un sitio de reunión para todos aquellos que escriban o que pretendan hacerlo. sobre todo aquellos que escribimos en las sombras e, incluso, en una zona de cierta penumbra.

jueves, 10 de mayo de 2007

Borges, los otros y yo.

Acabo de ver una película de Lars von Trier, El Elemento del Crimen. En ella una mujer, pidiendo favores sexuales al protagonista, le solicita que meta a Dios en su cuerpo. Muchos años antes (muchos desde que lo leí, demasiados desde que fue escrito) un relato de Bocaccio ubicado en una de esas noches memorables de su Decamerón, narró la historia de un ermitaño joven y muy santo al que un día acudió una mujer joven y voluptuosa, pero portentosamente inocente (ah, la literatura). La joven quería servir a Dios en aquel retiro. Los primeros tiempos pasaron entre penitencia y oración, más luego el ermitaño, no soportando más el hervor de su sangre, decidió tener relaciones sexuales con la joven, convenciéndola de que el asunto no se trataba más que de una actividad al servicio del Señor. A tal efecto la invitó a meter al Diablo en el Infierno (El Diablo moraba en la ingle de él. El infierno: lindo territorio en la entrepierna de ella). “Mala cosa es ese Diablo”, creo que dijo la joven la primera vez. Después encontró verdadero regocijo en su piadoso proceder.
La relación entre dos ideas de autores tan dispares me causó estupor, maravilla, contento. Y no es la primera vez que me pasa. Y no soy el único a quien le ocurre. Borges, por ejemplo, reseña conexiones mucho más complejas, baste como ejemplo aquel texto que se refiere a Kafka y sus predecesores, vale decir, aquellos autores que aún antes del checo, prefiguraron su obra en el tono, en el tema o en la atmósfera. Una parte importante de la obra de Borges se ocupa de cosas como estas. ¿Por qué? Él era un solitario y solo debió estar cuando las descubrió. ¿Cuántos momentos se habrán perdido? Es difícil compartir una estrella fugaz, pero las estrellas fugaces, en el fondo, son todas iguales. Borges, desesperado, quiso salvar sus alegrías. Por él y un poco, es inevitable, por los demás. No su torpeza, que él se atribuye en algún lado, sino la del idioma, la del lenguaje oral y escrito, se interpuso en su propósito. Pasaron los años y Borges murió antes de que yo pudiera leerle. En Caracas, en una venta de libros usados compré luego sus Obras Completas que no lo son. Rato más tarde vendrá la muerte con sus vainas. Tal vez por eso yo escriba.

sábado, 5 de mayo de 2007

LAS BRUJAS



Cuando era niño tenía miedo de las brujas. A la hora en que en mi casa todos dormían y las luces estaban apagadas, llegaban algunas de ellas. Abrían la ventana, hacían a un lado la cortina repleta de tambores y entraban a mi cuarto. Recuerdo a Julita, una señora muy alta, pelirroja y tan arrugada como un envoltorio de caramelo cuando ya no hay caramelo que comer. Sabía decir cosas que me aterraban y mucho más lo sabía cuando le pedía, por favor, que no le hiciera. Por el camino generalmente tenía luchas con brutales enemigos de las que salía siempre victoriosa, con una pierna o un brazo de menos o de más, contingencia que su magia rápidamente suplía. Conocía de trato a muchos demonios que le habían enseñado secretos de poder y de maldad. Se alimentaba de niños y, según decía, tenía un grueso libro de cocina para prepararlos de infinitas maneras y nunca aburrirse de comerlos. Un día cualquiera me devoraría a mí.

En vista de aquello, hablé con mi madre y le conté todo, mis miedos e incertidumbres. Ella sólo contestó: “No existen las brujas, sólo existen las señoras muy chismosas”. Quise entonces ver qué se decía los libros sobre aquellos seres, en busca de un conocimiento aprovechable. Fui a la biblioteca pública y me hundí en el estudio de volúmenes de todas las envergaduras, todas las épocas y todos los colores hasta que un señor muy anciano me convenció de la inutilidad de lo que hacía. Lo conocí en la biblioteca. Arrastraba tras de sí una silla para descansar cada ocho o nueve pasos. Decía tener mucha experiencia en la materia y sabía que no había ninguna esperanza.

Entonces abandoné mis libros, mis amigos y mis juegos y me entregué a la angustia. Sentía temor desde la primera hora de luz hasta la última y aún temía más por la noche. Huía de la oscuridad, el mal mayor y entonces ocurrió.

Un día, bajo el claro sol de la plaza del mercado, vi a Julita. Llevaba un vestido de un azul muy intenso y estaba en una fila muy larga para comprar un pollo completamente congelado. No me vio; pensé en escapar, en correr sin rumbo. Pero la seguí de lejos, seguí el rastro húmedo que y oloroso que iba dejando el pollo. Luego me fui acercando. Caminó por calles que yo no conocía. En una esquina dio limosna a un ciego. Habló sobre zapatos y telas con una mujer en un portal. Lavó ropa y charló a gritos con otras mujeres en un solar. Oró en la iglesia y cantó por la gloria de Dios. Compró comida en un restaurante de barrio. Y todo lo hizo sin que sus ojos parecieran estar allí.

Llegamos a su casa. Entré a escondidas, como sea que eso se pueda hacer y me oculté rápidamente. La vi hacer gestos y conversar sola y la vi sentarse en su cama y llorar como lloran los que han perdido todo consuelo. Salí de mi escondite y la miré de frente. En aquellos tiempos sabía menos palabras de las que hoy sé y, sin embargo, busqué en mi memoria las tres más hermosas que conocía y se las dije con cariño. Entonces me sonrió de la misma forma en que deben hacerlo los ángeles. Luego me golpeó en la cara y en la espalda y me echó, con gran escándalo de su casa. Ahora digo a todos que las brujas sí existen.

Escrito el 01-02-05



Saber qué piensa la gente. He aquí un verdadero propósito. Dejando de lado las previsiones fáciles como El Otro Yo del Dr. Merengue, especie de interpretación argentina de los momentos cumbres de la extraordinaria narración de Balzac, El Cura de Tours, el asunto tendría consecuencias que presumo insospechadas. Imagino que tal don se otorgue a una persona que hubiere de escrutar la mente de un matemático o cualquier representante de disciplina tan ardua como camino de regreso en cuesta. Poco habría de entender, tal vez ni siquiera podría saber que no entiende, pues es posiblemente habría de dar a la profundidad el carácter de caos. Cosa similar debe ser intentar discernir la mente de Dios o acaso alguno de sus pensamientos. Echando a un lado los ejemplo catequéticos del mar y del cuenco y de la imposibilidad del que de contener el primero en el segundo, imagino observar por un rato y después contar. El recuerdo de las ideas presupone que quien pretenda evocarlas las haya comprendido. Es evidente que si observo la mente de Dios por un rato, como ya dije, me daría vergüenza quedarme callado ante un auditorio ávido de revelaciones o extenderme con gran facundia sobre las razones por las cuales se hace difícil o acaso imposible transmitir al menos una impresión general o en bosquejo de la experiencia que hasta podemos llegar a llamar mística. No, por el contrario, sé que mentiría y, si cuento con algo de suerte, he de mentirme a mí. Algo útil pudiera salir de allí.

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