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domingo, 15 de junio de 2008

El santo necesario


Hace unos días leí, en algún lugar de la Internet, las palabras de un autonombrado escéptico. Este hombre criticaba duramente y quien sabe si con razón a Deepak Chopra, acusándolo de enriquecerse con mentiras, apoyado en una suerte de ciencia milenaria de dudosa data, el Ayurveda, presuntamente inventada por aquel Maharishi que se hizo famoso en todo el mundo de la mano de los Beatles y que resultó ser un fiasco.
Como dije, no quito y tampoco doy ninguna razón lo expresado por este señor. Ahora bien, si uno mira de cerca la autoayuda, la misma es abundante y dispar. La hay de toda especie, desde los que piensan, junto a Coelho, que el universo conspira para hacer realidad nuestros sueños hasta los que dan consejos sensatos y llaman al disfrute de la vida. La muestro así de simple, porque hoy no es ella el objeto de mi reflexión, sino los señores escépticos.
Desde siempre el hombre ha necesitado creer en algo superior a él, habrá sido el sol, la luna o la lotería en su momento. También la religión ha hecho lo suyo, sin que yo pueda declararme indemne del todo en ese aspecto. Los escépticos tienen una necesidad distinta: obligar a sus semejantes a no creer en nada. Los escépticos pretenden despojar al hombre de sus muletas para dejarle contemplando su propia imagen desnuda. Eso en el mejor de los casos. Que a veces la desnudez no es cómoda.
Pero si al hombre y a la mujer se les quita aquello en que ponen su fe ¿Qué argumento lógico puede consolarles? Desde la óptica de su función social, el escéptico hace una pobre labor, lleva al mundo la desesperación al quitar la paz y dejar en su lugar ¿qué? Porque detrás de su postura no hay más que la duda. Con esto no defiendo la autoayuda, sólo busco lugar para un nuevo tipo de santo, en el estilo de la novela breve de Unamuno “San Manuel Bueno, Mártir”, en la que un cura de almas que no desconoce la inexistencia de dios y de la otra vida, alienta con las esperanzas ultraterrenas (de la vida perdurable, pues, como dicen antiguas versiones de Credo católico) y da esperanzas al pueblo con una muestra de energía que llena de alegría a los demás. Magnífico ejemplo de mártir en un sentido absoluto. Hombre que vive la angustia, pero la reserva sólo para sí, dando la sonrisa y la verdad (de mentira, pero inofensiva e incluso beneficiosa) a sus semejantes. ¿Habrá de venir pronto ese tipo de santo a transitar los caminos de la Tierra? ¿Estará ya entre nosotros? Los que aquí escribimos y leemos estamos impedidos ya de tan hermosa fe.

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