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lunes, 26 de julio de 2010

Lugares Comunes


Luis estaba enamorado con todas las fuerzas de su corazón e, incluso, de su alma, aunque era ateo, gracias a Dios. Cada minuto lejos del objeto de su querer se le hacía insoportable. Luis quiso dar término a tan enojosa situación y decidió cortar por lo sano (haciendo énfasis más en lo sano que en lo de cortar), y renunció a su trabajo, ocupación en la que no ganaba sino tres lochas que no le aseguraban ni lugar para caer muerto. Ya sin trabajo, se vio libre para hacer lo que más deseaba en el mundo: amar a su querida Sandra. Intentó hacer poemas que llegaran (de nuevo) al alma, que dejaran una enseñanza para las jóvenes generaciones, poemas que enaltecieran los grandes valores del espíritu y de la patria. No le quedaron del todo mal, aunque si hubo gente que le criticó, esos, los que ni lavan ni prestan la batea, los que no pueden ver ojo bonito en cara ajena. Pero para Luis eso no era importante, Luis tenía en sí ese fuego sagrado que le insuflaba el coraje para ejecutar las más osadas acciones en pos de su anhelado fin.

Lo que Luis no sospechaba era que había alguien ladrándole en la cueva; siempre la traición viene de la gente a la que uno quiere. Hugo, su amigo del alma, su hermano, miraba a Sandra con deseo. Hugo era un muchacho bueno, sostén de hogar (no se vengan con el horrendo chiste) y fiel cumplidor de sus obligaciones, pero como el diablo es puerco, Sandra se le metió por los ojos, por lo Hugo cayó en la tentación y traicionó la confianza de su amigo. Luis fue el último en enterarse de la infidelidad, como corresponde, pero apenas lo supo, se puso fuera de sí (un amigo lo quiso corregir cuando gritaba “estoy fuera de sí”, pero no le prestó atención; no era el momento). Luis habló a Sandra con el corazón en la mano y vio en sus ojos arrepentimiento de verdad. De este modo, se evitaron las tragedias grandes por todos temidas y colorín, etc.

Y aunque segundas partes nunca fueron buenas, la historia siguió. Luis no confiaba del todo, el demonio de los celos hizo su parte. Y las lenguas viperinas, que no resistían ver a dos que se querían bien, llenaron de chismes y destruyeron tanto un puro (desde cierta fecha hasta otra, con una lógica interrupción) amor como una sincera amistad con pequeños matices. Luego vinieron los amigos de lo ajeno y se llevaron hasta las últimas migajas del sentimiento y entonces esta vez sí, colorín.

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