentrado tal vez en quién sabe cuáles pensamientos, parecía no verme ni oirme. Lo observé con la esperanza de encontrar un ademán una palabra, una costumbre, algo que me diera el germen de un relato para un inminente concurso literario. Una buseta se detuvo junto a él y de ella descendió una linda muchacha; mi sujeto observado le dedicó un gesto obsceno. Saqué una libreta del maletín y tomé la nota (a esta edad, uno ya no se arriesga a perder las ideas). “No me vengas a joder que no soy Guachirongo”, gritó el hombre y, tomando una piedra, el muy granuja se acercó unos pasos y me la lanzó. El proyectil me partió un diente, dejándole un borde en forma de sierra.
Pasando la lengua una y otra vez por aquel borde, me fui triste, pensando aún en qué cuento podría escribir.

domingo, 1 de julio de 2007

Utopía

Un amigo opina que las narraciones que se refieren a la visión que pueda tener el autor o algún personaje sobre el mundo no deben existir. Mi amigo piensa que todo relato ha de tener una enseñanza práctica. Mi amigo escribe muy mal y eso le da rabia. Una vez participó en un concurso de relatos y no ganó (yo tampoco). Con gran tenacidad y comportamientos extraños indagó quiénes conformaban el jurado, supo teléfonos, ubicó residencias y sitios de trabajo. Llegaba con una copia del relato y un lápiz rojo y pedía (con cara de exigía) que le explicaran y anotaran sus errores para crecer como escritor. Con muerte de alguno, jurado, autor o incluso este narrador, el asunto habría germinado en novela negra.
Mi amigo se preocupa mucho por la educación. Alguna vez escribió cuentos, pocos, de la odiada especie más arriba referida. Prometió no hacerlo más. Mi amigo y yo leímos La República de Platón, apenas saliendo de la adolescencia. Mi amigo también leyó la Biblia. Platón se preocupaba tanto como mi amigo por la educación (pensaba, con Sócrates, que la virtud era conocimiento y se podía enseñar). La poesía y la literatura general formaban parte de lo que Platón concebía como instrucción elemental, pero no debía acudirse a ellas para producir goce estético sino alimento moral y religioso, tal como se acercarían luego los cristianos a la Biblia. Esto pensaba Platón con relación a los clásicos de aquella época, porque para sus contemporáneos y para los bardos futuros Platón preparaba una censura que impidiese las influencias perniciosas para la juventud (ya por esta época había muerto Sócrates, condenado a la cicuta por negarse a adorar a los dioses y por corromper a los jóvenes, muerte que causó gran pena y dolor a Platón).
Después mi amigo se enamoró (yo también, pero ya lo he contado en otros textos y lo contaré en el futuro). Algunas veces se le vio esperando frente a una casa, aún si llovía (es que es tan duro que a uno no lo quieran cuando uno quiere). Dejó de leer la Biblia. En enero se le vio de buen ánimo. “El nuevo año me trajo una mujer”, dijo y me habló de una amiga común. Ella era mayor que él. Era alegre y enérgica, pero cuando las cosas no le iban bien uno pensaba que podía matarse o matar a otro. Él se mudó, no del todo, a un apartamento que ella tenía alquilado. Los amigos siempre éramos bienvenidos. “La libertad vale más que unos corotos”, me dijeron; cada vez visitaban con mayor frecuencia la casa de empeño. Una madrugada bebimos y cantamos tumbados o sentados en el piso. Los vecinos no dijeron nada, sueño pesado, tal vez somníferos.
La ruptura fue dolorosa. Mi amigo buscó consuelo en la lectura. “Traigo a Platón corregido”, exclamó y me dejó Utopía de Thomas More. “¿Verdad que allí sí hay democracia?”, me preguntó. “Claro”, contesté. “Mira”, dijo señalando algunas líneas de texto, “se acabarían la juerga y la indolencia”. Algunas cosas más me comentó. Yo nunca he leído el libro. Por aquellos días él apenas lo revisaba por aquí y por allá. “Tal vez nunca lo termine, dan ganas de ser eterno para reflexionar”, exclamaba con pasión. Hoy él se declara utopista. Se reúne con gente, debate y ve el futuro con optimismo. Hace poco lo encontré con otra mujer mayor, que también conozco, pero muy hermosa. Aparte me dijo que nunca se volverá a enamorar.

martes, 5 de junio de 2007

LA RUTA

Tuve un amigo, un iluminado, un hombre excepcional. Su infancia fue tan plena que ya no hubiera querido vivir más, pero el suicidio se habría prestado a demasiadas interpretaciones y mi amigo era, ante todo, asertivo y confiable porque hasta sus más horrendas acciones podían ser previstas con razonable antelación. Algunas veces deseó a alguna mujer hermosa, pero luego de rápidos y eficaces cálculos desistió de cualquier proyecto, sin pensar más en el asunto; tanta era su convicción. Buscó a la mujer modesta, la que cuenta billetes de poco valor con una sonrisa, la que ama con calma y reposo y arrullo de arroyo y la mujer que no desea nuestro prójimo. Luego de varias tentativas la encontró y se alejaron del mundo, no de manera gratuita, porque mi amigo odiaba las acciones sin fundamento y durante el día le ocupaba mucho tiempo indagar las razones y las causas de casi todo, sin que por ello se vanagloriase de poseer un gran entendimiento.

Mi amigo creyó en un ultramundo, grande y glorioso, preparado para quienes lo ganasen a pulso en una gran lucha. Por eso se retiró del mundo, claro, no del todo porque a veces se necesita ir al mercado y otras un buen baño en la playa. El universo era ilusión y también el Eclesiastés. La verdad estaba en los sitios más imprevistos y por ello vio mucha televisión. Algunos lo llamaban timorato, pero los vio caer a todos, en revueltas populares, hospitales del extranjero o en situaciones más o menos prosaicas.
Tuvo un hijo al que amó con pasión, para demostrar a sus detractores que la pasión no estaba reñida con el buen juicio. En resumen, fue un hombre feliz y el día del juicio final Dios le llamó hijo bienamado y le condujo a los cielos en un carro de fuego. Me tendió su mano, bonachón y le dije: no soy digno de ti y se fue, tal vez un poco triste. Entonces suspiré aliviado mientras unos diablos bastante feos me arrastraban hasta mi tormento.

jueves, 10 de mayo de 2007

Borges, los otros y yo.

Acabo de ver una película de Lars von Trier, El Elemento del Crimen. En ella una mujer, pidiendo favores sexuales al protagonista, le solicita que meta a Dios en su cuerpo. Muchos años antes (muchos desde que lo leí, demasiados desde que fue escrito) un relato de Bocaccio ubicado en una de esas noches memorables de su Decamerón, narró la historia de un ermitaño joven y muy santo al que un día acudió una mujer joven y voluptuosa, pero portentosamente inocente (ah, la literatura). La joven quería servir a Dios en aquel retiro. Los primeros tiempos pasaron entre penitencia y oración, más luego el ermitaño, no soportando más el hervor de su sangre, decidió tener relaciones sexuales con la joven, convenciéndola de que el asunto no se trataba más que de una actividad al servicio del Señor. A tal efecto la invitó a meter al Diablo en el Infierno (El Diablo moraba en la ingle de él. El infierno: lindo territorio en la entrepierna de ella). “Mala cosa es ese Diablo”, creo que dijo la joven la primera vez. Después encontró verdadero regocijo en su piadoso proceder.
La relación entre dos ideas de autores tan dispares me causó estupor, maravilla, contento. Y no es la primera vez que me pasa. Y no soy el único a quien le ocurre. Borges, por ejemplo, reseña conexiones mucho más complejas, baste como ejemplo aquel texto que se refiere a Kafka y sus predecesores, vale decir, aquellos autores que aún antes del checo, prefiguraron su obra en el tono, en el tema o en la atmósfera. Una parte importante de la obra de Borges se ocupa de cosas como estas. ¿Por qué? Él era un solitario y solo debió estar cuando las descubrió. ¿Cuántos momentos se habrán perdido? Es difícil compartir una estrella fugaz, pero las estrellas fugaces, en el fondo, son todas iguales. Borges, desesperado, quiso salvar sus alegrías. Por él y un poco, es inevitable, por los demás. No su torpeza, que él se atribuye en algún lado, sino la del idioma, la del lenguaje oral y escrito, se interpuso en su propósito. Pasaron los años y Borges murió antes de que yo pudiera leerle. En Caracas, en una venta de libros usados compré luego sus Obras Completas que no lo son. Rato más tarde vendrá la muerte con sus vainas. Tal vez por eso yo escriba.

sábado, 5 de mayo de 2007

LAS BRUJAS



Cuando era niño tenía miedo de las brujas. A la hora en que en mi casa todos dormían y las luces estaban apagadas, llegaban algunas de ellas. Abrían la ventana, hacían a un lado la cortina repleta de tambores y entraban a mi cuarto. Recuerdo a Julita, una señora muy alta, pelirroja y tan arrugada como un envoltorio de caramelo cuando ya no hay caramelo que comer. Sabía decir cosas que me aterraban y mucho más lo sabía cuando le pedía, por favor, que no le hiciera. Por el camino generalmente tenía luchas con brutales enemigos de las que salía siempre victoriosa, con una pierna o un brazo de menos o de más, contingencia que su magia rápidamente suplía. Conocía de trato a muchos demonios que le habían enseñado secretos de poder y de maldad. Se alimentaba de niños y, según decía, tenía un grueso libro de cocina para prepararlos de infinitas maneras y nunca aburrirse de comerlos. Un día cualquiera me devoraría a mí.

En vista de aquello, hablé con mi madre y le conté todo, mis miedos e incertidumbres. Ella sólo contestó: “No existen las brujas, sólo existen las señoras muy chismosas”. Quise entonces ver qué se decía los libros sobre aquellos seres, en busca de un conocimiento aprovechable. Fui a la biblioteca pública y me hundí en el estudio de volúmenes de todas las envergaduras, todas las épocas y todos los colores hasta que un señor muy anciano me convenció de la inutilidad de lo que hacía. Lo conocí en la biblioteca. Arrastraba tras de sí una silla para descansar cada ocho o nueve pasos. Decía tener mucha experiencia en la materia y sabía que no había ninguna esperanza.

Entonces abandoné mis libros, mis amigos y mis juegos y me entregué a la angustia. Sentía temor desde la primera hora de luz hasta la última y aún temía más por la noche. Huía de la oscuridad, el mal mayor y entonces ocurrió.

Un día, bajo el claro sol de la plaza del mercado, vi a Julita. Llevaba un vestido de un azul muy intenso y estaba en una fila muy larga para comprar un pollo completamente congelado. No me vio; pensé en escapar, en correr sin rumbo. Pero la seguí de lejos, seguí el rastro húmedo que y oloroso que iba dejando el pollo. Luego me fui acercando. Caminó por calles que yo no conocía. En una esquina dio limosna a un ciego. Habló sobre zapatos y telas con una mujer en un portal. Lavó ropa y charló a gritos con otras mujeres en un solar. Oró en la iglesia y cantó por la gloria de Dios. Compró comida en un restaurante de barrio. Y todo lo hizo sin que sus ojos parecieran estar allí.

Llegamos a su casa. Entré a escondidas, como sea que eso se pueda hacer y me oculté rápidamente. La vi hacer gestos y conversar sola y la vi sentarse en su cama y llorar como lloran los que han perdido todo consuelo. Salí de mi escondite y la miré de frente. En aquellos tiempos sabía menos palabras de las que hoy sé y, sin embargo, busqué en mi memoria las tres más hermosas que conocía y se las dije con cariño. Entonces me sonrió de la misma forma en que deben hacerlo los ángeles. Luego me golpeó en la cara y en la espalda y me echó, con gran escándalo de su casa. Ahora digo a todos que las brujas sí existen.

Escrito el 01-02-05



Saber qué piensa la gente. He aquí un verdadero propósito. Dejando de lado las previsiones fáciles como El Otro Yo del Dr. Merengue, especie de interpretación argentina de los momentos cumbres de la extraordinaria narración de Balzac, El Cura de Tours, el asunto tendría consecuencias que presumo insospechadas. Imagino que tal don se otorgue a una persona que hubiere de escrutar la mente de un matemático o cualquier representante de disciplina tan ardua como camino de regreso en cuesta. Poco habría de entender, tal vez ni siquiera podría saber que no entiende, pues es posiblemente habría de dar a la profundidad el carácter de caos. Cosa similar debe ser intentar discernir la mente de Dios o acaso alguno de sus pensamientos. Echando a un lado los ejemplo catequéticos del mar y del cuenco y de la imposibilidad del que de contener el primero en el segundo, imagino observar por un rato y después contar. El recuerdo de las ideas presupone que quien pretenda evocarlas las haya comprendido. Es evidente que si observo la mente de Dios por un rato, como ya dije, me daría vergüenza quedarme callado ante un auditorio ávido de revelaciones o extenderme con gran facundia sobre las razones por las cuales se hace difícil o acaso imposible transmitir al menos una impresión general o en bosquejo de la experiencia que hasta podemos llegar a llamar mística. No, por el contrario, sé que mentiría y, si cuento con algo de suerte, he de mentirme a mí. Algo útil pudiera salir de allí.

domingo, 29 de abril de 2007

De los inconvenientes del escepticismo pertinaz

Para los panas que acuden al Delta Hideaway, aquí está el cuento ganador del concurso de la Dirección de Cultura, iniciantes 2005

DE LOS INCONVENIENTES DEL ESCEPTICISMO PERTINAZ



Por aquellos días un hombre podía traer con facilidad al Demonio a su presencia, es decir, invocarlo, aunque el término en sí había caído en desuso y, por qué no decirlo, en cierto descrédito. ¿Qué ocurría? ¿Por qué habían cambiado los antiguos métodos? El Enemigo Malo se encontraba reflexionando en una oportunidad sobre la naturaleza del rol desempeñado por él en el Cosmos y concluyó que su propuesta podía ser considerada una vía alternativa de algo que no se apuró a definir. Se sabía dueño de muchas verdades tangibles y verificables. Era hermoso y tenía lo que se conoce comúnmente como buen gusto. Muchos le amaban y le agradecían sus favores y su deferencia. Entonces ¿eran necesarios los formalismos, para, a fin de cuentas, tratar asuntos terrenales? En modo alguno era Dios, que si lo fuera bien sabría darse su puesto. En consecuencia declaró el final de la vigencia de la Clavicula Salomonis, del Gran Grimorio y de otros grimorios no tan grandes pero por igual útiles para las impetraciones demoníacas. “Tales composiciones en verso rimado y con métrica, son anacrónicas ante la inmensa popularidad y conveniencia del verso libre”, decía en parte la Resolución redactada al efecto por sus amanuenses.

Dirigirse al Diablo, por tanto, de modo respetuoso y amable era suficiente. El aumento de la demanda determinó el establecimiento de algunas reglas: En caso de no obtener una respuesta inmediata se pedía esperar, pues no constaba en ninguna escritura o libro sagrado de alguna de las grandes religiones que el diablo tuviese el don de la ubicuidad. Existía el derecho de no acudir nunca y, luego de los tiempos primeros de entusiasmo, se creó una comisión que revisaba los caracteres fundamentales de las solicitudes y desechaba las que consideraba frívolas, poco serias o fruto apenas de la curiosidad. Por último, podía Lucifer responder por delegación, ocasión en la cual el subalterno, Asmodeo, Legión o ángel caído nada célebre, presentaba el respectivo documento autenticado.

Existiendo tan favorables condiciones Miguel invocó al demonio, para que le aliviase de la presión arterial alta que le aquejaba y, de una vez, para librarse de un enemigo, rivalidad originada en una vieja rencilla de amor. Eligió como sitio su cuarto y la hora, quince minutos pasada la media noche, luego de la partida de un amigo que le visitaba siempre en las ocasiones más inoportunas. La habitación de Miguel era pequeña y los muebles estaban distribuidos de manera inapropiada, creando en conjunto una sensación de opresión poco cónsona con una hipotéticamente espectacular entrada demoníaca acompañada de humo, fuego y olores nauseabundos. La cama estaba particularmente mal colocada en el centro de la habitación así que la empujó hasta la pared. En el nuevo espacio libre estaban algunas medias llenas de polvo cuyas parejas había echado a la basura hacía mucho tiempo y una libreta escolar que no recordaba haber visto nunca, pero que decía en su exterior, en letra grande que parecía la suya, “INFORME”. Apartó todo esto a un lado con los pies y se sentó en la cama. Durante un rato no demasiado largo solo miró algún punto indefinido en la pared. Ante la ausencia de formalismos no tenía la menor idea de qué hacer.

La puerta se abrió y entró un demonio que no tenía particular aspecto de serlo. Miguel no se sorprendió. Es decir, le asustó, como es lógico, la idea de la presencia infernal y, en cierta manera, le asombró el aspecto vulgar del visitante (pantalón marrón, camisa a rayas, rostro regordete y nada más para recordar) pero, desde su actual manera de considerar las cosas, se hubiese sobresaltado más de ver a su madre o a su hermano franquear la puerta. El demonio le miró.

-Hola –dijo Miguel.

-Hola –dijo el demonio-. Soy Arioch, demonio de la venganza convenida.

-Ok –dijo Miguel.

El demonio colocó sobre la cama un montón de papeles atados con ligas de hule rojas. Algunos, según se veía, habían sido mojados y se habían secado, adquiriendo una deformidad característica. El conjunto olía de manera repulsiva. Miguel consideró poco prudente revisarlos y no los tocó, aunque tal vez, pensaría un rato después y luego de comprobar el lamentable estado de sus sábanas, hubiese sido mejor tomarlos, darles una mirada distraída y colocarlos en el piso. El demonio sonrió. Miguel se sintió confiado de pronto, con esa confianza que estamos seguros de haber experimentado en la primera oportunidad que hablamos con un amigo entrañable.

-Ahí están los documentos –dijo-. Como verás, todo es legal y conforme a derecho.

-Claro.

-No tengo ningún apuro, pero, por favor, dime de qué se trata.

-Ah, sí.

-...

-Claro, sí, mi presión arterial. Sube y sube. He adquirido hábitos sanos de vida. Esas cosas, mucho ejercicio, poca sal, disminución del estrés. Me aburren esas cosas. Y la tensión se mantiene arriba. Ahora mismo está alta. Mi cara se calienta, mis manos se calientan, me zumban los oídos.

-¿Has ido al médico?

-Sí. Lo de siempre.

-Pastillas.

-Cada vez más. Una tras otra.

-¿Tienes algo contra las pastillas?

-No me gustan. A uno le duele la cabeza y toma una pastilla. No puede dormir: pastilla. Estás deprimido, tu vida es un asco: pastillas. A ese paso uno necesitará pastillas para todo. Es decir, una vez está bien, pero no es así. Te acostumbras, hasta te agrada. Es sencillo que toda la responsabilidad la asuma una pastilla.

-¡Ja! ¿Cómo puede ser responsable una pastilla?

-Pues la pastilla asume el lugar de la conciencia, por tanto la responsabilidad de los actos se traslada a la pastilla. Uno no es moralmente imputable.

-Hablas tonterías, pero me diviertes. Ahora vas a decirme que son las pastillas las que van al infierno. ¿Te imaginas eso? Es una soberana tontería; en el fuego del infierno se tuestan las almas, no los productos farmacéuticos.

-Por favor

-¿Qué?

-No vengas con eso. El alma no existe.

-¿Que no existe?

-No

-¿Qué ofreces, entonces, para nuestra transacción?

-¿Qué te interesa?

-Tu casa está llena de porquerías, te seré sincero. Tienes mal gusto y poco dinero. No me interesa nada que tengas aquí, en las gavetas o en el clóset. Solo quiero tu alma.

-No hay problema. Cuenta con un buen negocio -dijo Miguel y rió.

-No termino de entender.

-Pensaba estafarte. Verás. El alma no existe. No puede haber comercio sobre ella. Se supone que me otorgarás algunos favores a cambio de mi alma inmortal. Tendrás la amabilidad de esperar hasta que yo muera. Pero al momento de mi muerte te llevarás la sorpresa de no encontrar nada para cargarte, ni un poco de aire o un poco de polvo porque lo que llamas alma son algunas reacciones químicas que la ciencia ya identificó hace rato. Ahora, te lo digo, el alma no existe. No se puede hablar ahora de timo porque te lo estoy diciendo, no obtendrás de mí nada que valga la pena, al menos en los términos que deseas. Pero si insistes en que existe el alma y por ella me darás algo a cambio, pues sigamos adelante. Soy un hombre práctico. Si existiera el alma, si estuviera seguro de la continuidad ultraterrena de la existencia, no sería tan tonto como para cambiar una eternidad de dicha y de divina contemplación, sea ésta lo que sea, por una efímera felicidad material, por un montón de porquerías.

-Me dirás que el infierno tampoco existe.

-Claro, debe existir, como sitio del cual vienes, porque de algún lado debes venir.

-Ah, entonces el diablo existe pero no existe el alma. Sigue.

-Claro. Una vez alguien dijo más o menos esto: que la gente no crea en la existencia de Dios lo entiendo; pero que no crea en el demonio, eso sí que no me entra en la cabeza. De algún lado tiene que venir tanto mal que vemos en todos lados.

-Y lo que se llama bien ¿De dónde viene?

-¿Bien? ¡Ah, sí! De la casualidad. Del azar. Verás, la gente tiene motivaciones en extremo egoístas. Por ejemplo, en una mañana fría tú quieres tomar un baño tibio. Si esto implica la muerte de una hermosa niña o de una niña fea, digamos para que no me acuses de pedófilo...

-No me pasó por la mente en ningún momento esa acusación.

-En fin, implica la muerte de alguien que no tiene mayores razones que justifiquen su muerte. ¿Qué hace uno entonces? La mente subconsciente hace todos los esfuerzos necesarios para que no te enteres del hecho: ruidos misteriosos en las casas muy espaciosas, fútbol, cancioncitas románticas cantadas a media voz. Un gran trabajo. Pero al final te enteras, interrumpes tu baño y abres el grifo del agua fría. Sales a la calle, con frío y mal humor. Al día siguiente es igual, porque un hombre debe salir bañado y afeitado a la calle. Es su naturaleza. El día y sus afanes te mantienen ocupado, no piensas demasiado en el asunto y si piensas, te ríes un poco o lo comentas con algunos amigos a la hora del almuerzo o cuando caminas por un sitio tranquilo, inventando chistes a costa del asunto. Así pasan algunos meses. Pero una mañana, una mañana cualquiera, abres el grifo del agua caliente, chorros de agua y vapor caen y sabes que por ahí en el mundo está el llanto desconsolado de un ser inocente que muere y la inútil actividad de los que le aman. Muere, pues, así, simple y terrible. O simple nada más. Todos se llenan de miedo, las cosas no son como parecen, como que la muerte no tuvo sentido. Los grandes valores no quedaron demostrados. De allí a que el hombre normal se sienta solo y desamparado, no hay gran trecho. Entonces ocurre. Un magnate contempla la escena, transmitida en cadena nacional. El magnate, un tipo inteligente y dueño del mejor corazón que pudieron encontrar sus médicos, entiende todo de inmediato y presiente una caída sensible en las ventas. Al instante llama a su secretaria, quien lo contacta de inmediato con su administrador general. “¿Cuánto dinero tenemos para caridad? ¡NO BASTA!”. Al rato existe una nueva fundación, miles de niños son salvados. Una estatua se erige en memoria del ser que sufrió para que los demás no lo hicieran. Y aunque una estatua puede ser presa fácil de las deyecciones de los vagos y de los borrachos, se la juzga monumento inmejorable y de gran valor artístico, por lo que los padres llevan a sus hijos los domingos a verla, compran helados y estampas y regresan a casa con el corazón contento y la conciencia limpia. ¿Qué más grande bien se pudo lograr?

-¿Qué ocurrió en tu cuento, al final, con los baños tibios?

-Ah, claro. Que todos pudieron tomarlos cuantas veces quisieron.

-Un final demasiado simple. No resistes la tentación de moralizar. Pero volvamos a lo nuestro. Querías que viniese por tu problema de tensión alta. ¿Sólo eso?

-Eso y otra cosa. Una vez me enamoré. Mucho. Suele ocurrir. Uno no sabe cuando pasa. A los amigos se asegura lo contrario, que apenas es sexo y luego, adiós. Pero uno se enamora y tiene su novia. Ella era rubia y pequeña. Muy linda y me quería. Se llamaba Isabel. A los seis meses nos dejamos. Es decir, ella me dejó por un tipo que tenía una camioneta. Yo pensaba que el tipo tenía cara de idiota, de débil mental, pero luego pensé que esa apreciación no era del todo objetiva. Lo dejé así. El tipo dejó a Isabel luego de un tiempo. Un día lo conocí en una licorería y me trajo hasta la casa. Luego lo veía en todos lados, pasaba muy rápido en la camioneta y saludaba. Un día lo encontré almorzando en un restaurante y hablamos mucho rato. Al tipo le gustaba el fútbol.

-Por favor, no vengas con otro cuento moralizante y largo.

-Es gran cosa el fútbol. Decidí, entonces, no dejarme llevar por el rencor, pues con eso solo lograría dejar de apreciar y disfrutar lo que pudiera tener de bueno la amistad con el tipo. Salimos con unas mujeres. Es increíble la cantidad de muchachas hermosas que conocía en los barrios pobres. La amistad iba bien. Me contó su vida. Nada del otro mundo. Así pasaron los momentos del entusiasmo. Entonces noté que el tipo no se bañaba muy seguido ni con demasiado cuidado. Olía bastante mal, una mezcla repugnante de olores corporales.

-Eres muy delicado.

-No lo soy, es decir, no muy delicado. Pero el tipo era realmente una letrina. ¿Has imaginado alguna vez que la mierda pueda sudar? Me daba asco pensar en las mujeres que se acostaban con él. Isabel era una puerca. Quise rehuir su compañía, pero, creo, el tipo me había tomado mucho cariño. Me buscaba y bebíamos por toda la ciudad. Agarraba mi cerveza –siempre tomábamos cerveza- y me hacía a un lado, buscando un aire menos inmundo. No sé si el tipo se dio cuenta y decidió molestarme o solo lo hizo porque sí, pero comenzó a acercarse a mí y a abrazarme diciendo que era yo su gran amigo y cosas así. El olor ya era bastante. Y ahora venía este tipo y me abrazaba, sobre todo en lugares públicos y con mucha gente. Me incomodaba mucho. La gente comentaba cosas y reía. Le dije que no me abrazara más. Dijo que no lo iba a hacer más. A los días volvía a abrazarme. Entonces noté que el tipo comenzaba a repetir todas las historias que me contaba. Gran parte de sus peroratas versaban sobre sus hazañas sexuales, sus grandes borracheras y negocios con ganado o terrenos en los cuales siempre ganaba enormes cantidades de dinero gracias a su inteligencia y falta de escrúpulos. En las nuevas versiones de sus cuentos todo estaba magnificado: en vez de una mujer llevaba tres a un hotel –una menor de edad, por cierto, era una de las tres; en vez de beber una noche y un día había bebido un mes en la playa, apenas haciendo pausas para dormir, comer e ir al baño; en vez de dejar sin comisión a un socio, lo había abandonado sin dinero y completamente borracho en un bar perdido en el llano. Luego volvió con los abrazos. Alguien que pasaba en un auto nos gritó, riendo, “maricas”. Entonces golpeé al tipo y el tipo me golpeó y yo me fui en un taxi. Y al otro día el tipo estaba buscándome de nuevo.

-¿y qué con eso?

-Que me di cuenta de que odiaba al tipo con todas mis fuerzas, lo odiaba demasiado. El odio me llenaba el cuerpo (si existiera el alma, también la hubiera llenado) –agregó Miguel riendo-. Y apenas bastaba con que algo me lo recordase, así fuera de manera casual y entonces mi presión arterial se disparaba. Ahora sé que ese odio realmente me va a matar. Por ende, el tipo tiene que morir para que yo siga vivo.

-¿Eso es lo otro?

-Sí.

-Está bien. Será fácil. Siempre es fácil

-Este...

-¿Quieres saber qué voy a hacer con tu problema de hipertensión?

-Claro.

-Te traigo unas pastillas. ¿Te las vas a tomar?

-Pero ¿Me curo, así, definitivamente?

-Sí.

-Dame pues.

Arioch le entregó tres pastillas pequeñas y amarillas. Miguel las metió en su boca y salió un momento de la habitación. “Voy por agua”, dijo. Regresó sorprendido por la hora. El demonio hizo un gesto de despedida. Miguel lo miró molesto.

-No quedamos en nada con lo del tipo –dijo.

-Bueno, mañana al mediodía. El tipo va a almorzar siempre en el mismo sitio.

-No sé si siempre, pero le gusta mucho ir al Tercio.

-Va siempre. Nos vemos al frente al mediodía.

-Otra cosa... –dijo Miguel.

-¿Sí? Dime.

-Pues te vas y no me vas a decir nada. Pensé que un demonio tendría una conversación más interesante, que me diría grandes secretos, cosas terribles, no sé, al menos cosas interesantes... No sé...

-¿Cómo querías que lo hiciera si no parabas de hablar? –preguntó Arioch y se fue rápidamente del lugar.

- o –


Miguel llegó, como era su costumbre, media hora antes al lugar señalado. Se paró en la esquina, frente al restaurante y con la calzada de por medio. Se distrajo mirando la gente que pasaba. “Era un juego que había ideado cuando niño”, dijo luego Miguel, “yo veía a la gente a la cara e intentaba adivinar cómo eran ellos y qué les preocupaba o les alegraba, según la expresión que llevasen. Cuando estuve en el liceo me sentí decepcionado, pues al menos tres de mis amigos me comentaron que jugaban a lo mismo en su infancia”.

A las doce el tipo no llegó; a las doce y cuarto-doce y veinte la camioneta se estacionó a unos metros del Tercio. Miguel se ocultó tras de un vehículo y observó. El tipo se bajó del automóvil y Arioch apareció corriendo desde la otra esquina. El tipo comenzó a caminar hacia la entrada y en el momento en que se disponía a subir las tres gradas del acceso, Arioch (que no se había cambiado de ropa) llamó al tipo por su nombre y lo agarró por el hombro. El tipo se soltó y lo miró molesto. Arioch volvió a tomarlo, esta vez por el antebrazo. El tipo forcejeó pero era evidente que sus fuerzas no se comparaban con las del demonio, quien con la otra mano lo obligó a mirarlo de frente. El incidente llamó la atención de los circunstantes, quienes comenzaron a agruparse alrededor. Miguel aprovechó para acercarse. El demonio bajó la cabeza hasta que su boca estuvo junto al oído del tipo y musitó algunas palabras. Las piernas del hombre se doblaron y cayó al piso, arrastrando consigo a Arioch. El hombre intentó arrastrarse, llorando y escupiendo baba. El demonio sacó de su pantalón un cuchillo y lo clavó en el vientre del tipo. La gente retrocedió varios pasos. Miguel vio manar la sangre y vio o creyó ver, porque no tenía control de sus sentidos, como se sucedieron puñaladas en manos, orejas, sexo, tráquea, hipófisis. Arioch se puso entonces de pie y con la mano derecha sacó, también del pantalón, una cola negra que hizo girar en el aire con habilidad de music hall mientras danzaba alrededor del tipo agonizante. Miguel corrió hacia cualquier lado entre vapores que palpitaban. De repente se oyó un grito poderoso: “ESTA NOCHE EN EL MISMO SITIO”.

- o -

-Aquí estoy –dijo Arioch, entrando a la habitación.

-Ajá.

-Bueno ¿Qué te pareció todo?

-Estuvo... bien.

-Como no me diste detalles procedí según mi gusto.

-Estuvo bien.

-¿Cómo te cayó la medicina?

-Bien. Es que uno se enferma y se acostumbra y luego ni se acuerda cómo era sentirse bien.

-Estuve pensando en nuestro negocio y quiero hacerte un regalo. Junta las manos con los dedos entrelazados, pero deja extendidos los índices.

-¿Así?

-Sí. Separa ahora lo más que puedas los índices y espera unos segundos.

Una chispa saltó en el vacío ubicado entre ambos dedos y acto seguido la sustituyó una llama que se extendió límpida. Miguel, asustado, separó las manos y la llama desapareció. El demonio rió.

-También te traje esto –dijo el demonio entregando a Miguel una bolsa de tela-, son cigarros, de muy buena calidad. Disfrútalos.

-Es que no fumo.

-Ah, pues el truco te servirá para sorprender en las fiestas. No, pues, luego vengo y te enseño algunas cosas más, para que te ganes la vida sin tener que hacer gran esfuerzo.

-Otra cosa...

-Dime.

-¿Por qué bailabas alrededor del tipo?

-¿Qué por qué lo hacía? ¿No estaba claro? Tengo que revisar eso... Pues era para que todos se dieran cuenta que me iba a llevar su alma al infierno. Un poco de publicidad, pudiera decirse.

-...

-¿Sí?

-¿De verdad te llevaste su alma al infierno?

-¿Ahora crees? –preguntó Arioch y se fue, prometiendo volver apenas encontrase un tiempo libre.

Miguel recordó que no había preguntado al demonio qué había dicho al oído del tipo. Se hizo el firme propósito de hacerlo la próxima vez que lo viera.

Por vía de excepción

En la vida hay eventos, en casi toda vida. Y casi todos son neutros. Sólo una ínfima parte de ellos pueden ser calificados como buenos o malos. Esos que se contemplan desde lejos con emoción o con sonrisa paternal. Si dos o tres sobrepasan en número o dimensión a los otros en la dualidad bien/mal, se dice que hemos sido felices o no. No soy poeta y es fácil notarlo, pero los eventos de mi vida me han regalado este texto de que estoy orgulloso:


Hermosa al aire andas,
atada a tu desgracia,
atada a mí
que estoy atado a tí
por mi voluntad
y por algún que otro designio
de querubín o demonio desocupado.
Hermosa al aire vuelas,
con alas de pena y frágiles
y sé que estamos juntos
aunque no sea así.
Ser de la tierra duele
como sólo la tierra enseña
(comer tierra es aprender sobre la vida).
Ahora mismo odio al ser que creó la distancia.
Hermosa al aire estás,
lejos como la infancia,
triste sin que yo pueda hacer nada,
sin que te pueda decir
que no es necesario que sufras,
que no tienes culpas qué expiar,
que los culpables son otros
que no son ni siquiera importantes,
que seré transitoriamente eterno por tí.
Hermosa al aire esperas
un destino que no es tuyo,
un jardín con rosas domesticadas,
tal vez la paz que es el morir.
Porque la estrella ilumina aún junto al río,
pero también lo hermoso muere.

jueves, 26 de abril de 2007

Los olvidados


Hace ya muchos años (veintiséis para veintisiete), Álvaro Mutis, en un ensayo de igual nombre al de este post, reflexionó sobre “el fenómeno del olvido de nombres que fueran ilustres en un determinado momento de la vida literaria”. Cita primeramente el caso de Thomas Mann, debido a la noticia, leída en algún periódico, de la fría acogida del público alemán a la publicación del diario o los diarios de este escritor. Mann, ingenuamente (esto lo digo yo) había acordado que sus diarios sólo se conocerían veinte años después de su muerte, acaecida en 1955, tal vez pensando en esperar que se apaciguaran los ánimos que cada cual, por el hecho de vivir, levanta y exaspera. El tiempo, mató todo interés en la obra de este escritor (yo he leído La Montaña Mágica y no encuentro con quien comentarla).

Mutis señala otros olvidos, inexplicables para él: Azorín, Pérez de Ayala, Miró, Giradoux, Hamsun. No se editan, dice, Mutis, estas obras ni llegan al gran público lector. Lamento no conocer a estos escritores que don Álvaro dice haber leído con pasión, vaya si tiene razón con lo del olvido. Entre otros autores que nombra y que no deseo omitir está André Gide. De él dijo Capote que tenía gran sinceridad y poca imaginación. Vainas de Capote, muy parco al reconocer las cualidades de los demás. En una vieja edición de obras escogidas de Aguilar comprada en una librería de libros usados de un gran amigo leí a Gide. ¿Cómo se le puede olvidar? Cito cualquier cosa, a ver, algo de “Los alimentos terrestres” (1897):

III

NATANAEL: Tengo que hablarte de las esperas. He visto cómo esperaba la llanura durante el verano. El polvo de las carreteras habíase tornado ligerísimo y el menor soplo bastaba para levantarlo. Aquello no era siquiera un deseo: era una aprehensión. La tierra secas se agrietaba como para mejor acoger el agua. Los aromas florales de las landas tornábanse casi insoportables. Todo desfallecía bajo el sol. Todas las tardes íbamos a descansar al bancal, procurando resguardarnos un poco del desusado resplandor del día. Era el tiempo en que las coníferas, cargadas de polen, agitan con soltura sus ramas para esparcir a distancia su fecundación. El cielo estaba preñado de tormentas y toda la naturaleza esperaba. El instante tenía una solemnidad harto opresiva, pues todos los pájaros habían enmudecido. Subió de la tierra una ráfaga tan ardiente que todo se sintió desmayar. El polen de pinos y abetos brotó de las ramas como una humareda de oro. Después llovió.
He visto el cielo estremecido por la espera del alba. Una a una las estrellas íbanse agostando. Las praderas estaban inundadas de rocío; el aire sólo ofrecía caricias glaciales. Por un instante pareció como si la vida indistinta quisiera quedarse a la saga del sueño; mi cabeza cansada era invadida por una especie de entumecimiento. Subí hasta el lindero del bosque; me senté; las bestias reanudaron su trabajo y su alegría con la certidumbre de que el día estaba para llegar, y el misterio de la vida recomenzó a propalarse en cada escotadura de cada hoja. –Seguidamente vino el día.

Después he visto otros amaneceres. –He visto la espera de la noche…

Natanael: que cada una de tus esperas no sea siquiera un deseo, sino simplemente una disposición a la acogida. Aguarda a que las cosas lleguen hasta ti. No desees más que lo que tienes. Comprende que, en cada momento del día, puedes poseer a Dios en su totalidad. Que tu deseo sea un anhelo de amor, que tu posesión sea amorosa. Pues ¿qué significa un deseo si no es eficaz?

Y bien… Natanael: ¡ya posees a Dios y no te habías dado cuenta! Poseer a Dios es verlo, pero a Dios no se le mira. En el recodo de algún sendero, Balaam, ¿no has visto a Dios, no se ha detenido tu asno frente a él? Y eso que tú… te lo imaginabas de otro modo.

Natanael: Dios es el único a quien no se puede esperar. Esperar a Dios, Natanael, sería como si te negases a comprender que ya lo posees. Procura no establecer distinción entre Dios y la felicidad, y cifra toda tu felicidad en el instante.

Contempla el atardecer como si el día entero fuese a morir con é; y la mañana, como si toda cosa fuese a nacer con de ella.
Que tu visión sea nueva a cada instante.
El sabio es aquel que se extraña de todo.

Toda la fatiga de tu cabeza, Natanael, proviene de la diversidad de tus riquezas. Ni siquiera sabes cuál preferir entre todas, no comprendes que el único bien es la vida. El más fugaz instante de vida es más fuerte que la muerte, y la niega. La muerte no es más que el permiso de otras vidas, para que todo sea continuamente renovado; con el fin de que ninguna forma de vida retenga eso durante más tiempo del que haya menester para revelarse. Feliz en instante en que tu palabra resuena. Durante todo el tiempo restante, escucha; pero cuando hables tú, no escuches.

Es preciso, Natanael, que quemes en ti todos tus libros.

RONDA
PARA ADORAR LO QUE HE QUEMADO

Hay libros que se leen colocados sobre un pupitre de colegial,
Sentado el lector en un asiento de tablilla.

Hay libros que se leen andando
(ello sucede según su formato);
Unos son adecuados para el bosque; otros, para otros parajes campestres.

y nobiscum rusticantur, que dijo Cicerón.
Algunos los leí yendo en diligencia,
y otros, acostado en los rincones de los heniles.
Los hay que sirven para hacernos creer que tenemos un alma;
otros, para desesperarla.
Los hay que contienen pruebas de la existencia de Dios;
Otros, que no le dejan a uno llegar a esa conclusión.

Los hay de tal linaje que sólo son aceptables
en las bibliotecas privadas.
Los hay que han recibido elogios
de numerosos críticos autorizados.

En algunos no se trata más que de apicultura
y hay quien los encuentra “un poco especiales”;
otros enfocan las cuestiones de la naturaleza de tal modo,
que luego de leerlos no vale la pena salir de paseo.
Existen libros despreciados por los varones sesudos,
pero que entusiasman a los niños.
En ciertos libros llamados antologías
se incluyen las mejores cosas que se han dicho sobre no importa qué tema.
Hay otros libros que quisieran haceros amar la vida,
y cuyo autor se ha suicidado.
Los hay que siembran el odio
y luego recogen lo que han sembrado.
Los hay que, cuando los leemos, parecen despedir luz;
Cargados de éxtasis, deliciosos de humildad.
A algunos se les quiere mucho
como a hermanos más puros y que han vivido mejor que nosotros.
Los hay de tan extraña escritura
que no se entienden ni aun después de haberlos estudiado mucho.

Natanael: ¡Cuándo habremos terminado de quemar los libros!

Los hay que no valen cuatro cuartos;
otros valen cantidades considerables.

Los hay que hablan de reyes y de reinas,
y otros, de pobres diablos.

Los hay cuyas palabras son más dulces
que el rumor de las hojas a mediodía,
como el libro que se comió Juan en Patmos
cual si fuera un roedor –por mi parte prefiero las frambuesas-;
ello debió de llenarle las entrañas de amargura,
y por eso tuvo luego muchas visiones.

¿Cómo olvidar a André Gide? Que todo el que quiera y pueda (y así no deba), lea, conserve y recuerde sus hermosas palabras. Dios y Federación.

sábado, 21 de abril de 2007

Anécdota

Con traje alquilado fue al matrimonio de su amigo. Se sentó a una mesa cualquiera, total, no conocía a nadie. Bebió y se rió con los chistes de un tipo con bigote que sólo parecía estar vivo cuando se reía con mucho escándalo; el resto del rato el tipo daba lástima. En medio de los tragos vio a una flaca sentada sola y se acercó a ella. “Hola”, dijo y “Hola”, le dijeron. ¿Qué podría decir a continuación? Mirando a la flaca notó su actitud ligeramente interesada en él ¿Qué podría decir? Sentarse de nuevo no estaba bien ni tampoco quedarse callado unos segundos más. Hizo lo que le pareció más fácil: darse vuelta y caminar hacia la puerta, ni muy rápido ni muy lento, procurando mirar sólo al frente para evitar darse cuenta de las miradas curiosas, gestos varios e índices girando en torno de pabellones auditivos. Al otro día le preguntaron cómo le había ido. “Anoche conocí a una tipa, estaba buena. Me dio su número, pero entre el licor y mi tontería, no supe dónde quedó”.

viernes, 20 de abril de 2007

Sí, Fito, el mundo cabe en una canción.

Oigo una canción de amor, es linda, habla de las cosas que me han pasado y de cómo me he sentido luego de que ellas ocurrieran. No es la única que lo hace. Cuando uno sufre, reflexiona y las canciones de amor ayudan a reflexionar o es el sufrimiento el que aclara la razón y ayuda a entender los mensajes contenidos en tales piezas musicales. Algunos de estos temas pueden ser objeto de controversia, condescendamos en ello. A veces, por ellas, la gente se mata o hace otras locuras, pero el provecho que emana del gran conjunto de canciones de amor adecuadas hace olvidar cualquier hecho triste o impropio. Hay ideas diáfanas que se cantan muchas veces: “Se sufre cuando se ama”, “dos son compañía, tres ya son multitud”, “lo eres todo para mí”, “te amo desde el primer momento en que te vi”. Son tan beneficiosas para la salud mental del individuo y la tranquilidad social que no sé qué nombre darles. Ideas benefactoras. Y no sólo existen ideas de este tipo para el amor. Las hay para todo y le permiten a uno conversar decentemente:

-¿Qué tal?
-Aquí, muy bien ¿y la familia?
-Todo bien.
-¿Y los muchachos?
-Creciendo muy bellos. Comen como unos diablos y gastan ropa, pero son la felicidad del hogar.
-Sí, es verdad. Y crecen tan rápido.
-Hoy en día hay muchos peligros. La calle es mala consejera. En mis tiempos… y no es que sea viejo, pero esta ciudad se volvió…
-Etcétera.
-Ajá y las juntas, ja, las juntas. Uno les dice y no lo escuchan.
-¡Ah! Pero luego le dan a uno la razón, cuando están bien jodidos.
-Algunos y algunas veces.
-????
-Sí, ellos terminan dando la razón, sí, señor.
-Los hijos son bendiciones del Señor.
-Amén.

Cuando estuve bien joven, yo pensé que existía la naturaleza humana y que se podía estudiar. El tiempo me pasaba volando y eso me daba rabia. No tenía que ser para mí como era para todos. Pero necesitaba objetividad en mis estudios para así probar, cuasiexperimentalmente, bueno, no recuerdo si fue así con exactitud, los efectos de que algo no fuera para alguno como lo era para todos. Desde un balcón, un día (es mejor la claridad), vi mucha gente en una plaza. Decidí no escoger a nadie desde arriba. Bajé y le hablé a un tipo que me pareció abordable. Como pude, me hice amigo de él. Como pude, le dije que era tonto hablar con frases hechas. Me costó explicarle qué era eso. Se quedó pensando. Comenzó a hablarme, pero duraba mucho para contestar y a veces sus respuestas no eran del todo coherentes con la conversación. Poco hablaba. Cuando salíamos a caminar, miraba todas las cosas como si fueran nuevas para él. Yo pensaba que parecía siempre a punto de salir corriendo. "No me hables mucho, me cansa la charla", me dijo un día y me dio lástima con él. Lo que ocurrió otro día fue terrible. En nuestros paseos nos topamos con un grupo de religiosos o políticos, no recuerdo. Varios de ellos nos hablaron poco menos que a gritos. Movían las manos muy rápidamente frente a la cara de mi amigo. Él los apartó a golpes y golpes recibió de vuelta. Primero mordió a alguno. Luego, con sus uñas, vació un ojo. Los religiosos/políticos, retrocedieron algunos pasos, pero, contando con los dedos y dándose cuenta de que no les alcanzaban, arremetieron contra él y lo pusieron contra un auto. Palos y piedras aparecieron de quién sabe donde. Aproveché para huir, mientras oía los gritos de mi amigo, antes de odio que de dolor. Se habló de ajusticiamiento de un azote de barrio.
Obviamente, no seguí con mis experimentos. Ahora oigo la radio y luego, si la plata alcanza, tal vez me compre un ipod.

lunes, 16 de abril de 2007

Tomo y Obligo

Hablo y escribo y lo que hablo y escribo es palabra santa o no santa, pero es verdad porque lo expreso yo. ¿No es cierto? El hecho simple de que no contradigas me da legitimidad. Ya no pregunto. Es cierto. Yo sé la verdad, tal vez no me sirva para nada, porque es natural que no sirva para nada o porque no sé cómo usarla (la he revisado y no trae instrucciones), pero lo vital, lo trascendental es que no se note su inutilidad en mi poder o posesión. Qué dirán los vecinos. El concepto de vecindad es muy amplio. Al final, todo termina estando al lado, a cualquier lado y aún teniendo muy cuadrado entendimiento los lados no son menos de cuatro. No conozco entendimientos triangulares. ¿Quieres saber la verdad? Es sencilla. La verdad es que yo la sé. De allí ¿Cuánta sabiduría no se deriva? Descartes tal vez pensó esto y no lo quiso decir. Eso también es verdad. ¿Una verdad que duda? No has conocido-diré-, a la verdad que pregunta. No se baña demasiado, hay un riesgo en inquirir y un ahorro de agua. Hay muchas verdades, incluso ésta, una verdad que debería enumerar y que se niega a hacerlo porque siente fastidio. Ahora nota la verdad que calla. Punto y final sea escrito

lunes, 9 de abril de 2007

Mi blog jamás será como el de Hernán Casciari porque:
No soy divertido como él.
Antes los temas de actualidad me quedo callado porque no sé.
No soy divertido como él.
Sólo acierto de un tiempo para acá a escribir incoherencias que no entiendo del todo.
No tengo Internet en casa (eso, más que una razón es un quejido).
No he vuelto a narrar nada ni en mi vida he escrito un ensayo, pero lo que se llama un ensayo.
De tanto querer ser, ya como que no se va a poder.
El trabajo ¡Ah! El trabajo, muy buena excusa, a Dios gracias.
Dios no lo quiere. Algo distinto tendrá para mí.
Buda no quiso, Jesús no quiso. Mahoma, a él lo dejo quieto.
Es que uno es tan inconstante.
Cuando era chico era tímido. Ahora soy cerrado a medias.
El matrimonio es una cosa seria.
Había una vez.
No me gustó Los Idiotas de Lars von Triers.
“Te voy a hacer una crítica constructiva…”
Intento escribir una novela. Sus dos buenas páginas lleva ya.
Me duele la espalda si me siento demasiado tiempo frente al computador.
He estado leyendo Gantz y Cesar&Friends.
A veces me pongo a pensar en tanto tiempo perdido y me quedo como lelo.
Este blog no lo lee nadie, ni sale en los buscadores, pero no me voy a amargar, no me voy a amargar, no me voy a amargar…
¿Qué profundidad puede tener uno? Uno soy sólo yo.
Es buena la amistad. Conversar toma tiempo. Hay que tener plata para pagar los sms.
A veces me gusta no hacer nada ¿Qué podría hacer?
A mí como que sólo se me ocurren cosas tristes.
Prefiero leer a Hernán Casciari en http://orsai.es

jueves, 5 de abril de 2007

Unas cosas que escribí unos días

I

Ardo como leño verde
¿Quién pediría razones al fuego?
El crepitar traerá a la mañana.


II

¿Qué de digno hay en no tener,
qué de gloria en postergar?
La humillación no es pedagógica.


III

Un descanso quiero.
No una tumba con flores y homenajes.
Tumbarme, solo, en la frescura de, es cierto, un viejo día de infancia.
Eso es.

IV

Por cierto, la muerte.
Hay quien la reparte como pan del sacrificio.
Hombre misericordioso, recibe tú el primero esa gracia.


V

¿Acaso vendrás mañana?
Uno se acostumbra a todo.
¿Por qué pides que luche,
que luche contra ti,
por tu amor?


IV

(No siempre, no siempre)
Creo oír que regresas.
Sonrío, muy poco, ya sabio.


V

Un respirar,
un no se qué necesario,
una hora tardía sólo para mí,
un acento en una consonante,
un poder echar el cuento,
son pocas las cosas que pido
¿A Quién?

VI

No era tanta la desgracia.
Exagera el que sufre,
Tal vez exagera el que se conduele.
La caridad, a veces (hay que tener cuidado con el verbo), ofende a ambos.

VII

“Cerritos”, decía el abuelo,
y sonreía con las encías.
Mis tías se quejaban de su prodigalidad,
“candil de la calle”, le decían.
“Cerritos” y los caminaba
aunque ya no fueran suyos.

viernes, 30 de marzo de 2007

Para reflexionar

La gente, me incluyo, lee cosas "para reflexionar": una cosa por vez, no acuses, no juzgues, una madre y un joven hijo (el hijo creció), si estás meditando y entra un diablo, pon ese diablo a meditar, historias nobles, palabras de amor, uff, tantas cosas buenas. Lo bueno, vale la pena opinar, es bueno, a veces, según la persona a le toque o que lo contemple. Cada cosa buena tiene como contraprestación una gran abulia, un desinterés incluso devoto, un no querer hacerlo que alcanza o asume caracteres ya satánicos, de una pureza y una disciplina dignas de mejor esfuerzo. ¿La autoayuda? No sé qué es, si la vamos a conocer por sus frutos. Nadie le hace caso o, para no ser absolutos, muy poca gente. Sus soluciones tal vez sean fáciles, tal vez, y no con mucha convicción lo digo.
Ahora, cada cual reflexione o no. Comentarios, más abajo. Insultos, tal vez ni eso produzca.

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