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domingo, 1 de julio de 2007

Utopía

Un amigo opina que las narraciones que se refieren a la visión que pueda tener el autor o algún personaje sobre el mundo no deben existir. Mi amigo piensa que todo relato ha de tener una enseñanza práctica. Mi amigo escribe muy mal y eso le da rabia. Una vez participó en un concurso de relatos y no ganó (yo tampoco). Con gran tenacidad y comportamientos extraños indagó quiénes conformaban el jurado, supo teléfonos, ubicó residencias y sitios de trabajo. Llegaba con una copia del relato y un lápiz rojo y pedía (con cara de exigía) que le explicaran y anotaran sus errores para crecer como escritor. Con muerte de alguno, jurado, autor o incluso este narrador, el asunto habría germinado en novela negra.
Mi amigo se preocupa mucho por la educación. Alguna vez escribió cuentos, pocos, de la odiada especie más arriba referida. Prometió no hacerlo más. Mi amigo y yo leímos La República de Platón, apenas saliendo de la adolescencia. Mi amigo también leyó la Biblia. Platón se preocupaba tanto como mi amigo por la educación (pensaba, con Sócrates, que la virtud era conocimiento y se podía enseñar). La poesía y la literatura general formaban parte de lo que Platón concebía como instrucción elemental, pero no debía acudirse a ellas para producir goce estético sino alimento moral y religioso, tal como se acercarían luego los cristianos a la Biblia. Esto pensaba Platón con relación a los clásicos de aquella época, porque para sus contemporáneos y para los bardos futuros Platón preparaba una censura que impidiese las influencias perniciosas para la juventud (ya por esta época había muerto Sócrates, condenado a la cicuta por negarse a adorar a los dioses y por corromper a los jóvenes, muerte que causó gran pena y dolor a Platón).
Después mi amigo se enamoró (yo también, pero ya lo he contado en otros textos y lo contaré en el futuro). Algunas veces se le vio esperando frente a una casa, aún si llovía (es que es tan duro que a uno no lo quieran cuando uno quiere). Dejó de leer la Biblia. En enero se le vio de buen ánimo. “El nuevo año me trajo una mujer”, dijo y me habló de una amiga común. Ella era mayor que él. Era alegre y enérgica, pero cuando las cosas no le iban bien uno pensaba que podía matarse o matar a otro. Él se mudó, no del todo, a un apartamento que ella tenía alquilado. Los amigos siempre éramos bienvenidos. “La libertad vale más que unos corotos”, me dijeron; cada vez visitaban con mayor frecuencia la casa de empeño. Una madrugada bebimos y cantamos tumbados o sentados en el piso. Los vecinos no dijeron nada, sueño pesado, tal vez somníferos.
La ruptura fue dolorosa. Mi amigo buscó consuelo en la lectura. “Traigo a Platón corregido”, exclamó y me dejó Utopía de Thomas More. “¿Verdad que allí sí hay democracia?”, me preguntó. “Claro”, contesté. “Mira”, dijo señalando algunas líneas de texto, “se acabarían la juerga y la indolencia”. Algunas cosas más me comentó. Yo nunca he leído el libro. Por aquellos días él apenas lo revisaba por aquí y por allá. “Tal vez nunca lo termine, dan ganas de ser eterno para reflexionar”, exclamaba con pasión. Hoy él se declara utopista. Se reúne con gente, debate y ve el futuro con optimismo. Hace poco lo encontré con otra mujer mayor, que también conozco, pero muy hermosa. Aparte me dijo que nunca se volverá a enamorar.

2 comentarios:

Ame dijo...

Ese último comentario creo que te lo hemos hecho varios de tus amig@s, ¿o no?
Un abrazo

Ame dijo...

*vari@s (tenía que corregir o no me quedaría en paz).

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