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sábado, 5 de mayo de 2007

LAS BRUJAS



Cuando era niño tenía miedo de las brujas. A la hora en que en mi casa todos dormían y las luces estaban apagadas, llegaban algunas de ellas. Abrían la ventana, hacían a un lado la cortina repleta de tambores y entraban a mi cuarto. Recuerdo a Julita, una señora muy alta, pelirroja y tan arrugada como un envoltorio de caramelo cuando ya no hay caramelo que comer. Sabía decir cosas que me aterraban y mucho más lo sabía cuando le pedía, por favor, que no le hiciera. Por el camino generalmente tenía luchas con brutales enemigos de las que salía siempre victoriosa, con una pierna o un brazo de menos o de más, contingencia que su magia rápidamente suplía. Conocía de trato a muchos demonios que le habían enseñado secretos de poder y de maldad. Se alimentaba de niños y, según decía, tenía un grueso libro de cocina para prepararlos de infinitas maneras y nunca aburrirse de comerlos. Un día cualquiera me devoraría a mí.

En vista de aquello, hablé con mi madre y le conté todo, mis miedos e incertidumbres. Ella sólo contestó: “No existen las brujas, sólo existen las señoras muy chismosas”. Quise entonces ver qué se decía los libros sobre aquellos seres, en busca de un conocimiento aprovechable. Fui a la biblioteca pública y me hundí en el estudio de volúmenes de todas las envergaduras, todas las épocas y todos los colores hasta que un señor muy anciano me convenció de la inutilidad de lo que hacía. Lo conocí en la biblioteca. Arrastraba tras de sí una silla para descansar cada ocho o nueve pasos. Decía tener mucha experiencia en la materia y sabía que no había ninguna esperanza.

Entonces abandoné mis libros, mis amigos y mis juegos y me entregué a la angustia. Sentía temor desde la primera hora de luz hasta la última y aún temía más por la noche. Huía de la oscuridad, el mal mayor y entonces ocurrió.

Un día, bajo el claro sol de la plaza del mercado, vi a Julita. Llevaba un vestido de un azul muy intenso y estaba en una fila muy larga para comprar un pollo completamente congelado. No me vio; pensé en escapar, en correr sin rumbo. Pero la seguí de lejos, seguí el rastro húmedo que y oloroso que iba dejando el pollo. Luego me fui acercando. Caminó por calles que yo no conocía. En una esquina dio limosna a un ciego. Habló sobre zapatos y telas con una mujer en un portal. Lavó ropa y charló a gritos con otras mujeres en un solar. Oró en la iglesia y cantó por la gloria de Dios. Compró comida en un restaurante de barrio. Y todo lo hizo sin que sus ojos parecieran estar allí.

Llegamos a su casa. Entré a escondidas, como sea que eso se pueda hacer y me oculté rápidamente. La vi hacer gestos y conversar sola y la vi sentarse en su cama y llorar como lloran los que han perdido todo consuelo. Salí de mi escondite y la miré de frente. En aquellos tiempos sabía menos palabras de las que hoy sé y, sin embargo, busqué en mi memoria las tres más hermosas que conocía y se las dije con cariño. Entonces me sonrió de la misma forma en que deben hacerlo los ángeles. Luego me golpeó en la cara y en la espalda y me echó, con gran escándalo de su casa. Ahora digo a todos que las brujas sí existen.

4 comentarios:

Duilio dijo...

Jajaja. Muy bueno el final y me ha gustado el post. Gracias por tu visita David.

Espero que estés bien.

Un abrazo.

Apostillas literarias dijo...

Un relato interesante. Y por supuesto que las brujas existen, pero también existen las brujitas buenas ¿recuerdas a Hechizada que con solo mover las alitas de su nariz ya estaba ahi el hechizo?

Ame dijo...

Sí que existen, no negaría a las de mi estirpe. Aún soy una de ellas, eso creo, sólo que perdí la magia.

maldoror dijo...

Gracias por los comentarios, Duilio, Magda y Ame. Sí, existen las brujas y las hay buenas, pero a mí sólo me ha sido otorgada la oportunidad de conocer las que refiero.

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