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jueves, 26 de abril de 2007

Los olvidados


Hace ya muchos años (veintiséis para veintisiete), Álvaro Mutis, en un ensayo de igual nombre al de este post, reflexionó sobre “el fenómeno del olvido de nombres que fueran ilustres en un determinado momento de la vida literaria”. Cita primeramente el caso de Thomas Mann, debido a la noticia, leída en algún periódico, de la fría acogida del público alemán a la publicación del diario o los diarios de este escritor. Mann, ingenuamente (esto lo digo yo) había acordado que sus diarios sólo se conocerían veinte años después de su muerte, acaecida en 1955, tal vez pensando en esperar que se apaciguaran los ánimos que cada cual, por el hecho de vivir, levanta y exaspera. El tiempo, mató todo interés en la obra de este escritor (yo he leído La Montaña Mágica y no encuentro con quien comentarla).

Mutis señala otros olvidos, inexplicables para él: Azorín, Pérez de Ayala, Miró, Giradoux, Hamsun. No se editan, dice, Mutis, estas obras ni llegan al gran público lector. Lamento no conocer a estos escritores que don Álvaro dice haber leído con pasión, vaya si tiene razón con lo del olvido. Entre otros autores que nombra y que no deseo omitir está André Gide. De él dijo Capote que tenía gran sinceridad y poca imaginación. Vainas de Capote, muy parco al reconocer las cualidades de los demás. En una vieja edición de obras escogidas de Aguilar comprada en una librería de libros usados de un gran amigo leí a Gide. ¿Cómo se le puede olvidar? Cito cualquier cosa, a ver, algo de “Los alimentos terrestres” (1897):

III

NATANAEL: Tengo que hablarte de las esperas. He visto cómo esperaba la llanura durante el verano. El polvo de las carreteras habíase tornado ligerísimo y el menor soplo bastaba para levantarlo. Aquello no era siquiera un deseo: era una aprehensión. La tierra secas se agrietaba como para mejor acoger el agua. Los aromas florales de las landas tornábanse casi insoportables. Todo desfallecía bajo el sol. Todas las tardes íbamos a descansar al bancal, procurando resguardarnos un poco del desusado resplandor del día. Era el tiempo en que las coníferas, cargadas de polen, agitan con soltura sus ramas para esparcir a distancia su fecundación. El cielo estaba preñado de tormentas y toda la naturaleza esperaba. El instante tenía una solemnidad harto opresiva, pues todos los pájaros habían enmudecido. Subió de la tierra una ráfaga tan ardiente que todo se sintió desmayar. El polen de pinos y abetos brotó de las ramas como una humareda de oro. Después llovió.
He visto el cielo estremecido por la espera del alba. Una a una las estrellas íbanse agostando. Las praderas estaban inundadas de rocío; el aire sólo ofrecía caricias glaciales. Por un instante pareció como si la vida indistinta quisiera quedarse a la saga del sueño; mi cabeza cansada era invadida por una especie de entumecimiento. Subí hasta el lindero del bosque; me senté; las bestias reanudaron su trabajo y su alegría con la certidumbre de que el día estaba para llegar, y el misterio de la vida recomenzó a propalarse en cada escotadura de cada hoja. –Seguidamente vino el día.

Después he visto otros amaneceres. –He visto la espera de la noche…

Natanael: que cada una de tus esperas no sea siquiera un deseo, sino simplemente una disposición a la acogida. Aguarda a que las cosas lleguen hasta ti. No desees más que lo que tienes. Comprende que, en cada momento del día, puedes poseer a Dios en su totalidad. Que tu deseo sea un anhelo de amor, que tu posesión sea amorosa. Pues ¿qué significa un deseo si no es eficaz?

Y bien… Natanael: ¡ya posees a Dios y no te habías dado cuenta! Poseer a Dios es verlo, pero a Dios no se le mira. En el recodo de algún sendero, Balaam, ¿no has visto a Dios, no se ha detenido tu asno frente a él? Y eso que tú… te lo imaginabas de otro modo.

Natanael: Dios es el único a quien no se puede esperar. Esperar a Dios, Natanael, sería como si te negases a comprender que ya lo posees. Procura no establecer distinción entre Dios y la felicidad, y cifra toda tu felicidad en el instante.

Contempla el atardecer como si el día entero fuese a morir con é; y la mañana, como si toda cosa fuese a nacer con de ella.
Que tu visión sea nueva a cada instante.
El sabio es aquel que se extraña de todo.

Toda la fatiga de tu cabeza, Natanael, proviene de la diversidad de tus riquezas. Ni siquiera sabes cuál preferir entre todas, no comprendes que el único bien es la vida. El más fugaz instante de vida es más fuerte que la muerte, y la niega. La muerte no es más que el permiso de otras vidas, para que todo sea continuamente renovado; con el fin de que ninguna forma de vida retenga eso durante más tiempo del que haya menester para revelarse. Feliz en instante en que tu palabra resuena. Durante todo el tiempo restante, escucha; pero cuando hables tú, no escuches.

Es preciso, Natanael, que quemes en ti todos tus libros.

RONDA
PARA ADORAR LO QUE HE QUEMADO

Hay libros que se leen colocados sobre un pupitre de colegial,
Sentado el lector en un asiento de tablilla.

Hay libros que se leen andando
(ello sucede según su formato);
Unos son adecuados para el bosque; otros, para otros parajes campestres.

y nobiscum rusticantur, que dijo Cicerón.
Algunos los leí yendo en diligencia,
y otros, acostado en los rincones de los heniles.
Los hay que sirven para hacernos creer que tenemos un alma;
otros, para desesperarla.
Los hay que contienen pruebas de la existencia de Dios;
Otros, que no le dejan a uno llegar a esa conclusión.

Los hay de tal linaje que sólo son aceptables
en las bibliotecas privadas.
Los hay que han recibido elogios
de numerosos críticos autorizados.

En algunos no se trata más que de apicultura
y hay quien los encuentra “un poco especiales”;
otros enfocan las cuestiones de la naturaleza de tal modo,
que luego de leerlos no vale la pena salir de paseo.
Existen libros despreciados por los varones sesudos,
pero que entusiasman a los niños.
En ciertos libros llamados antologías
se incluyen las mejores cosas que se han dicho sobre no importa qué tema.
Hay otros libros que quisieran haceros amar la vida,
y cuyo autor se ha suicidado.
Los hay que siembran el odio
y luego recogen lo que han sembrado.
Los hay que, cuando los leemos, parecen despedir luz;
Cargados de éxtasis, deliciosos de humildad.
A algunos se les quiere mucho
como a hermanos más puros y que han vivido mejor que nosotros.
Los hay de tan extraña escritura
que no se entienden ni aun después de haberlos estudiado mucho.

Natanael: ¡Cuándo habremos terminado de quemar los libros!

Los hay que no valen cuatro cuartos;
otros valen cantidades considerables.

Los hay que hablan de reyes y de reinas,
y otros, de pobres diablos.

Los hay cuyas palabras son más dulces
que el rumor de las hojas a mediodía,
como el libro que se comió Juan en Patmos
cual si fuera un roedor –por mi parte prefiero las frambuesas-;
ello debió de llenarle las entrañas de amargura,
y por eso tuvo luego muchas visiones.

¿Cómo olvidar a André Gide? Que todo el que quiera y pueda (y así no deba), lea, conserve y recuerde sus hermosas palabras. Dios y Federación.

1 comentario:

Apostillas literarias dijo...

André Gide es notable. Entre muchas cosas más a él debemos mucho del estudio del relato especular.

Gide es de cabecera.

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