El Fuego Sordo

un sitio de reunión para todos aquellos que escriban o que pretendan hacerlo. sobre todo aquellos que escribimos en las sombras e, incluso, en una zona de cierta penumbra.

domingo, 10 de enero de 2016

La opción salvadora


Está equivocado quien piense que el PSUV está acabado. Digo PSUV y no gobierno, en honor a la asertividad del idioma. El PSUV aún puede, tal como lo desea, pulverizar a sus enemigos políticos, asegurar la prolongación de su mandato por unos quinientos años y elevar la figura de Chávez por encima de la de Cristo, Bolívar o la pareja que nunca pudo tener quien esto lee.
Es que el PSUV tiene la opción de hacer un buen gobierno, de satisfacer las necesidades fundamentales de la gente, demostrando así que la base de su revolución es de verdad humanista y solidaria, lo que implica de forma correlativa, el ejercicio de una administración pública proba y sensata.
Ahora bien si notamos que:
El diputado Cabello dice que no le mandarán dinero a la Asamblea Nacional porque es "ilegítima".
El diputado Carreño vocifera y adelanta lo que hará el TSJ en los próximos días frente a la petición que él y el PSUV le han formulado.
Un oscuro diputado (de verdad, no lo recuerdo y no quisiera, sin pretender ser émulo del más grande) en su intervención en la Asamblea anuncia que protegerán al proceso revolucionario, el movimiento bolivariano y el legado de Chavez (sin nombrar al pueblo, a la gente, al ciudadano, al otro o a alguien que no sea parte de su grupo de influencia).
Las medidas económicas de Maduro se limitan a cambiar ministros.
Etc.
Debe a uno pensar que la opción gloriosa y salvadora del PSUV pasa por proceder de un modo completamente distinto al que le ordena su propia naturaleza. Suerte con eso.

viernes, 1 de enero de 2016

Oro por espejitos

Junto con la despedida del año 2015 ha llegado un artículo del alemán Heinz Dieterich, reconocido ideólogo del socialismo del siglo XXI. Su difusión por redes sociales ha generado las reacciones inmediatas y de corta duración propias de estos medios. No pretendo rescatar este escrito por sus valores literarios o filosóficos. Antes bien, para reconocer el ejercicio de un modelo de negocio reñido con la moralidad, pero de profunda eficacia.
Dieterich, cuyo apoyo a la revolución de Chávez ha sufrido similares bamboleos a los experimentados por el Tesoro de Venezuela con ocasión de la caída de los precios petroleros, anuncia una batalla final del gobierno de Maduro, cuyo desenlace no se revela, tal cual tráiler de película norteamericana.
Presenta dos bandos en contienda, los jacobinos afectos al gobierno, que prometen más revolución como panacea para males políticos, sociales y económicos y los radicales de derecha, bajo la figura granhermanesca de Leopoldo López que resume en la salida de los gobernantes actuales como suprema cura para la entropía social.
Erigido este telón de la épica nibelunga adaptada al Caribe, el profesor Dieterich anuncia un choque espectacular de fuerzas iguales adobado con par de citas de Mao y Marx extraídas de manuales básicos de teoría política (ideas simples y contundentes seducen al pueblo), que terminará con la intervención proverbial de los militares para definir las resultas de la contienda. Anuncia además, que hay militares y pueblo en espera de un sujeto que conduzca la transición, como una referencia a la doctrina fascista Caudillo-Ejército-Pueblo del fallecido Norberto Ceresole que ya sedujo a Hugo Chávez. Dieterich lanza argumentos para embelesar a uno y otro bando, mediante el elogio y el sarcasmo. Explica con lógica, SU lógica, los procesos pasados, presentes y futuros de la nación venezolana. En resumen, nos presenta para la venta un producto que ya compramos: sus explicaciones teóricas de la realidad, suerte de hallaca ideológica. Un producto que, paradójicamente, nos costó muy caro porque nadie más lo quiso.
El alemán falla porque no conoce a nuestros militares, porque supone contendores e ignora las fuerzas sociales intervinientes y porque nos presume, como siempre, más tontos de lo que podemos llegar a ser.

¿Hasta cuándo nos verán como memos? ¿Cuándo dejaremos de creer el cuento de nuestra sandez? Que se han llevado el oro, es cierto, pero no necesitamos más espejitos. 

martes, 29 de diciembre de 2015

Día de los inocentes

 
Ayer fue día de los inocentes. En Venezuela siempre fue esta fecha oportunidad para jugar algunas bromas de mejor o peor gusto, que terminaban siempre con el sonsonete ”pasaste por inocente" (o "pasó por inocente" si la chanza era ejercida en la región andina).
Y digo fue, así, en pasado, porque es evidente el desuso en que ha caído esta costumbre. Y es que nos hemos amargado. Pese a la fama que queremos divulgar de dicharacheros y "mamadores de gallo", ya no nos gusta reír sino a costa de otro, sobre todo si hemos conseguido un provecho material no merecido en el ínterin. Especialmente no nos gusta que se rían de nosotros, ni nosotros mismos hacerlo.
Y es que nos hemos vuelto nerviosos, por decir lo menos, al punto de no soportar los semáforos en rojo o las normas publicadas en Gaceta Oficial. Se puede pensar que hemos cambiado mucho y que eso se debe a la influencia de la sociedad de la información, a la era post capitalista o al advenimiento de nuevas formas de socialismo. Se puede creer en eso, así como hay gente que cree en los ovnis o en el ánima sola.
Porque en el fondo no hemos cambiado mucho, porque seguimos siendo inocentes. Si por inocencia se tiene la resulta de una mixtura incompleta y de irregular proporción de esta última con la pereza, la ignorancia y la irresponsabilidad.
Pese a las redes sociales y a toda la web 2.0, o acaso a causa de ellas mismas, creemos que el ministro de la defensa, Padrino López, se opuso al fraude que preparaban otros personeros del gobierno en las recientes elecciones legislativas. De igual manera pensamos que Leopoldo López fue el ejecutor o, al menos, el autor intelectual de 44 muertes ocurridas durante el período conocido como "La guarimba". Con igual ausencia de pruebas o de lógica pensamos que en el referendo revocatorio hecho al presidente Chávez, el Consejo Nacional Electoral cometió fraude "volteando los resultados", en una especie de hipotética fe de erratas entre sí y no.
Dispuestos como estamos a dar crédito a todo o a casi todo, también somos proclives a soportar los resultados de esa creencia, que siempre nos es inducida. Pero todo tiene un límite, porque ya nadie cree en la guerra económica como ya nadie tiene miedo del lobo feroz. Y porque los crédulos no sólo se encuentran de este lado, pues en el bando de los poderosos también hay una natural tendencia a creer lo que no es, lo que ya no puede ser. Visto por encima, parece también insensato pensar que con arreglos burocráticos uno se puede atornillar en el poder, que con gritar por los medios tradicionales de comunicación se puede hacer olvidar el resentimiento de la gente por el hecho de que le hayan privado de su vida o de la posibilidad de vivirla.

Como bien dijo Serrat: “Si no fueran tan dañinos nos darían lástima”.

viernes, 3 de abril de 2015

Tiempo

¿Es que hubo un tiempo para morir y no lo supe? Parece que no es demasiado tarde, que nunca lo será. Acaso morir y luego ser santificado enmiende un poco todo, corrija lo hecho, lo por hacer y lo nunca entrevisto.
Detrás de una existencia queda tanto sin saber, lo que se calla para que la vida siga, lo que se ignora de los demás: acaso pequeñas tragedias, faltas de imaginación, puerilidades de nudo en la garganta, pequeños acosos, miradas por ventanas que cierran el paso del cuerpo y someten al alma a las limitaciones de la miopía.
El éxito está asegurado, pero el tiempo de la primavera no dura para siempre. Luego de una existencia se cuentan los logros y las derrotas y se suman en la misma columna

martes, 1 de julio de 2014

El Mundial

Decir que la TV crea mitos ya es un tópico tonto. Abrir la boca con esa intención se toma como seña de una inteligencia tardía o de grave falla de esa parte del sentido común que se orienta, de modo tan solidario que debiera ser respaldada por un programa de las Naciones Unidas, a hacerle menos miserable la vida al prójimo que no sea sordo.
Decir, por tanto, que estamos viendo en directo, el nacimiento de elementos que irán al imaginario colectivo del futbol mundial, es verdad de Perogrullo. Actores, hechos, situaciones e incluso esperanzas de un rato: todo eso recordaremos. Que la FIFA es una mafia que nos saca el dinero (a unos países más que a otros, a unas personas más que a otras: por mi condición de funcionario público venezolano, me honra pertenecer a la segunda de las categorías de los esquilmados). Que el bombardeo mediático de lo extrafutbolístico nos embrutece y nos mella el filo que debe destinarse al corte de las ataduras que sostienen el status quo y detienen el cambio social y las transformaciones necesarias para el logro de la sociedad justa, igualitaria y participativa. Que el fútbol mal entendido crea rivalidades y fanatismos malsanos con efectos similares a los del fundamentalismo religioso o político.
Todo eso puede ser verdad y puede ser palabrería hueca a la vez, sobre todo si se lee o se oye con el ojo y el oído del pueblo venezolano, ahíto de frases importadas, que llegan en contenedores junto con el pollo brasileño congelado, los médicos y entrenadores cubanos y las baratijas chinas que duran, citando a Sabina, "...lo que duran dos peces de hielo en un whisky on the rocks...".
Todas estas medias verdades, falsas certezas, mentiras más o menos piadosas, se interponen majaderamente entre nosotros y el televisor: quieren matar lo que de magia o leyenda intentamos, todos (todos de verdad), incorporarle a la vida. Que el mundial no me da plata y acaso me quita, vaya y pase. Pero es El Mundial (no de fútbol, sino el mundial a secas). Cuando era niño y lo vi por primera vez no pensé en contracultura o fascismo. Ahora procuro hacer lo mismo para ser, tonta y transitoriamente, feliz. Les deseo la misma felicidad a todos. Luego veremos qué pasa o si al menos pasa algo. 

lunes, 18 de abril de 2011

Semana Santa


Semana Santa ha dejado de significar muchas cosas. En el tiempo de los padres de uno, algunos ya muertos, y en las montañas andinas de Venezuela, era el tiempo de hablar quedo, de ir a misa y de la abstinencia de la carne, más allá de muchas anécdotas jocosas o falsas. Con el auge de las vías de comunicación se convirtió, sin dejar de lado su contenido religioso, en la oportunidad para que los montañeros conociéramos la playa con sus bondades, desafíos y trampas. Entonces fue normal ver en las costas del Estado Falcón grandes y ruidosos grupos de tachirenses con las piernas pálidas, los hombros enrojecidos y el ánimo alegrón que crea el licor. No todos viajábamos y no todos lo hacíamos todo el tiempo: Punto Fijo o Playa Seca fueron los irónicos (al principio) y desgastados (después y no tanto) destinos de los que se quedaron. Los gobiernos mejoraron las carreteras con décadas de retraso, la gente que no tenía vehículos ahora los tuvo, los que vivían en la playa se mudaron a una habitación y arrendaron por días sus viviendas, la iglesia perdió pegada frente al Internet y la TV de paga; se podrán enumerar las causas de actual estado de las cosas hasta que la imaginación se rinda. Lo cierto es que Semana Santa es sinónimo de playa hoy en día, de playa con algunos aditamentos que a nadie extrañan ya:
-El vendedor de rompe colchón (especie de vinagreta criolla con milagrosos efectos afrodisíacos) y ostras que por su precio podrían permutarse por oro con toda tranquilidad.
-El cajero automático que no dispensa dinero.
-El show organizado por una empresa de cerveza o cigarros y que promete maravillas en la playa.
-Los cortes de luz que recuerdan que el calor es anterior a la invención del aire acondicionado.
-Algún que otro asalto a mano armada.
-Los accidentes en la carretera.
-Los celulares sin señal EDGE, 3G o hasta sin GSM.
La programación televisiva nacional, que agotó hace años la vigencia de ciertas producciones audivisuales: Los diez mandamientos, Moisés, Barrabás, El manto sagrado, Jesús de Nazareth y hasta Cleopatra, que no tiene que ver con las piadosas producciones anteriores, pero que se coló por eso del vestuario y la superproducción, nada tiene para ofrecernos en los días píos. Los paseos a los ríos como sucedáneos de los baños en el mar son consuelo de tontos y hacedores de sancocho. Aún con los sufrires que comporta, pernoctar en sitio cercano al mar, saberse próximo al baño de agua salada y la inmisericorde insolación, aleja de algún modo el recuerdo de la muerte, en cuanto conlleva un asirse a la tradición, por reciente que esta sea: que mientras se está con medio cuerpo bajo el agua, el trago en una mano y los ojos en una o dos partes del cuerpo de una chica, nadie ha de ocuparse por su rol en la vida o su destino en el ultramundo. A pesar de los inconvenientes, entre los cuales la omnipresente arena no es el menor, la playa rescata al hombre de su angustia. Y sin embargo, algunos no queremos ir.

lunes, 28 de marzo de 2011

Demoliendo aceras


1.-Hemos intentado huir y no lo hemos logrado. En todo sitio al cual llegamos están los autos. Es la realidad venezolana: gasolina a precio simbólico y la certeza generalizada de que los peatones nada valen se unen para mostrarnos los atisbos de un futuro en que las aceras serán demolidas.

2.-En Venezuela todo el mundo conduce o desea conducir un vehículo; es la primera habilidad social en el sistema de valores. Saludar a los amigos y conocidos e incluso bañarse todos los días no son costumbres tan bien vistas como la de conducir con el brazo apoyado en la ventanilla, retando al sol a que ejecute un bronceado parcial. Es que aquí conducir un auto que se coma el salitre es preferible a ser filósofo: no he visto chofer muerto de hambre (bueno, he de reconocer que tampoco he visto filósofo, más allá de dos o tres que trasladan por el país, recubiertos con una capa de barniz para que la gente los vea y toque sin deteriorarlos).

3.-Tuve una empresa. Una empresa próspera que iba creciendo. No de modo destructivo, que nunca me ha gustado eso. Crecía y la prosperidad era cada día más evidente. Job me llamaban los que deseaban mi ruina. La vida no les dio contento, pues ninguna enfermedad inmunda cubrió mi cuerpo, ni sufrí la muerte de hijo alguno. Pero quebré. ¿En qué pensaba el día que me dediqué a pintar rayados peatonales para las Alcaldías? Ser el mejor no siempre funciona. La autoayuda me ha abandonado.

lunes, 24 de enero de 2011

Leyendo Doktor Faustus


He vuelto a las andadas con los libros de Thomas Mann. El alemán es un escritor correcto hasta el extremo. Burgués en un sentido casi épico, el necesario para abjurar de esa misma condición (léase Tonio Kroger y se entenderá esto en su dolorosa extensión). Repaso algunos capítulos de Doktor Faustus y me aventuro en otros que no conocía. Y es que, salvo La Muerte en Venecia y algunos cuentos, me ha sido imposible leer a Mann de un tirón. Aunque nadie dijo que tenía que ser así. Su prosa, cuidada, profusa en la descripción del detalle físico y moral de personajes y ambientes, no es apta para lectores cansados, a altas horas de la noche y sin la ayuda del insomnio.

Sin embargo, Thomas Mann es uno de mis escritores favoritos. Me asombra la sabiduría en la creación de sus personajes, seres sencillos, normales, similares a uno mismo y a casi todos con quienes se interactúa a diario. Personajes cercanos y, como pasa en la vida, con caracteres propios y diferenciadores todos. Su discurso, hábilmente explicativo, omite con maestría lo necesario para que el lector fiel rellene los espacios y adjunte algunas conclusiones que asume como propias. Su visión de la infelicidad serena, del vitalismo trágico, encarnados en los ya míticos Gustave von Aschenbach y Hans Castorp, conmueve al que morosamente trasciende las páginas copiosas, previas y necesarias a la presentación de los momentos dramáticos de sus novelas.

Hoy día se habla de Mann más que de su obra: su (re)velada homosexualidad y las tirantes relaciones con sus hijos, todo con el fondo de una familia con tendencia al suicidio, son las deliciosas de lectores que aman las miserias de los famosos. No estoy contra la divulgación de tales detalles, igual no es mi familia ni soy yo, para ser sincero. Pero pretendo que se lea a Mann y se le juzgue literariamente sólo por lo que escribió. Vamos, tampoco es empresa imposible.

lunes, 20 de diciembre de 2010

Urgente


Los asuntos urgentes apremian. Los asuntos urgentes se constituyen en elementos decisivos a la hora de tomar las decisiones, trátese del tema de que se trate. Quien decide con premura, decide. Es decir, no lo hace bien ni mal, pues no parecen existir tales modalidades. Decide, nada más. Los resultados son estudiados por otras ciencias, humanas en lo de errar, exactas en la crítica. No se tome lo dicho como axioma, no es la idea. Apenas júzguesele como hipótesis de trabajo con clara tendencia al tropezón conceptual. Pudiera decirse que así son las cosas para ciertas personas, a determinadas horas del día o de la noche. Los límites son arbitrarios, pero divertidos para quién los impone. No bastan para dar felicidad, pero alegran las horas, como la cerveza o el dominó (si se está ganando o no se apuesta fuerte, en el último de los casos).

Insisto, los asuntos urgentes apremian, porque son los únicos que tendrán solución; nadie aborda la satisfacción de necesidades lejanas, en tiempo o en lugar, porque, con un tal vez muy débil, no se trate aquí de necesidades. El muerto es problema de los deudos, de los vecinos o de la sanidad pública. Jamás del que le presta su nombre, apellido y señas de vida idas ya. Un ejemplo trillado, pero pertinente, que demuestra que la muerte no es urgente para todos, por tanto, no todos intentan darle solución, lo cual acaso sea lo mejor.

Los asuntos urgentes reciben galardones, forjan excelentes reputaciones profesionales, hacen que se ame más al ser amado; es decir, los asuntos urgentes son los asuntos importantes. Si somos realistas o, mejor aún, pragmáticos, los otros, los que no apremian, esos, los desdeñables, sólo deben ser objeto de reflexión u ocupación para tontos, ociosos o seres de muy poca autoestima.

miércoles, 1 de diciembre de 2010

El hombre rebelde (y la mujer, ojo, la mujer)


En este país algunos se creen rebeldes porque hacen lo que otros dicen debe hacerse para ser rebeldes o se embotan de drogas y propios olores corporales o ven un canal de televisión que va contra el gobierno o ven un canal de televisión que está a favor del gobierno o muy jóvenes escriben poesía y se mofan del establishment aún cuando éste sea modesto y les premie o no trabajan nunca o casi nunca hasta llegar a ser diputados o concejales. Y sin embargo, algo no me deja del todo tranquilo: ¿es que por fuerza era necesario ser rebelde? ¿de esa manera iba la cosa? uno termina por enterarse tarde de cada asunto.

sábado, 14 de agosto de 2010

La locura del rey Jorge (resubido, original del 29.08.09)


Un video editado se difunde por Internet: en él se muestra la presunta demencia senil que aqueja a Fidel Castro. Sin ser demasiado parciales debe reconocerse que el hombre no es el mismo, que una enfermedad, la que sea, oculta a los grandes medios (e incluso a los pequeños y virtuales) ha disminuido sus facultades mentales. Nunca le tuve por genio, como tampoco a ningún otro político. Siempre he esgrimido la tesis de que quienes nos gobiernan, desde la época y el lugar que se juzgue conveniente usar como referencia o punto de partida, son personas normales, tal vez demasiado pagadas de sí mismas, tal vez un poco locas, creyentes de su propia leyenda. Pero es evidente el deterioro del discurso. Digamos la verdad; Fidel parece, en ese video, un abuelito bueno y senil de los que huelen a orina seca. Mi idea no es mofarme del hombre. El tipo tiene cuentas pendientes. Como todo gobernante, debió pasar por encima de muchos, ejecutar grandes injusticias para llegar y, sobre todo, para mantenerse en donde tantos años estuvo. A ratos, ratos perdidos acaso, hizo algunas cosas bien y ayudó a otros. Pero como dijo Julio Cortázar, allá en el fondo está la muerte. Es nuestra naturaleza, debe ser asumida su inminencia para calmar un poco el ánimo y ahuyentar el temor paralizante que la conciencia de la propia finitud podría causarnos si no la entendemos como algo natural. Los que han abandonado la creencia en ultramundos o en trascendencias, saben o debieran saber el riesgo y la valentía que requiere su postura. Ante esto es inevitable construir ídolos, titanes que afrontan los avatares de la existencia, las fuerzas de la naturaleza e, incluso, la perversidad humana encarnada en sistema político y económico. A tales fines se han levantado o se levantarán altares ateos para Marx, Lenin, Mao o Fidel. Es forma de asumir la vida y por esto no es objeto de crítica mientras en nada moleste o dañe a los demás, a los que no comparten la creencia o no la comparten con la misma intensidad o sinceridad. O mientras no dañe a cualquiera. Alargo demasiado mi reflexión, la idea es: es tragedia la muerte y es tragedia la muerte de los mitos, aún antes de la muerte física de quienes los encarnan. No puedo condolerme por un señor que juzgo pernicioso, tampoco alegrarme: vida y muerte son naturales como la lluvia, la noche o el sonido. Me duele, eso sí, la desolación de quienes han construido su vida en torno a esa figura, viendo en ella una especie de superhombre que no tendría final. Los que creen en ultramundos tal vez sean infelices en el fondo. Pero los creyentes de las religiones de izquierda tienen despertares más incómodos y no siempre tan tardíos, tan tranquilos, tan serenos.

viernes, 13 de agosto de 2010

Lecciones incompletas

Quino, en alguna época de Mafalda, la hace asistir a la escuela primaria o de primeras letras. De ello deriva muchas situaciones jocosas, de entre las cuales escojo una ahora: Ella y su amiga Susanita conversan y en los globos sobre sus cabeza se pueden leer frases escritas con redondeada letra de maestra normalista: "mamá sala la masa" y "esa masa es sana" o cosa parecida, luego de lo cual Mafalda concluye, después de despedirse de su amiga: "lo bueno de asistir a la escuela es que una puede conversar en un nivel literario". Habrá que disculpar la inexactitud de estas citas, pero son hechas de memoria y de lejos.
La risa me distrajo durante muchos años, pero justo logré pensar en lo expresado con alguna independencia y se me ha ocurrido algo, si se juega un poco, si se supone que no se avanzó demasiado en los estudios de primeras letras, digamos, no más allá de las cuatro lecciones iniciales de primer grado, es decir, las lecciones "mamá", "papá", "sapo" y "loma" (sobre el contenido de las mismas deberian sobrar las explicaciones) podrían escribirse algunas ideas significativas o curiosas? Pienso que es posible, propongo algunas y sugiero la colaboración activa de los potenciales lectores:
-papá amasa la mama.
-ese lama sopesa mi misa
-papá usa la mula. Ama a esa mula.
-mami, esa posesa lo mama.
-mamá, su moso (bueno, tan poca educación no incluye buena ortografía) se pasó la pepa.
Es posible, pero trabajoso, excluye las opciones de tutear o decir que no de modo directo, pero nuestra educación agradece que no le exijamos demasiado.

Enviado desde mi BlackBerry de Movistar

El Internet me ha abandonado

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lunes, 26 de julio de 2010

Ardua Tarea (resubido)


No sé mucho de poesía, porque poco leo y casi no he escrito. Poesía, es decir. Sin embargo, no me dejan indiferente algunos grandes poetas: Pessoa, Cuadra, Vallejo, Rimbaud, García Lorca, Cadenas y algunos más. Escribir con tal fuerza es difícil, no pido tanto para lo que hago y por eso me centro en la narrativa y en algun reflexión que publico en este blog.
Hay gente que no ve la empresa tan dura, que se atreve y eso es bueno, lo aplaudo y reconozco. Sin embargo (que hace las veces de pero), no puedo dejar de notar una especie de fórmula fácil que permite que cualquiera acceda a nuestro olimpo poético local, regional y, sobre todo, estatal. No se tomen mis palabras en serio ni literalmente, sólo hago una consideración que será fácilmente desmentida por cualquier cursante, incluso reprobado, de maestría en literatura, hasta dejarme en el ridículo más sonrojante. Esto es: baste unir sustantivos con adjetivos equívocos, con profusión, acudir a metáforas usadas o, si acaso, crear una sola que valga la pena y ponerle con ella el nombre al libro. Ser oscuro hasta para sí mismo, jamás dejar entrever una leve nota de optimismo o de fe en lo vital que no sea política, roja y permitida.
Ayuda crear textos intercambiables, vale decir, de esos que no se resisten a los errores de impresión que juntan el final de un poema con el inicio del otro. La poesía es una sola, caracha, y para eso se tiene una voz. También es útil que quien haga la presentación del poemario vea en él una marcada tendencia ética o metafísica o una vaina como un discurso entronizador, una vocación de ocasos o, si no se puede mejor virtud, la laboriosa instancia que permea soledades. En cualquier caso debe exigirse al presentador (que a veces es exigirse a uno mismo) que no pretenda lucirse y que no acuda, y en esto sigo a Roberto Echeto, a los nombres tantas veces citados de los teóricos de siempre: "medirlo todo con el canon de Bloom, con el de Barthes, con el de Todorov, con el de Steiner, Foulcault, Habermas o con el de cualquiera de esos grandes chivos que legitiman a todo el que los nombra".
De este modo, sugiero que se legisle en materia de poesía y se cobren impuestos, como en un buen poema de Maiakovski, que se peche la sobreadjetivación, con recarga porcentual importante si el adjetivo es epíteto y con tributo confiscatorio si sólo pretende sorprender por ambiguo. Que se prohiban las citas más largas que los poemas sería otra medida interesante. El tema da para mucho, espero colaboren los hipotéticos lectores.
P.D. A modo de ejemplo:
Avanza entonces, cardumen de sufrires,
antónimo del alba, carácter sombrío de mis temores,
ariete indemne de los desfiladeros,
cambur innecesario, frasco sin frasco,
adlátere del consumismo.
Deja la huella, deja la huella,
que la huella no es para seguirte
sino para pisar el futuro
(el presente, perro negro que no se deja bañar),
el futuro grande de la patria grande,
que no se tiene, que no se sueña,
que sólo se construye
en andamios (importante esto de los andamios) preñados de esperanzas.

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