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lunes, 26 de julio de 2010

Ardua Tarea (resubido)


No sé mucho de poesía, porque poco leo y casi no he escrito. Poesía, es decir. Sin embargo, no me dejan indiferente algunos grandes poetas: Pessoa, Cuadra, Vallejo, Rimbaud, García Lorca, Cadenas y algunos más. Escribir con tal fuerza es difícil, no pido tanto para lo que hago y por eso me centro en la narrativa y en algun reflexión que publico en este blog.
Hay gente que no ve la empresa tan dura, que se atreve y eso es bueno, lo aplaudo y reconozco. Sin embargo (que hace las veces de pero), no puedo dejar de notar una especie de fórmula fácil que permite que cualquiera acceda a nuestro olimpo poético local, regional y, sobre todo, estatal. No se tomen mis palabras en serio ni literalmente, sólo hago una consideración que será fácilmente desmentida por cualquier cursante, incluso reprobado, de maestría en literatura, hasta dejarme en el ridículo más sonrojante. Esto es: baste unir sustantivos con adjetivos equívocos, con profusión, acudir a metáforas usadas o, si acaso, crear una sola que valga la pena y ponerle con ella el nombre al libro. Ser oscuro hasta para sí mismo, jamás dejar entrever una leve nota de optimismo o de fe en lo vital que no sea política, roja y permitida.
Ayuda crear textos intercambiables, vale decir, de esos que no se resisten a los errores de impresión que juntan el final de un poema con el inicio del otro. La poesía es una sola, caracha, y para eso se tiene una voz. También es útil que quien haga la presentación del poemario vea en él una marcada tendencia ética o metafísica o una vaina como un discurso entronizador, una vocación de ocasos o, si no se puede mejor virtud, la laboriosa instancia que permea soledades. En cualquier caso debe exigirse al presentador (que a veces es exigirse a uno mismo) que no pretenda lucirse y que no acuda, y en esto sigo a Roberto Echeto, a los nombres tantas veces citados de los teóricos de siempre: "medirlo todo con el canon de Bloom, con el de Barthes, con el de Todorov, con el de Steiner, Foulcault, Habermas o con el de cualquiera de esos grandes chivos que legitiman a todo el que los nombra".
De este modo, sugiero que se legisle en materia de poesía y se cobren impuestos, como en un buen poema de Maiakovski, que se peche la sobreadjetivación, con recarga porcentual importante si el adjetivo es epíteto y con tributo confiscatorio si sólo pretende sorprender por ambiguo. Que se prohiban las citas más largas que los poemas sería otra medida interesante. El tema da para mucho, espero colaboren los hipotéticos lectores.
P.D. A modo de ejemplo:
Avanza entonces, cardumen de sufrires,
antónimo del alba, carácter sombrío de mis temores,
ariete indemne de los desfiladeros,
cambur innecesario, frasco sin frasco,
adlátere del consumismo.
Deja la huella, deja la huella,
que la huella no es para seguirte
sino para pisar el futuro
(el presente, perro negro que no se deja bañar),
el futuro grande de la patria grande,
que no se tiene, que no se sueña,
que sólo se construye
en andamios (importante esto de los andamios) preñados de esperanzas.

Lugares Comunes


Luis estaba enamorado con todas las fuerzas de su corazón e, incluso, de su alma, aunque era ateo, gracias a Dios. Cada minuto lejos del objeto de su querer se le hacía insoportable. Luis quiso dar término a tan enojosa situación y decidió cortar por lo sano (haciendo énfasis más en lo sano que en lo de cortar), y renunció a su trabajo, ocupación en la que no ganaba sino tres lochas que no le aseguraban ni lugar para caer muerto. Ya sin trabajo, se vio libre para hacer lo que más deseaba en el mundo: amar a su querida Sandra. Intentó hacer poemas que llegaran (de nuevo) al alma, que dejaran una enseñanza para las jóvenes generaciones, poemas que enaltecieran los grandes valores del espíritu y de la patria. No le quedaron del todo mal, aunque si hubo gente que le criticó, esos, los que ni lavan ni prestan la batea, los que no pueden ver ojo bonito en cara ajena. Pero para Luis eso no era importante, Luis tenía en sí ese fuego sagrado que le insuflaba el coraje para ejecutar las más osadas acciones en pos de su anhelado fin.

Lo que Luis no sospechaba era que había alguien ladrándole en la cueva; siempre la traición viene de la gente a la que uno quiere. Hugo, su amigo del alma, su hermano, miraba a Sandra con deseo. Hugo era un muchacho bueno, sostén de hogar (no se vengan con el horrendo chiste) y fiel cumplidor de sus obligaciones, pero como el diablo es puerco, Sandra se le metió por los ojos, por lo Hugo cayó en la tentación y traicionó la confianza de su amigo. Luis fue el último en enterarse de la infidelidad, como corresponde, pero apenas lo supo, se puso fuera de sí (un amigo lo quiso corregir cuando gritaba “estoy fuera de sí”, pero no le prestó atención; no era el momento). Luis habló a Sandra con el corazón en la mano y vio en sus ojos arrepentimiento de verdad. De este modo, se evitaron las tragedias grandes por todos temidas y colorín, etc.

Y aunque segundas partes nunca fueron buenas, la historia siguió. Luis no confiaba del todo, el demonio de los celos hizo su parte. Y las lenguas viperinas, que no resistían ver a dos que se querían bien, llenaron de chismes y destruyeron tanto un puro (desde cierta fecha hasta otra, con una lógica interrupción) amor como una sincera amistad con pequeños matices. Luego vinieron los amigos de lo ajeno y se llevaron hasta las últimas migajas del sentimiento y entonces esta vez sí, colorín.

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