El Fuego Sordo

un sitio de reunión para todos aquellos que escriban o que pretendan hacerlo. sobre todo aquellos que escribimos en las sombras e, incluso, en una zona de cierta penumbra.

jueves 9 de julio de 2009

Sobre la lectura (tomado del blog 100volando)

No acostumbro cortar y pegar post de otros en mi blog, pues creo que todos tenemos nuestro espacios y algunos lectores que se acercan a curiosear por comunidad de intereses. Sin embargo, en un blog que sigo, 100volando, Alejandro Rozitchner, admirado filósofo, pensador, provocador y profeta del entusiasmo argentino ha colgado una entrada sobre la lectura que es una delicia estimulante, aquí les va:

Cuando uno lee, cuando vive el encuentro con un libro, es decir, cuando te interesa lo que leés y leés largos ratos por día, pasa algo raro: uno se empapa, se embebe, se sugestiona, se carga con el mundo del libro al punto que toda la vida propia se transfigura un poco con esa lectura. Creo que no nos damos cuenta de la profundidad de este proceso. Sí, sabemos que un libro nos mete en su historia o en su tema y nos damos cuenta de que reflexionamos sobre él o que hacemos espontáneas asociaciones teniéndolo en cuenta todo el tiempo. Pero no captamos el efecto inconsciente, por el que esa lectura se apropia de nuestra vida interior y la posee, como en una especie de vampirismo. El libro vive una vida secreta e íntima en nosotros, de la que sólo podemos captar y pensar una mínima parte.

Por ejemplo, al leer un libro los valores o la visión de la vida de ese libro se instalan en nosotros. No para siempre, durante un tiempo. El poder sugestivo de la lectura funciona así, de costado diríamos, pero de manera total. Tan es así que ciertas lecturas hacen que nuestras vidas vayan para un lado o para otro.

Ejemplo: quienes han leído a Castaneda y las aventuras de Don Juan se van transformando en chamanes modernos; quienes leen libros de pensamiento izquierdista empiezan a creer que están en un mundo alienado y que son oprimidos por el sistema –y ven por todas partes aflorar la supuesta trama de opresión-; quienes leen una novela de García Márquez empiezan a sentir que su vida entera es interesante y llena de historias particulares; quienes leen libros de auto ayuda ven por todas partes oportunidades para crecer y aprender, etc.

Para este efecto suele ser importante el tamaño del libro, que equivale a la dosis de la sugestión. Si la droga está bien lograda 500 páginas pegan más que 250. El fenómeno Harry Potter, por ejemplo: dosis importantes de magia y fantasía para chicos.

Claro que el libro no manda, que debe haber una predisposición o tendencia en la sensibilidad propia que hace que uno elija un libro y no otro, pero el libro agrega mucho, coloniza el interior de la persona como si fueran españoles llegando a América.

Casi podríamos decir que los libros son espíritus dormidos, a los que dejamos entrar en nosotros y terminan haciéndose dueños de todo por un rato. Esas sucesivas aventuras (porque este proceso de entregarse y rehacerse es una aventura, el que lee parece estar quieto pero puede estar viviendo acontecimientos internos intensísimos) van formando la personalidad. En las identificaciones repetidas vamos haciendo aparecer el que somos, perfilándolo, creándolo. La obra es también la creación de la persona propia, y estos espíritus que dejamos entrar y a los que damos vida hacen su proceso y se van, dejando el rastro del encuentro en ciertas disposiciones personales que quedan como gustos, tendencias, posibilidades, opiniones propias.

Poder Ciudadano

En días anteriores Yoani Sánchez desde su blog Generación Y, refirió un cambio en el certificado entregado a su hijo con ocasión de la culminación del octavo grado. Quienes le hemos leído con regularidad sabemos que ella es cubana y blogger, acaso la primera blogger de allá y que ha generado una influencia y un entusiasmo colectivo tanto dentro como fuera de la isla que ya quisieran para sí los viejos dinosaurios enriquecidos y envilecidos de la izquierda latinoamericana. Lamentablemente, el dinero no lo puede pagar todo.
En fin, Yoani mostraba el diploma del año pasado, donde la figura del líder protagonizaba hasta niveles que retan lo racional y humano:





















Y la contrastaba con el diploma del presente curso que ya finaliza:























Donde el busto de Martí, poeta, maestro, mártir, hombre bueno, se acerca más al modelo que la bloguera quiere para su hijo. Y, añado yo, las imágenes son claras, la humildad de la segunda contrasta con lo invasivo de la primera, es decir, quienes la pusieron, de modo inconsciente reflejaron la importancia mínima del ser humano frente al líder-protagonista de gesta heroica-razón de ser y fin en sí mismo así como el carácter sencillo y bueno de la obra y la vida del Apóstol.
Pero allí no está el meollo del asunto, que los gobernantes que hablan mucho y los muchos que los alaban mucho, por razón de esta abundancia, tienden al error y a revelar cosas no deseadas por ellos, es algo normal y hasta necesario. Pero Yoani deja la inquietud ¿Tendrá este cambio que ver con su crítica al anterior certificado? Importante sería su influencia, por mínima que fuere, para demostrar el poder ciudadano que emana del acto de tener una bitácora personal, de decir en ella vainas, de echarle una vaina a los que tienen poder y, lo que más importa, de ser leído, comprendido, compartido, criticado, rebatido, por otras personas tan poco importantes para el sistema como el alumno que cursó el séptimo grado en la José Miguel Pérez de La Habana el año pasado, es decir, como el que esto firma y como el que esto lee y ojalá comente.

Bloguear no es poco ¿Oyó, señora América Martínez, usted que nos niega las bondades y bellezas de su blog anterior y posterior no más por desánimo?

martes 7 de julio de 2009

De la muerte de Benazir en adelante.

Este post es un re-subido. Un refrito que me gusta y no demasiado lleno de aceite. En su momento fue poco leído, porque yo mismo no lo leí más de tres veces, por eso, lo subo a ver qué opinan.


Con gran detalle se puede seguir por Internet la muerte de la ex-gobernante y líder ( o lideresa, que aunque suena raro, pues aplica) de una gran parte del Pakistán Benazir Bhutto. En última instancia parece ser que fue Al Qaeda, una suerte de mala de telenovela venezolana que se ofrece sin mayores requerimientos ni casting como antagonista genérico de todo lo que huela o pueda oler a gringo en el lugar que sea. Digo parece ser porque un hipotético Fidel Castro teoriza en una misiva enviada a la Asamblea Nacional de Cuba acerca de la responsabilidad del gobierno de Bush, grande según afirma (la responsabilidad, no el gobierno) en este hecho sangriento y sus esperadas y no deseadas consecuencias.
En cualquiera de los casos y sin sumar otras acusaciones, que existen y son creídas, es evidente que ha muerto alguien y que morirán más por ello. Julio Cortázar, en algún capítulo de la inagotable Rayuela se refiere al espanto que causan en las madres o en las tías las muertes de los vecinos o conocidos y la frialdad con que estas mismas parientes acogen las masacres o hecatombes acaecidas en tierra lejana y resumidas por una información periodística conforme a las reglas del género. Se recrimina Julio el hecho de reconvenir él mismo, con el nombre de Oliveira, esa conducta en madres y tías hasta el cansancio, hasta la estupidez, como si de tal manera encarnase una moral superior, digamos LA MORAL del intelectual consciente.
Un poco exagerando veo que Cortázar intenta desarrollar la idea del valor de cada vida, la idea de que el sufrimiento tiene que ver con la cercanía geográfica y la idea de que no debe andar uno por ahí jodiendo a la gente, aunque es obvio que sólo se dará cuenta de ello mucho más tarde y en el proceso de escribir una obra maestra de la literatura. Fue bueno leerle. Porque leer es como oír.
En Venezuela las emisiones de la televisión tienen que ver, en una abrumadora mayoría, con el hecho político. No ha sido desde siempre eso así, lo puedo asegurar con la certeza del que no siempre tuvo televisión por cable. Algunos festejan esta tendencia en nombre de un despertar de un pueblo que, es mi opinión, más parece sonámbulo que otra cosa. El común denominador de la política y de los programas que de ella se generan es este: gente que habla mucho. Gente que aparenta, o quiere hacerlo, tener una visión clara de las cosas, entendiendo por cosas: mi vida, tu vida y las otras cosas que giren en torno a ellas o en torno a las cuales giren las dos primeras. Gente que piensa por ti, podría decirse. Gente que quiere hacerlo por ti, también.
En nuestro mundo binario la mucha afición a hablar comporta un poca habilidad para oir. Y quien no oye (y quien no lee y no mira con atención) no aprende y es menos gente porque no aprende a serlo.
En este blog se habla, no mucho, pero se habla. Y no se escucha, porque el azar de los buscadores y la poca inspiración de autor atraen pocos lectores y menos aún escritores de comentarios. Y sin embargo sueño con un blog para oir, un blog para conocer lo que piensan los demás y para, de vez en cuando y en el momento justo, hablar para preguntar, felicitar, incluso amar.
No era de extrañar, esto de los blogs, como todo lo humano, está signado por el amor. Para mal. Pero sobre todo para bien.

Nostalgia


La nostalgia es cosa extraña. Vuelve cuando lo desea y se va. Hablemos claro, la nostalgia mucha veces tiene rostro de mujer, de muchacha digamos y de muchacha ida. De muchacha que ya no es. También puede ser ciudad, canción o bicicleta. Libro, pared caída o viento que sopla del sur. Creo que ya se entendió. Que se me ocurra, oh, que la nostalgia se refiere en realidad a mí mismo, al que he dejado de ser, al que se ha quedado en el camino (otra imagen novedosa), no lo juzgo sorprendente. Es descubrimiento que todos hacen cuando están solos, cuando llueve y no se puede salir y sólo hay ventana para mirar e incluso cuando se ha bebido, casi en demasía.

Y sin embargo, la nostalgia regresa y arranca alguna lágrima, sobre todo en privado. Habrá muchas formas de nostalgia o habrá tomado ésta muchas formas. La mía es esta que digo. La de Andrei Tarkovski es una Nostalgia hermosa pero excepcionalmente lenta. Es un ejemplo de los muchos que tiene el arte, que se compone en parte no desdeñable por nostalgias bonitas. Y por no pocas feas, que tampoco hay garantía de que las cosas salgan bien o gusten a la gente.

domingo 5 de julio de 2009

RACA (relato resubido)


A Raca, a falta de algo mejor.


Una noche Raca perdió la cabeza. Un joven madrugador la encontró por la calle. Como notó que era una linda cabeza y se trataba de un joven honesto, la llevó a la comandancia de policía donde se ordenó de inmediato retirar la espesa capa de polvo que cubría el Código Civil para consultar el procedimiento pertinente. Raca, a los pocos días y luego de llenar algunos incómodos formularios, recuperó su cabeza, la colocó en el sitio que ordinariamente ocupaba y exclamó: “Me gustó mucho, quiero hacerlo de nuevo”. Este fue el inicio de una serie de extravíos programados de su cabeza. La gente se extrañó al principio por tan particular costumbre, señalaban desde lejos a Raca y cuando se acercaban, examinaban con descaro su cuello.
Raca acudía cada vez más pronto a la comandancia de policía, apenas unas horas después de que la persona en cuestión hubiese consignado el objeto para su devolución, llegando luego al punto de arribar con antelación, debiendo sentarse en una no demasiado confortable sala de espera para dar las gracias personalmente al honrado ciudadano que concurría al cumplimiento de sus deberes. Primero fue un señor mayor de mirada sabia y suave voz, que se quejaba de su mala circulación. Luego, una señora que le miró: a) como quién extiende la mano y (al sólo obtener un “gracias”) b) como quién escupe al que labró su desgracia. El tercero fue un apuesto muchacho al que Raca invitó a tomar un café para compensar de algún modo la molestia que le había ocasionado.
A partir de de ese día fue cada vez mayor el porcentaje de hombres jóvenes que asistió a la comandancia de policía. Al menos una vez por mes Raca salía a bailar. Los vecinos decían que a veces no llegaba sino hasta el otro día e incluso con mal semblante. Fuese como fuese, no estaba conforme nunca con sus citas. A veces el tipo era grosero, o era casado de los que se dicen en trámite de divorcio o sólo quería una aventura pasajera y así lo decía o solo quería una aventura pasajera y hacía grandes esfuerzos por ocultarlo o era uno de los que no se han logrado separar de las faldas de la madre, de la tía o de la abuela o era un desempleado que se juzgaba gran amante y, por tanto, candidato a mantenido o era un homosexual en busca de una relación para cubrir las apariencias o, lo más simple, era un tipo agradable y de buen ver, pero que se veía desde lejos que no se sentía para nada atraído por los encantos de Raca.
Raca suspiraba y seguía perdiendo la cabeza, aunque estaba cerca de hacerlo también con las esperanzas. Todo se volvía costumbre. Raca perdía su cabeza siempre los diecisiete de cada mes, luego de haber cobrado la quincena, porque había muchos inconvenientes para identificarse sin ella, por lo que iba al banco, retiraba todo el dinero, lo guardaba en parte en su cartera, en parte en su casa y una tercera parte en un sitio distinto cada vez. Debía esperar al diecisiete para tener certeza de que ya hubiese recibido su sueldo, por mucho que se atrasara. También evitó la elección de fechas posteriores por la desagradable circunstancia de que para entonces tal vez ya el joven simpático o el hombre maduro interesante no tendría dinero para invitarla a salir y no era necesario, era feo que demostrase una desesperación que estaba segura de no tener, pagando ella la salida (y lo sabía porque ya lo había hecho y en esas oportunidades no hacía sino encontrarle todos los defectos del mundo al hombre, costumbres desagradables y etcétera no tan largo pero sí muy molesto).
Los aumentos de sueldo se retrasaron o sería la inflación o quien sabe qué, un día dieciséis de un mes cualquiera (no diciembre), Raca se dio cuenta de que tenía todo su dinero comprometido y que no le quedaba para perder la cabeza. Ese mes pasó de largo. Tampoco fue un gran sacrificio. Al mes siguiente pasó todo un fin de semana en la calle y llegó el lunes a media mañana al trabajo. Vinieron meses normales y luego, ah, una bonificación y Raca perdió la cabeza tres veces seguidas, todos lo supieron, pero le aceptaron en el trabajo un reposo médico y la cosa quedó ahí. Raca, si embargo, no estaba satisfecha o cada vez lo estaba menos. “¿Para qué vuelve si luego va a doler tanto?”, se preguntaba mientras se ponía la mano en la frente. Se prometió a sí misma ir dejando poco a poco el hábito, porque, de todas maneras, ya no le entusiasmaba demasiado y era más bien una imposición, un no tener otra cosa mejor para hacer.
Llegó el próximo diecisiete y Raca lo pasó tranquila, sólo para darse cuenta que el diecinueve recayó en lo que ya tenía caracteres de vicio, complicando el presupuesto mensual y con la excusa de que esto era parte del proceso de irlo dejando. Entonces, la fecha de la pérdida de se iba mudando, del diecinueve al veinte, al dieciocho, la veintiuno, pero cuando ocurrió un catorce y sábado, con lunes feriado, Raca supo que era el momento de parar. Pensó en buscar ayuda profesional, pero ¿cómo hacerlo si ya no le alcanzaba el salario para nada?
Un cura joven, de ojos claros, le recibió. “Yo creo que es pecado, pero no estoy seguro”. Raca se arrodilló frente al tercer banco, contando desde el altar y rezó. Luego volvió a su casa. En la nevera no había comida. Se acostó, cerró los ojos y habló con Dios. En la madrugada se levantó a cerrar la ventana; hacía mucho frío.
Una semana más tarde, Raca de nuevo perdió el control. Con desgano y esperando el tiempo acostumbrado, acudió a la policía. Una mujer le atendió con grosería. De su cabeza no se tenía noticia y no podría esperar en ninguna sala, cómoda o no. Tomó un taxi y fue a visitar a una amiga. Más tarde regresó a preguntar. “Qué se yo ni me importa”, le dijo la mujer policía. “¿Me podrán informar por teléfono?” “No”. A la noche llamó y le advirtieron que esa línea sólo era para denuncias y emergencias. Volvió a llamar y le dijeron la dirección de donde lo hacía. Colgó e intentó ver televisión.
“Nadie sabe lo que tiene hasta que lo pierde”, le dijo un pesado. “Me pudieron escoger para una mejor fábula”, pensaba ella con rabia “habrá que esperar un poco más” y levantaba el auricular del teléfono sólo para dejarlo de nuevo en su sitio.

Ardua Tarea


No sé mucho de poesía, porque poco leo y casi no he escrito. Poesía, es decir. Sin embargo, no me dejan indiferente algunos grandes poetas: Pessoa, Cuadra, Vallejo, Rimbaud, García Lorca, Cadenas y algunos más. Escribir con tal fuerza es difícil, no pido tanto para lo que hago y por eso me centro en la narrativa y en algun reflexión que publico en este blog.
Hay gente que no ve la empresa tan dura, que se atreve y eso es bueno, lo aplaudo y reconozco. Sin embargo (que hace las veces de pero), no puedo dejar de notar una especie de fórmula fácil que permite que cualquiera acceda a nuestro olimpo poético local, regional y, sobre todo, estatal. No se tomen mis palabras en serio ni literalmente, sólo hago una consideración que será fácilmente desmentida por cualquier cursante, incluso reprobado, de maestría en literatura, hasta dejarme en el ridículo más sonrojante. Esto es: baste unir sustantivos con adjetivos equívocos, con profusión, acudir a metáforas usadas o, si acaso, crear una sola que valga la pena y ponerle con ella el nombre al libro. Ser oscuro hasta para sí mismo, jamás dejar entrever una leve nota de optimismo o de fe en lo vital que no sea política, roja y permitida.
Ayuda crear textos intercambiables, vale decir, de esos que no se resisten a los errores de impresión que juntan el final de un poema con el inicio del otro. La poesía es una sola, caracha, y para eso se tiene una voz. También es útil que quien haga la presentación del poemario vea en él una marcada tendencia ética o metafísica o una vaina como un discurso entronizador, una vocación de ocasos o, si no se puede mejor virtud, la laboriosa instancia que permea soledades. En cualquier caso debe exigirse al presentador (que a veces es exigirse a uno mismo) que no pretenda lucirse y que no acuda, y en esto sigo a Roberto Echeto, a los nombres tantas veces citados de los teóricos de siempre: "medirlo todo con el canon de Bloom, con el de Barthes, con el de Todorov, con el de Steiner, Foulcault, Habermas o con el de cualquiera de esos grandes chivos que legitiman a todo el que los nombra".
De este modo, sugiero que se legisle en materia de poesía y se cobren impuestos, como en un buen poema de Maiakovski, que se peche la sobreadjetivación, con recarga porcentual importante si el adjetivo es epíteto y con tributo confiscatorio si sólo pretende sorprender por ambiguo. Que se prohiban las citas más largas que los poemas sería otra medida interesante. El tema da para mucho, espero colaboren los hipotéticos lectores.
P.D. A modo de ejemplo:
Avanza entonces, cardumen de sufrires,
antónimo del alba, carácter sombrío de mis temores,
ariete indemne de los desfiladeros,
cambur innecesario, frasco sin frasco,
adlátere del consumismo.
Deja la huella, deja la huella,
que la huella no es para seguirte
sino para pisar el futuro
(el presente, perro negro que no se deja bañar),
el futuro grande de la patria grande,
que no se tiene, que no se sueña,
que sólo se construye
en andamios (importante esto de los andamios) preñados de esperanzas.

jueves 2 de julio de 2009

ROL


Se trataba de una vieja chismosa. Todo el mundo la despreciaba y algunos llegaban al odio. Recibía visitas, sin embargo, martes y jueves, por la noche. Su café era bueno y siempre lo ponían sobre la mesa y se sentaban alrededor, ella y cualquier otra señora, vecina, que no viviera muy lejos. Una de ellas, que tenía trabajo pero casi no asistía porque vivía enferma, le dijo una vez: Tú lo tienes fácil, tienes un rol claro e incluso la gente que escribe te toma en cuenta. Yo vivo muy desgraciada. Esa noche la vieja chismosa tuvo el insomnio de los que de pronto piensan sin tener hábito de hacerlo.

martes 30 de junio de 2009

Esto era y luego terminó

Las veces que vino no fueron demasiadas, pero ella las recordaba con alegría (y con tristeza y con rabia, ella era compleja, es decir, era gente). Ella salía de la casa y lo esperaba. Alguna vez la espera fue vana, pero ella prefería olvidar, sin que por eso obviara el sufrimiento. Si uno sufre, es porque está vivo, pensaba y sentía culpa por ser tan poco original. El se había dado cuenta de que ella lo amaba antes que ella misma atinara a hacerlo. Creo que la manipulaba, muy torpemente, no era ducho en esas cosas, como no lo era en casi ninguna que tuviera implicaciones prácticas en una vida normal. Él anhelaba una vida normal, es decir, no tener una vida normal, sino disfrutarla. Hacerlo como las personas que cantaban una canción de moda, las que iban a bailar el viernes y dormían el sábado hasta tarde y las que al morir decían díganle que tuve una hermosa vida. Él no bailaba y ella se deleitaba en un merengue o una salsa. Un corro casi siempre surgía junto a ella: sabía transmitir entusiasmo, aunque se hacía algo sospechoso que siempre usaba sus habilidades en las fiestas y a horas más bien tardías.

A pesar de todo, ella salía la siguiente vez, con el amor en la mirada que no parecía cansarse nunca de esas cosas, que parecía inagotable, pero que uno sabía que no lo era, bueno, porque las cosas son así. Él saludaba de lejos y cuando estaba más cerca le daba un beso en la mejilla. Ella se sentía humillada y se prometía no seguir en ese juego idiota. Más tarde hacían el amor y ella olvidaba sus promesas. Él la quería, pero de verdad era un idiota y lo sabía y pensaba, esto es bueno para sentirse vivo y sin decirlo, sin que saliera una palabra de su boca, ella se enteraba de todo y sufría y sufría. Hay gente que es feliz, le mostraba ella y señalaba la televisión o a personas que pasaban por la calle. Sí, decía él y se daba vuelta en la cama. Luego se iba. Un día no volvió más. Ella preguntó y muchas cosas le decía la gente, pero ninguna le satisfizo. Todo siguió su curso, como todas las cosas lo hacen hasta que se terminan y hasta que caen en olvido.

sábado 27 de junio de 2009

No exageremos

Onetti, maravilloso escritor, partamos de allí, en ciertos párrafos cercanos al final de su novela breve El Pozo, expresa lo siguiente:

Conocí mucha gente, obreros, gente de los frigoríficos, aporreada por la vida, perseguida por la desgracia de manera implacable, elevándose sobre la propia miseria de sus vidas para pensar y actuar en relación a todos los pobres del mundo. Habría algunos movidos por la ambición, el rencor o la envidia. Pongamos que muchos, que la mayoría. Pero en la gente del pueblo, la que es pueblo de manera legítima, los pobres, hijos de pobres, nietos de pobres, tienen algo esencial incontaminado, algo hecho de pureza, infantil, candoroso, recio, leal, con lo que siempre es posible contar en las circunstancias graves de la vida.

Bien quedan estas palabras como homenaje a esa gente que nunca cuenta, a la gente comparsa, a la gente masa-mítin-cerveza, a la gente que es sencilla y que esgrime su sencillez por toda propiedad, a la gente que es como uno (ojo, no aludo a todos en este uno, a pesar de aquello de la Unidad y sus consecuencias) por mucha rabia que nos dé. Está bueno y es justo. Lo que en modo alguno debería ser admisible es la posibilidad de un loar en exceso, de un mitificar una figura abstracta que devenga, a la manera del concepto del buen salvaje, en un modelo de hombre bueno y justo, el hombre de pueblo, el popular, el buen pobre, el hombre comunitario. Consecuencias camboyanas no estarían en un horizonte lejano.

Me he criado en un barrio, en una comunidad de bajos recursos, es decir, sé lo que es ser pobre, sin exagerar, sin entrar en ejemplos dignos de Dickens o Victor Hugo, nada de eso. He sido pobre sin ser ostentoso por ello. Conozco a la gente sencilla y aporreada, de cerca, alguna novia tuve allí y sí, hay gente muy buena, y hay algo candoroso en todo el asunto. Pero no llevemos al extremo las cosas. Las dos veces que he sido víctima del hampa, fue a manos de gente llena de candor, infantil, pues. Los asesinatos que he contemplado (ejecutados ya, no en ejecución), ocurrieron a manos de gente sencilla y contra gente sencilla. El paraíso tampoco está en el barrio, en la favela, en la villa. Pero debemos procurar que allí tampoco se instale el infierno, que eso quede claro, porque allí tengo amigos y familia y aunque no los tuviera.

Hoy en día la ingenuidad no se castiga, porque es imposible. Que esto se entienda, que se explique, que vengan y traigan algo, porque ya no va quedando nada.

P.D. Vi a un jurista en la televisión estatal explicando cómo era viable, luego de la reforma de la norma procedimental, la intervención de comunicaciones privadas por mandato de un juez. De un juez, acotaba e insistía. Un juez es gente, tal vez no sea gente ingenua, pero es gente, adinerada tal vez, lo que no comporta nada, pero debe ser acotado. Soy abogado y conozco al algún que otro magistrado y doy fe. Los jueces no son tampoco seres de luz, no, nada, son, solo son y no más. Por tanto, no sé, creo que no me convence la vehemencia con que el jurista del que ya hablé tan poco les invoca, como toda razón, como axioma, cual 3,1416 (por ser sencillos expresemos esto así), en sustitución de razonamientos verdaderos que validen sus postulados.

miércoles 24 de junio de 2009

Alegría


Alegría, de verdad, alegría, siento por las felicitaciones de una amiga, relativas a mi blog y a mi forma de escribir, alegría uno siente y debe expresar. No creo que siempre se deba ser un maldito, ni que por ser escritor maldito uno sea más profundo. Piazzolla decía que era un tipo feliz, que no podía crear nada cuando estaba triste. La bella Milonga del Ángel y Vuelvo al Sur, tan nostálgicas en sí mismas, son la creación de un tipo contento. Eso alegra, eso da esperanzas.
La idea es, no nos dé vergüenza estar contentos, no huyamos de las películas por su dolor, por su crueldad o por su excentricidad. Juzguemos por su calidad y si no sabemos mucho de la técnica y el lenguaje del cine (me pasa un poco así, pero no tanto, tampoco voy a exagerar para hacerme el inocente y puro), habrá que hacerlo de pura emoción, de puro oído o de pura mirada. Vaya también esa recomendación a lo demás que tenga que ver con el arte, es decir, con esa forma particular de hablar con los demás sin verlos y diciendo la verdad así se mienta. Sobre todo cuando se miente.
Contento estoy, ya se sabe, que se sepa. Nihil Obstat.

lunes 22 de junio de 2009

ACLARATORIA NO SOLICITADA

Este blog requiere periódicas aclaratorias. Se espera de un blog latinoamericano y cuantimás (siempre quise usar esta palabra), venezolano, que plantee serias reflexiones sobre la realidad del país, lo que se entiende en estos casos como la realidad, que si las cosas están caras o que hay más o menos empleo, que el país ya no soporta la neodictadura, que la dinámica participativa permite la construcción de una sociedad justa donde se olviden los olvidados, cosas de esa estir.pe Se espera y quien tal pretenda, puede ir esperando en vano. La dictatorial forma de entender el mundo que hoy me gobierna y que no puedo explicar por autocensura, me remite a los temas insustanciales que acá aparecen. Otra aclaratoria: si un post parece demasiado críptico, no es porque detrás de él se esconda una intención estética de altos vuelos. No. Es que la realidad, por el hecho de serlo, a veces, dependiendo de uno, es demasiado vulgar, demasiado simplona. Un arreglito no está mal. Pero en modo alguno me pretendo un iluminado, un predestinado o un _____________, ponga usted la palabra.

sábado 20 de junio de 2009

AMÉN






















Hace muchísimos años compré una antología poética de Álvaro Mutis a sugerencia (tal vez agradable exigencia) del poeta Ernesto Román Orozco, quien a la sazón atendía la antigua librería Kuai Mare de San Cristóbal, desaparecida entonces por razones que no vienen a cuento, desaparecida del todo hoy, a pesar de su hermoso nombre que evocaba leyendas primigenias, en beneficio de la librería Del Sur, especie de franquicia asu modo y a mi entender. En fin, este es el primer poema que recuerdo de Mutis y nunca he podido alejarme demasiado de él en mis cosas. Vaya para todos y vaya también para mi amiga América Martínez, poeta.



Que te acoja la muerte
con todos tus sueños intactos.
Al retorno de una furiosa adolescencia,
al comienzo de las vacaciones que nunca te dieron,
te distinguirá la muerte con su primer aviso.
Te abrirá los ojos a sus grandes aguas,
te iniciará en su constante brisa de otro mundo.
La muerte se confundirá con tus sueños
y en ellos reconocerá los signos
que antaño fuera dejando,
como un cazador que a su regreso
reconoce sus marcas en la brecha

El pasado vuelve un rato


El pasado vuelve a veces, con distinta cara, con algo de maquillaje, con las marcas de la vida en la cara y en el cuerpo, uno camina junto al pasado, que anda preocupado por trámites, por las tonterías que exigen los que tiene poder, poco poder, pero suficiente para joder una vida o, sin exagerar, tres octavos de vida. El pasado vuelve, pero uno ya no es el mismo. Da un poco de vergüenza, no sé, uno ya no puede transitar, ni por cortesía, los caminos conocidos. El pasado vuelve desde muy lejos, desde donde uno no ha ido y, por los vientos que corren en el país, no irá uno nunca. Lamentable lo pronto que en nuestra vida, las cosas lindas, incluso los dolores, se vuelven pasado. Lamentable, pero no trágico. ¿Ah rigor?

jueves 18 de junio de 2009

Maquinaria (relato re-subido)


Luciano había sido, desde siempre, operador de maquinaria pesada. Aún era Luciano adolescente cuando su padre, sabiendo la poca predisposición de su hijo para los estudios y contento con esa situación, lo hizo hacer el adiestramiento, obtener el diploma e ingresar en la administración pública. Pasados muchos años, tal vez demasiados, se casó y tuvo un hijo. Como su mujer era bastante más joven que él, fue fácil que la gente comentara sobre pretendidas infidelidades. Luciano, sin hacer caso a los rumores, salía a caminar con su hijo por las tardes, primero tomándolo de la mano y luego, ya un poco mayor el niño, con la mirada atenta dos metros adelante del paso de Adolfo, que así se llamaba.
Adolfo habría de ser, en virtud de una antigua cláusula contractual obtenida por el Sindicato de Obreros luego de una huelga breve y tal vez concertada en reunión de partido, sucesor de su padre en el puesto. Sólo debería esperarse que el muchacho creciera y presentara los exámenes respectivos al hacerse mayor de edad. Adolfo iba muchas veces a visitar a su padre al trabajo y se sentaba en el asiento de la máquina inactiva, bajo la mirada cómplice del supervisor. Pero un día el muchacho dejó de crecer (las gentes siguieron hablando de infidelidad) antes de que sus pies pudiesen alcanzar los pedales. Luciano lo llevó al médico de su trabajo. “Es un joven sano”, dictaminó el doctor y extendió un reposo para Luciano. En su casa, acostado y con la cobija a la altura de la barbilla, Luciano decidió que el muchacho debía jugar baloncesto, porque era evidente que cuantos practicaban ese deporte eran altos y por tanto, Adolfo lo sería. Fue a la cancha de su barrio y habló con el entrenador (“Tampoco es necesario que crezca tanto”, dijo).
Adolfo empezó a acudir con regularidad a los entrenamientos, siendo necesario que, para cumplir a cabalidad con los mismos, dejase la escuela. “Si no crece, todo será en vano”, dijo Luciano a su mujer en voz baja cuando ella preguntó sobre las nuevas costumbres de la casa. Y es que Luciano dedicaba todo su tiempo libre y los pocos recursos materiales de que disponía a asegurar el porvenir de Adolfo. Iba a brujos, hablaba con amigos más entendidos en estas cosas, preguntaba en farmacias y hacía todo lo que le sugiriesen, al principio, los más discretos y, luego y con la cabeza poco tranquila, todos, incluso los reconocidos necios.

Al pobre la desesperación nunca le es suficiente y de repente dos hechos se hicieron incontrovertibles: Adolfo no había crecido un centímetro desde entonces (no era necesario ser más exacto) y cumpliría dieciocho años en tres semanas por lo que ya estaría apto para presentar la prueba, ante el anunciado retiro de Luciano. Por el certificado de operador no había problema: Luciano lo había comprado con algunos ahorros. El ingreso al servicio público era otro asunto. El examinador, un viejo que vivía con su mujer y dos hijos que nunca se habían ido de casa a unos treinta minutos de la ciudad, era un duro. Se enorgullecía de ser y así lo declaraba, por ventura de Dios y de un juramento al padre en lecho de muerte, el único funcionario honrado de la administración, junto al Presidente, claro está, que a nadie le hacen falta los problemas gratuitos. El viejo también era conocido por tener una endeble salud, por lo que Luciano fue a la iglesia y durante tres horas rezó con fervor para que el examinador estuviese indispuesto el día del examen, nada grave, por favor, pero suficientemente desagradable para hacer concurrir a su suplente. Luego de esto sintió una gran paz espiritual. De regreso a su casa, sonrió a todos los paseantes que se cruzaron con él (era parco de palabras y gestos y acostumbraba caminar mirando al piso o a la lejanía) y, en contra de sus hábitos y previsiones presupuestarias, dio limosna a todos los mendigos que encontró (los que ya le conocían sintieron alguna extrañeza).
Al final del día siguiente pensó, de repente, que Dios le ayudaría, pero que era mejor jugar sobre seguro, y llamó a un amigo que conocía a otro que frecuentaba a la señora que era hermana de la otra señora que cocinaba en la casa del examinador. Un malestar estomacal era fácil de producir en alguien sensible. No quiso detalles sobre el método (mientras uno menos sabe, menos culpable se siente) y pagó por adelantado, tanta era su fe en Dios. El examen era a las tres y treinta de la tarde de un jueves. Llovía. En la mañana el examinador no había ido a trabajar. A las tres llegaron Luciano y Adolfo a una vieja oficina de techo demasiado bajo. El suplente estaba sentado frente a un escritorio viejo. “El muchacho es un poco bajo, ¿no?”, comentó el suplente y Luciano sonrió tocando los billetes que, atados con una cinta elástica, tenía en bolsillo. Sonó el teléfono. La mujer del viejo: “Él ya va para allá, un poco de paciencia, un poco de paciencia”.
El viejo usaba gafas gruesas y verdosas y ropa demasiado grande para él. Se sentó ante el escritorio y, pidiendo la cédula de identidad de Adolfo, empezó a llenar planillas mal fotocopiadas. “Es un viejo serio”, pensó Luciano. Salieron de la oficina y caminaron hasta el depósito. “Había de todo allí, quién sabe quién quiso guardar tanto mugre o tantos recuerdos”, contó Luciano luego. Llegaron junto a un tractor amarillo y con algún orín. El viejo dijo a Adolfo que encendiese el aparato. Con dificultad éste logró subir y sentarse frente al volante. El viejo entonces vio a un muchacho que lloraba, sentado en un tractor que estaba al borde de su vida útil, con los pies colgando de tanta derrota y sintió una inmensa piedad. Quiso entonces no ser tan íntegro, tan incorruptible y no lo fue. Se quedó mirando a Luciano, esperando que éste le ofreciera dinero, no importaba la cantidad, pero dinero, porque en la mente sencilla y buena del viejo, no cabía la posibilidad de recibir otra cosa a cambio del orgullo de toda su vida. La gente era honrada o no lo era y el dinero era la única medida. Pero la fama del funcionario era mayor que la elocuencia de su mirada y Luciano no se atrevió a proponer el soborno, sólo suplicó, apelando a los sentimientos paternales del examinador, “Mire a mi hijo”, dijo, “mire su tamaño. ¿Usted cree que yo he podido dormir tranquilo todos estos años? ¿Qué culpa tuve yo? ¿Cómo podría haberme sentido orgulloso? Siempre fingí, claro, un poco por el muchacho, pero sobre todo por mí y por los demás. Pero si el muchacho tuviera el trabajo, otra cosa sería ¿Sabe? Los niños lo miran a uno o al bombero con admiración, piden historias y uno las inventa ¿Qué tanto le puede pasar a uno sentado en una máquina todos los días menos feriados y vacaciones? El niño cuando grande quiere ser como uno, luego se va, se dedica a otra cosa, tal vez se haga millonario o se comporte como tal o se haga político, que es lo mismo a veces o se haga nuestro jefe y nos grite. Eso no importa…”. Luciano se puso de rodillas, con las manos apoyadas en la cintura y luego, comprendiendo lo absurdo de la posición, las juntó en ademán de súplica a la altura del rostro. “Váyase”, dijo el viejo, pero fue él quien salió de la oficina. Luciano se puso de pie y dijo “Viejo hijueputa” y también “Vamos a hablar con alguien del sindicato”. En quince días publicaron el resultado en una cartelera.

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