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lunes, 18 de abril de 2011

Semana Santa


Semana Santa ha dejado de significar muchas cosas. En el tiempo de los padres de uno, algunos ya muertos, y en las montañas andinas de Venezuela, era el tiempo de hablar quedo, de ir a misa y de la abstinencia de la carne, más allá de muchas anécdotas jocosas o falsas. Con el auge de las vías de comunicación se convirtió, sin dejar de lado su contenido religioso, en la oportunidad para que los montañeros conociéramos la playa con sus bondades, desafíos y trampas. Entonces fue normal ver en las costas del Estado Falcón grandes y ruidosos grupos de tachirenses con las piernas pálidas, los hombros enrojecidos y el ánimo alegrón que crea el licor. No todos viajábamos y no todos lo hacíamos todo el tiempo: Punto Fijo o Playa Seca fueron los irónicos (al principio) y desgastados (después y no tanto) destinos de los que se quedaron. Los gobiernos mejoraron las carreteras con décadas de retraso, la gente que no tenía vehículos ahora los tuvo, los que vivían en la playa se mudaron a una habitación y arrendaron por días sus viviendas, la iglesia perdió pegada frente al Internet y la TV de paga; se podrán enumerar las causas de actual estado de las cosas hasta que la imaginación se rinda. Lo cierto es que Semana Santa es sinónimo de playa hoy en día, de playa con algunos aditamentos que a nadie extrañan ya:
-El vendedor de rompe colchón (especie de vinagreta criolla con milagrosos efectos afrodisíacos) y ostras que por su precio podrían permutarse por oro con toda tranquilidad.
-El cajero automático que no dispensa dinero.
-El show organizado por una empresa de cerveza o cigarros y que promete maravillas en la playa.
-Los cortes de luz que recuerdan que el calor es anterior a la invención del aire acondicionado.
-Algún que otro asalto a mano armada.
-Los accidentes en la carretera.
-Los celulares sin señal EDGE, 3G o hasta sin GSM.
La programación televisiva nacional, que agotó hace años la vigencia de ciertas producciones audivisuales: Los diez mandamientos, Moisés, Barrabás, El manto sagrado, Jesús de Nazareth y hasta Cleopatra, que no tiene que ver con las piadosas producciones anteriores, pero que se coló por eso del vestuario y la superproducción, nada tiene para ofrecernos en los días píos. Los paseos a los ríos como sucedáneos de los baños en el mar son consuelo de tontos y hacedores de sancocho. Aún con los sufrires que comporta, pernoctar en sitio cercano al mar, saberse próximo al baño de agua salada y la inmisericorde insolación, aleja de algún modo el recuerdo de la muerte, en cuanto conlleva un asirse a la tradición, por reciente que esta sea: que mientras se está con medio cuerpo bajo el agua, el trago en una mano y los ojos en una o dos partes del cuerpo de una chica, nadie ha de ocuparse por su rol en la vida o su destino en el ultramundo. A pesar de los inconvenientes, entre los cuales la omnipresente arena no es el menor, la playa rescata al hombre de su angustia. Y sin embargo, algunos no queremos ir.

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