un sitio de reunión para todos aquellos que escriban o que pretendan hacerlo. sobre todo aquellos que escribimos en las sombras e, incluso, en una zona de cierta penumbra.

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martes, 23 de octubre de 2007

Un poco (demasiado) sobre el relato breve


El relato breve tiene sus teóricos; serán dejados de lado en esta entrada, bien porque su estudio pueda considerarse extenso, contradictorio o árido o bien porque el autor del blog los desconozca o prefiera desconocerlos. Breves puntualizaciones se hacen necesarias. A cada cosa según su naturaleza o forma de ser.

No creo excesivo o presuroso afirmar que existe mayor número de obras maestras dentro del cuento breve, incluso brevísimo, que en el campo de la novela. Tal vez sea porque se dure menos en la ejecución de aquel en comparación con ésta (esta tesis se puede comprobar con un sencillo experimento casero).

Un cierto ánimo de competencia determina que en algunas épocas se haya intentado (y en otras logrado) escribir cuentos cada cual más breve que el anterior. Magnificos ejemplos hay:


For sale: baby shoes, never worn. (Se vende: zapatos de bebé, sin usar) Ernest Hemingway


El dinosaurio.

Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí. Augusto Monterroso


La tradición zen, con sus koans y sus relatos ha contribuido a enriquecer este género que de esta manera se emparenta, o así lo creo, con el haiku en lo de producir un destello en el ojo o on estremecimiento del espíritu a los que sigue la nada.

El cuento brevísimo no sólo puede abordarse con ánimo lírico. Muchas veces el mismo se nutre de una idea ingeniosa, de esas que en la oralidad se encarnan en el buen chiste o adivinanza que de tanto repetirse pierde la gracia, sin que por ello deje de oirse una y otra vez, incluso en la misma fiesta, velorio o de tarde de calor en la oficina. La ambigüedad o ambivalencia es un buen producto final.

Gracias a la Internet se puede acceder a una gran cantidad de trabajos breves de narradores que de otro modo no conoceríamos, a causa del extraño e injusto (y otros calificativos más fuertes que no tengo deseo de escribir) filtro de las empresas editoras. El mexicano Eduardo Olivares nos da un maravilloso ejemplo ello, tomado de la página http://www.ficticia.com/:



EL FETO GENIO
Eduardo Olivares
El feto genio despertó temprano. Ya pronto serían los nueve meses cumplidos desde aquel infausto día en que una simple célula había derivado en la masa de miembros pequeños y demandantes y de sensaciones confusas en que se había convertido. Meditó sus opciones mientras nadaba en las pegajosas aguas de su hábitat. Escuchó a sus padres hablar de hospitales y de sexo y de cuentas por pagar. Escuchó a su madre cantarle y también la escuchó jadear atrapada entre las viscosidades intensas de la masturbación. Escuchó los noticieros televisivos y, a través de las desenfrenadas voces de los conductores, percibió el dolor vivo e infinito de un planeta al borde del suicidio.
Entonces, en un impulso de inextricable sabiduría prenatal, decidió no nacer.
-Ni que estuviera pendejo -, razonó, mientras sus ojillos llenos de orina alimenticia y de mucosa asfixiante, se cerraban plácidamente para siempre.


A modo de ejercicio pretendo demostrar cómo se puede construir, aún torpemente, un relato con base en cualquier idea sencilla:


La adolescencia es tiempo de gran padecimiento, si se sigue la etimología e incluso carencia. En ese tiempo Carlos caminaba, si no pegado a las paredes, sí ensuciando con cal o pintura barata pantalones y camisa y sufriendo alguna rasgadura o raspadura en ropa o piel. Desde esa posición podía contemplar muy bien a las muchachas más hermosas a sus ojos, esas que poblaban sus ensoñaciones eróticas. Un día un golpe le desvió de la contemplación. Un hombre de unos cincuenta años, calvo y rosado lo empujaba, una mano contra el pecho y el puño semiabierto semicerrado bajo la oreja, con fuerza. "No me vas a robar, vete a la mierda". El hombre entró a su oficina. Carlos se dejó crecer el pelo, se inscribió en el partido comunista y usó en lo adelante una argolla en la oreja izquierda, demasiado grande tal vez. Colocó pancartas y escribió pintadas de madrugada, militó lo más que pudo y a los años compró carro. Su partido llegó al poder, pero siguió de largo. Sin darse cuenta, esperó y al fin vio en la prensa la noticia del deceso del hombre calvo que en los últimos años ya palidecía. No se sintió contento, tampoco tranquilo, pero estuvo bien. Al mirarse al espejo vio cómo la argolla, con su peso, había estirado visiblemente su pabellón auditivo.

martes, 17 de julio de 2007

Maquinaria


Luciano había sido, desde siempre, operador de maquinaria pesada. Aún era Luciano adolescente cuando su padre, sabiendo la poca predisposición de su hijo para los estudios y contento con esa situación, lo hizo hacer el adiestramiento, obtener el diploma e ingresar en la administración pública. Pasados muchos años, tal vez demasiados, se casó y tuvo un hijo. Como su mujer era bastante más joven que él, fue fácil que la gente comentara sobre pretendidas infidelidades. Luciano, sin hacer caso a los rumores, salía a caminar con su hijo por las tardes, primero tomándolo de la mano y luego, ya un poco mayor el niño, con la mirada atenta dos metros adelante del paso de Adolfo, que así se llamaba.
Adolfo habría de ser, en virtud de una antigua cláusula contractual obtenida por el Sindicato de Obreros luego de una huelga breve y tal vez concertada en reunión de partido, sucesor de su padre en el puesto. Sólo debería esperarse que el muchacho creciera y presentara los exámenes respectivos al hacerse mayor de edad. Adolfo iba muchas veces a visitar a su padre al trabajo y se sentaba en el asiento de la máquina inactiva, bajo la mirada cómplice del supervisor. Pero un día el muchacho dejó de crecer (las gentes siguieron hablando de infidelidad) antes de que sus pies pudiesen alcanzar los pedales. Luciano lo llevó al médico de su trabajo. “Es un joven sano”, dictaminó el doctor y extendió un reposo para Luciano. En su casa, acostado y con la cobija a la altura de la barbilla, Luciano decidió que el muchacho debía jugar baloncesto, porque era evidente que cuantos practicaban ese deporte eran altos y por tanto, Adolfo lo sería. Fue a la cancha de su barrio y habló con el entrenador (“Tampoco es necesario que crezca tanto”, dijo).
Adolfo empezó a acudir con regularidad a los entrenamientos, siendo necesario que, para cumplir a cabalidad con los mismos, dejase la escuela. “Si no crece, todo será en vano”, dijo Luciano a su mujer en voz baja cuando ella preguntó sobre las nuevas costumbres de la casa. Y es que Luciano dedicaba todo su tiempo libre y los pocos recursos materiales de que disponía a asegurar el porvenir de Adolfo. Iba a brujos, hablaba con amigos más entendidos en estas cosas, preguntaba en farmacias y hacía todo lo que le sugiriesen, al principio, los más discretos y, luego y con la cabeza poco tranquila, todos, incluso los reconocidos necios.
Al pobre la desesperación nunca le es suficiente y de repente dos hechos se hicieron incontrovertibles: Adolfo no había crecido un centímetro desde entonces (no era necesario ser más exacto) y cumpliría dieciocho años en tres semanas por lo que ya estaría apto para presentar la prueba, ante el anunciado retiro de Luciano. Por el certificado de operador no había problema: Luciano lo había comprado con algunos ahorros. El ingreso al servicio público era otro asunto. El examinador, un viejo que vivía con su mujer y dos hijos que nunca se habían ido de casa a unos treinta minutos de la ciudad, era un duro. Se enorgullecía de ser y así lo declaraba, por ventura de Dios y de un juramento al padre en lecho de muerte, el único funcionario honrado de la administración, junto al Presidente, claro está, que a nadie le hacen falta los problemas gratuitos. El viejo también era conocido por tener una endeble salud, por lo que Luciano fue a la iglesia y durante tres horas rezó con fervor para que el examinador estuviese indispuesto el día del examen, nada grave, por favor, pero suficientemente desagradable para hacer concurrir a su suplente. Luego de esto sintió una gran paz espiritual. De regreso a su casa, sonrió a todos los paseantes que se cruzaron con él (era parco de palabras y gestos y acostumbraba caminar mirando al piso o a la lejanía) y, en contra de sus hábitos y previsiones presupuestarias, dio limosna a todos los mendigos que encontró (los que ya le conocían sintieron alguna extrañeza).
Al final del día siguiente pensó, de repente, que Dios le ayudaría, pero que era mejor jugar sobre seguro, y llamó a un amigo que conocía a otro que frecuentaba a la señora que era hermana de la otra señora que cocinaba en la casa del examinador. Un malestar estomacal era fácil de producir en alguien sensible. No quiso detalles sobre el método (mientras uno menos sabe, menos culpable se siente) y pagó por adelantado, tanta era su fe en Dios. El examen era a las tres y treinta de la tarde de un jueves. Llovía. En la mañana el examinador no había ido a trabajar. A las tres llegaron Luciano y Adolfo a una vieja oficina de techo demasiado bajo. El suplente estaba sentado frente a un escritorio viejo. “El muchacho es un poco bajo, ¿no?”, comentó el suplente y Luciano sonrió tocando los billetes que, atados con una cinta elástica, tenía en bolsillo. Sonó el teléfono. La mujer del viejo: “Él ya va para allá, un poco de paciencia, un poco de paciencia”.
El viejo usaba gafas gruesas y verdosas y ropa demasiado grande para él. Se sentó ante el escritorio y, pidiendo la cédula de identidad de Adolfo, empezó a llenar planillas mal fotocopiadas. “Es un viejo serio”, pensó Luciano. Salieron de la oficina y caminaron hasta el depósito. “Había de todo allí, quién sabe quién quiso guardar tanto mugre o tantos recuerdos”, contó Luciano luego. Llegaron junto a un tractor amarillo y con algún orín. El viejo dijo a Adolfo que encendiese el aparato. Con dificultad éste logró subir y sentarse frente al volante. El viejo entonces vio a un muchacho que lloraba, sentado en un tractor que estaba al borde de su vida útil, con los pies colgando de tanta derrota y sintió una inmensa piedad. Quiso entonces no ser tan íntegro, tan incorruptible y no lo fue. Se quedó mirando a Luciano, esperando que éste le ofreciera dinero, no importaba la cantidad, pero dinero, porque en la mente sencilla y buena del viejo, no cabía la posibilidad de recibir otra cosa a cambio del orgullo de toda su vida. La gente era honrada o no lo era y el dinero era la única medida. Pero la fama del funcionario era mayor que la elocuencia de su mirada y Luciano no se atrevió a proponer el soborno, sólo suplicó, apelando a los sentimientos paternales del examinador, “Mire a mi hijo”, dijo, “mire su tamaño. ¿Usted cree que yo he podido dormir tranquilo todos estos años? ¿Qué culpa tuve yo? ¿Cómo podría haberme sentido orgulloso? Siempre fingí, claro, un poco por el muchacho, pero sobre todo por mí y por los demás. Pero si el muchacho tuviera el trabajo, otra cosa sería ¿Sabe? Los niños lo miran a uno o al bombero con admiración, piden historias y uno las inventa ¿Qué tanto le puede pasar a uno sentado en una máquina todos los días menos feriados y vacaciones? El niño cuando grande quiere ser como uno, luego se va, se dedica a otra cosa, tal vez se haga millonario o se comporte como tal o se haga político, que es lo mismo a veces o se haga nuestro jefe y nos grite. Eso no importa…”. Luciano se puso de rodillas, con las manos apoyadas en la cintura y luego, comprendiendo lo absurdo de la posición, las juntó en ademán de súplica a la altura del rostro. “Váyase”, dijo el viejo, pero fue él quien salió de la oficina. Luciano se puso de pie y dijo “Viejo hijueputa” y también “Vamos a hablar con alguien del sindicato”. En quince días publicaron el resultado en una cartelera.

Las malas costumbres

Viajar enseñaba siempre grandes cosas a Horacio y, sin embargo, viajaba poco, quien sabe si por miedo, pereza, poco dinero o ninguna simpatía por los inconvenientes que generan los viajes, por lo que continuamente estaba diciendo a sus amigos que si pudiera viajar mucho, si se convirtiera en un viajero habitual, en un trotamundos, devendría también, por la fuerza de las cosas, en la sabiduría. Pero es que en la vida, decía, siempre hay tantas ocupaciones y tantas cosas por hacer primero y tantas cosas que no se han de hacer, porque de lo contrario se puede herir al vecino o ganarse el desprecio propio o ajeno o un tiempo en prisión (circunstancia terrible en cualquier lugar, pero atroz en el tercer mundo) o lo que sea que no sea deseable y que impida que uno haga lo que tal vez le hiciera feliz o hasta infeliz sin remedio.
Horacio viajaba, a veces, por trabajo, por muerte de un familiar, por enfermedad propia o ajena y hasta por no poder decir no a tiempo. Horacio amaba, por el contrario, clasificarlo y ordenarlo todo con una técnica de libro de escuela secundaria. Si en el medio oriente árabes e israelíes aumentaban sus hostilidades y matanzas más de lo acostumbrado (el hombre, desdichado, a todo se acostumbra) y se declaraba una guerra, Horacio anunciaba las diez causas de tal conflicto y si alguien hablaba de divorciarse por aburrimiento, Horacio le comunicaba, en voz baja, aparte y con condescendencia, las siete o aún más consecuencias negativas que se generaban para el hombre de tal decisión. Horacio, extrañamente, habían notado todos, nunca había catalogado los viajes y las razones para hacerlos, aún cuando los más malévolos le habían tendido hábiles trampas para que lo hiciera. Alguna causa debía tener tan extraño, en Horacio, comportamiento. La gente, que odia lo que no entiende y pretendía seguir estimando a Horacio, la encontró (querían un Horacio explicado): Una mujer hermosa que siempre le había rechazado le llamó al teléfono móvil al final de una tarde de viernes, estando con unos amigos. Ella en unas horas partiría a un viaje y quería que Horacio le acompañara. “Estaremos solos los dos”, había dicho y por ser lo más parecido a una referencia erótica que había oído nunca en su favor de aquella hermosa mujer sintió despertar de pronto su deseo sexual y se puso de pie. “¿Por qué te vas?”, preguntó un amigo ya borracho y él aseguró que no se iba, sólo iba al baño y volvía. “Te vas”, insistió el amigo y él dijo que solo saldría un momento y regresaba rápido. “OK”, condescendió su interlocutor y volvió a lo suyo. Salió a la calle y fue a su casa. ¿Cuánta ropa llevar? Todo estaba sucio. En su casa lavaban el sábado. Tal vez era conveniente comprar algo, pero ¿Dónde y en qué momento? Dinero tampoco había demasiado, porque había qué pensar en los pasajes, la comida, los gastos pequeños y, ah, el hotel donde presumiblemente se quedarían. Ella no había dado mayores detalles, no acostumbraba llamarlo y cuando lo hacía era parca e imperativa. Sabía que Horacio no preguntaba y asistía puntual a las citas que ella acordaba, aún a las más incómodas y desconsideradas.
Horacio decidió que una caminata corta lo calmaría como tantas otras veces y que luego de ella regresaría con el ánimo tranquilo y la mente alerta para resolver los problemas inmediatos. Había amenaza de lluvia, sólo amenaza como tantas veces. Afuera, los conocidos hablaban. Saludó rápido a todos. Al llegar a la esquina pensó que ella no le había comunicado el motivo del viaje. ¿Iría acaso a encontrarse con alguien? Otro hombre estaba descartado, porque en tal caso no le habría invitado. ¿Tendría familia allá? Nunca había mencionado algo así, pero era que ella tampoco hablaba con demasiada coherencia ni él le prestaba una entera atención, ocupado siempre en pensar en su no correspondido sentimiento. Ella había dicho que estarían solos. Eso era significativo, no podría ser que ella fuera a alojarse en casa de un familiar y le hiciese acompañarla, presentándolo al efecto como un querido amigo, solo eso y nada más, con lo que lo del hotel quedaría excluido, salvo como una experiencia muy rápida y un tanto furtiva, a ocurrir tal vez en una zona apartada y una hora conveniente, sometidos al apremio del reloj, enemigo del buen desempeño amatorio que Horacio nunca estaba seguro de practicar. ¿Acaso lo de estar solos se refería al viaje en autobús, en el cual unos asientos estrechos y la exageración del aire acondicionado podían invitar a una anhelada intimidad? Podría, además, ocurrir que ella no quisiese que la presencia de Horacio fuere conocida por sus hipotéticos consanguíneos (o amigos o conocidos, que ese cambio de condición no alteraría para nada o en muy poco las consecuencias finales) y entonces sí tendrían que recurrir al hotel o pensión, llegarían a la terminal de autobús, habría muchos taxistas ofreciendo sus servicios, tomarían café con o sin un pequeño desayuno y ella le diría que él debería hospedarse en una pequeña pensión cercana en la cual la esperaría mientras ella iba a hacer algunas cosas. La pensión quedaría en un segundo piso, tendría un precio alto considerando lo pequeño de la habitación y estaría atendida por una muchacha morena y simpática, mala para las cuentas, sobre todo a la hora de dar el vuelto, equivocándose siempre a su favor y pidiendo disculpas con una hermosa sonrisa a los clientes más espabilados. La única opción sería estar tumbado en cama todo el rato, porque aunque existiría la posibilidad de salir a caminar por las manzanas adyacentes, ella podría regresar en cualquier momento y no encontrarle y aunque tendría el teléfono móvil, no podría confiar demasiado en que ella le llamase porque nunca lo había hecho un día sí y al siguiente también, ni aún en el caso de que necesitase de él con urgencia. Allí, acostado, mirando el techo con quemaduras de velas y marcas de humedad, se le podría ocurrir pensar en que ella le había llevado con paso decidido y conocedor hasta la puerta de hospedaje, lo que dejaría entrever que le era familiar y le movería a hacer mil conjeturas, impelido por ese absurdo afán de fidelidad que exigimos de las personas que nos gustan mucho, pero con las que no tenemos ninguna relación afectiva establecida. Las horas podrían pasar, el calor aumentar, el teléfono podría no sonar o hacer apenas ruidos que pareciesen los previos a un repique, la habitación podría parecerse a un infierno, la cabeza podría también parecerse a un infierno y ella podría no llegar sino hasta muy tarde o no llegar, al menos él podría temer que ella no llegara nunca, lo cual sería cierto hasta el momento en que tocasen la puerta y al abrir un hombre moreno, alto, de bigote dijera con descuidada pronunciación “Lo buscan” y sería ella que le esperaría en la calle y que vendría con una sonrisa y él la miraría con despecho y ella le preguntaría como otras veces que si estaba molesto a lo que él contestaría que no, pero dejando entrever su enorme enojo, su gran sufrimiento, éste último molestaría demasiado a ella quien le llamaría inmaduro y cambiaría su sonrisa por una expresión de desagrado. La expresión de él seguiría siendo la misma por un rato, pero por allá dentro, en su pecho, avanzaría un mal gusto, una úlcera inmediata que le iría convenciendo de que ella tendría razón y que él se estaría comportando como un niño. Luego no se quedarían en el hotel sino que podrían ir a cine o a algún sitio caro. Lo que podría pasar después Horacio prefirió no imaginarlo.
Horacio volvió apremiado a su casa. No era demasiado temprano, aunque su ansiedad siempre le hacía fallar en las previsiones horarias. Tomó un morral pequeño y lo llenó de ropa (no hubiera sabido responder si acto seguido le interrogaran sobre qué piezas de ropa componían tal bagaje). Tomó un taxi y llegó a la Terminal cuando los buhoneros ya recogían sus mercancías. Pidió un café con la equivoca intención de calmar los nervios tomando algo. Fue hasta las pistas de salida y miró los autobuses y recordó que no le había preguntado a ella si ya tenía el pasaje comprado y en cual línea de transporte. Fue hasta los teléfonos públicos y la llamó. Contestó ella misma y él le dijo: “No, no puedo ir”. Colgó y volvió con sus amigos, pero estuvo callado el resto de la noche. Al otro día la llamó. Ella le dijo que había decidido no ir ninguna parte.
Viajar enseñaba siempre grandes cosas a Horacio y, sin embargo, viajaba poco.

domingo, 1 de julio de 2007

Utopía

Un amigo opina que las narraciones que se refieren a la visión que pueda tener el autor o algún personaje sobre el mundo no deben existir. Mi amigo piensa que todo relato ha de tener una enseñanza práctica. Mi amigo escribe muy mal y eso le da rabia. Una vez participó en un concurso de relatos y no ganó (yo tampoco). Con gran tenacidad y comportamientos extraños indagó quiénes conformaban el jurado, supo teléfonos, ubicó residencias y sitios de trabajo. Llegaba con una copia del relato y un lápiz rojo y pedía (con cara de exigía) que le explicaran y anotaran sus errores para crecer como escritor. Con muerte de alguno, jurado, autor o incluso este narrador, el asunto habría germinado en novela negra.
Mi amigo se preocupa mucho por la educación. Alguna vez escribió cuentos, pocos, de la odiada especie más arriba referida. Prometió no hacerlo más. Mi amigo y yo leímos La República de Platón, apenas saliendo de la adolescencia. Mi amigo también leyó la Biblia. Platón se preocupaba tanto como mi amigo por la educación (pensaba, con Sócrates, que la virtud era conocimiento y se podía enseñar). La poesía y la literatura general formaban parte de lo que Platón concebía como instrucción elemental, pero no debía acudirse a ellas para producir goce estético sino alimento moral y religioso, tal como se acercarían luego los cristianos a la Biblia. Esto pensaba Platón con relación a los clásicos de aquella época, porque para sus contemporáneos y para los bardos futuros Platón preparaba una censura que impidiese las influencias perniciosas para la juventud (ya por esta época había muerto Sócrates, condenado a la cicuta por negarse a adorar a los dioses y por corromper a los jóvenes, muerte que causó gran pena y dolor a Platón).
Después mi amigo se enamoró (yo también, pero ya lo he contado en otros textos y lo contaré en el futuro). Algunas veces se le vio esperando frente a una casa, aún si llovía (es que es tan duro que a uno no lo quieran cuando uno quiere). Dejó de leer la Biblia. En enero se le vio de buen ánimo. “El nuevo año me trajo una mujer”, dijo y me habló de una amiga común. Ella era mayor que él. Era alegre y enérgica, pero cuando las cosas no le iban bien uno pensaba que podía matarse o matar a otro. Él se mudó, no del todo, a un apartamento que ella tenía alquilado. Los amigos siempre éramos bienvenidos. “La libertad vale más que unos corotos”, me dijeron; cada vez visitaban con mayor frecuencia la casa de empeño. Una madrugada bebimos y cantamos tumbados o sentados en el piso. Los vecinos no dijeron nada, sueño pesado, tal vez somníferos.
La ruptura fue dolorosa. Mi amigo buscó consuelo en la lectura. “Traigo a Platón corregido”, exclamó y me dejó Utopía de Thomas More. “¿Verdad que allí sí hay democracia?”, me preguntó. “Claro”, contesté. “Mira”, dijo señalando algunas líneas de texto, “se acabarían la juerga y la indolencia”. Algunas cosas más me comentó. Yo nunca he leído el libro. Por aquellos días él apenas lo revisaba por aquí y por allá. “Tal vez nunca lo termine, dan ganas de ser eterno para reflexionar”, exclamaba con pasión. Hoy él se declara utopista. Se reúne con gente, debate y ve el futuro con optimismo. Hace poco lo encontré con otra mujer mayor, que también conozco, pero muy hermosa. Aparte me dijo que nunca se volverá a enamorar.

martes, 5 de junio de 2007

LA RUTA

Tuve un amigo, un iluminado, un hombre excepcional. Su infancia fue tan plena que ya no hubiera querido vivir más, pero el suicidio se habría prestado a demasiadas interpretaciones y mi amigo era, ante todo, asertivo y confiable porque hasta sus más horrendas acciones podían ser previstas con razonable antelación. Algunas veces deseó a alguna mujer hermosa, pero luego de rápidos y eficaces cálculos desistió de cualquier proyecto, sin pensar más en el asunto; tanta era su convicción. Buscó a la mujer modesta, la que cuenta billetes de poco valor con una sonrisa, la que ama con calma y reposo y arrullo de arroyo y la mujer que no desea nuestro prójimo. Luego de varias tentativas la encontró y se alejaron del mundo, no de manera gratuita, porque mi amigo odiaba las acciones sin fundamento y durante el día le ocupaba mucho tiempo indagar las razones y las causas de casi todo, sin que por ello se vanagloriase de poseer un gran entendimiento.

Mi amigo creyó en un ultramundo, grande y glorioso, preparado para quienes lo ganasen a pulso en una gran lucha. Por eso se retiró del mundo, claro, no del todo porque a veces se necesita ir al mercado y otras un buen baño en la playa. El universo era ilusión y también el Eclesiastés. La verdad estaba en los sitios más imprevistos y por ello vio mucha televisión. Algunos lo llamaban timorato, pero los vio caer a todos, en revueltas populares, hospitales del extranjero o en situaciones más o menos prosaicas.
Tuvo un hijo al que amó con pasión, para demostrar a sus detractores que la pasión no estaba reñida con el buen juicio. En resumen, fue un hombre feliz y el día del juicio final Dios le llamó hijo bienamado y le condujo a los cielos en un carro de fuego. Me tendió su mano, bonachón y le dije: no soy digno de ti y se fue, tal vez un poco triste. Entonces suspiré aliviado mientras unos diablos bastante feos me arrastraban hasta mi tormento.

sábado, 5 de mayo de 2007

LAS BRUJAS



Cuando era niño tenía miedo de las brujas. A la hora en que en mi casa todos dormían y las luces estaban apagadas, llegaban algunas de ellas. Abrían la ventana, hacían a un lado la cortina repleta de tambores y entraban a mi cuarto. Recuerdo a Julita, una señora muy alta, pelirroja y tan arrugada como un envoltorio de caramelo cuando ya no hay caramelo que comer. Sabía decir cosas que me aterraban y mucho más lo sabía cuando le pedía, por favor, que no le hiciera. Por el camino generalmente tenía luchas con brutales enemigos de las que salía siempre victoriosa, con una pierna o un brazo de menos o de más, contingencia que su magia rápidamente suplía. Conocía de trato a muchos demonios que le habían enseñado secretos de poder y de maldad. Se alimentaba de niños y, según decía, tenía un grueso libro de cocina para prepararlos de infinitas maneras y nunca aburrirse de comerlos. Un día cualquiera me devoraría a mí.

En vista de aquello, hablé con mi madre y le conté todo, mis miedos e incertidumbres. Ella sólo contestó: “No existen las brujas, sólo existen las señoras muy chismosas”. Quise entonces ver qué se decía los libros sobre aquellos seres, en busca de un conocimiento aprovechable. Fui a la biblioteca pública y me hundí en el estudio de volúmenes de todas las envergaduras, todas las épocas y todos los colores hasta que un señor muy anciano me convenció de la inutilidad de lo que hacía. Lo conocí en la biblioteca. Arrastraba tras de sí una silla para descansar cada ocho o nueve pasos. Decía tener mucha experiencia en la materia y sabía que no había ninguna esperanza.

Entonces abandoné mis libros, mis amigos y mis juegos y me entregué a la angustia. Sentía temor desde la primera hora de luz hasta la última y aún temía más por la noche. Huía de la oscuridad, el mal mayor y entonces ocurrió.

Un día, bajo el claro sol de la plaza del mercado, vi a Julita. Llevaba un vestido de un azul muy intenso y estaba en una fila muy larga para comprar un pollo completamente congelado. No me vio; pensé en escapar, en correr sin rumbo. Pero la seguí de lejos, seguí el rastro húmedo que y oloroso que iba dejando el pollo. Luego me fui acercando. Caminó por calles que yo no conocía. En una esquina dio limosna a un ciego. Habló sobre zapatos y telas con una mujer en un portal. Lavó ropa y charló a gritos con otras mujeres en un solar. Oró en la iglesia y cantó por la gloria de Dios. Compró comida en un restaurante de barrio. Y todo lo hizo sin que sus ojos parecieran estar allí.

Llegamos a su casa. Entré a escondidas, como sea que eso se pueda hacer y me oculté rápidamente. La vi hacer gestos y conversar sola y la vi sentarse en su cama y llorar como lloran los que han perdido todo consuelo. Salí de mi escondite y la miré de frente. En aquellos tiempos sabía menos palabras de las que hoy sé y, sin embargo, busqué en mi memoria las tres más hermosas que conocía y se las dije con cariño. Entonces me sonrió de la misma forma en que deben hacerlo los ángeles. Luego me golpeó en la cara y en la espalda y me echó, con gran escándalo de su casa. Ahora digo a todos que las brujas sí existen.

domingo, 29 de abril de 2007

De los inconvenientes del escepticismo pertinaz

Para los panas que acuden al Delta Hideaway, aquí está el cuento ganador del concurso de la Dirección de Cultura, iniciantes 2005

DE LOS INCONVENIENTES DEL ESCEPTICISMO PERTINAZ



Por aquellos días un hombre podía traer con facilidad al Demonio a su presencia, es decir, invocarlo, aunque el término en sí había caído en desuso y, por qué no decirlo, en cierto descrédito. ¿Qué ocurría? ¿Por qué habían cambiado los antiguos métodos? El Enemigo Malo se encontraba reflexionando en una oportunidad sobre la naturaleza del rol desempeñado por él en el Cosmos y concluyó que su propuesta podía ser considerada una vía alternativa de algo que no se apuró a definir. Se sabía dueño de muchas verdades tangibles y verificables. Era hermoso y tenía lo que se conoce comúnmente como buen gusto. Muchos le amaban y le agradecían sus favores y su deferencia. Entonces ¿eran necesarios los formalismos, para, a fin de cuentas, tratar asuntos terrenales? En modo alguno era Dios, que si lo fuera bien sabría darse su puesto. En consecuencia declaró el final de la vigencia de la Clavicula Salomonis, del Gran Grimorio y de otros grimorios no tan grandes pero por igual útiles para las impetraciones demoníacas. “Tales composiciones en verso rimado y con métrica, son anacrónicas ante la inmensa popularidad y conveniencia del verso libre”, decía en parte la Resolución redactada al efecto por sus amanuenses.

Dirigirse al Diablo, por tanto, de modo respetuoso y amable era suficiente. El aumento de la demanda determinó el establecimiento de algunas reglas: En caso de no obtener una respuesta inmediata se pedía esperar, pues no constaba en ninguna escritura o libro sagrado de alguna de las grandes religiones que el diablo tuviese el don de la ubicuidad. Existía el derecho de no acudir nunca y, luego de los tiempos primeros de entusiasmo, se creó una comisión que revisaba los caracteres fundamentales de las solicitudes y desechaba las que consideraba frívolas, poco serias o fruto apenas de la curiosidad. Por último, podía Lucifer responder por delegación, ocasión en la cual el subalterno, Asmodeo, Legión o ángel caído nada célebre, presentaba el respectivo documento autenticado.

Existiendo tan favorables condiciones Miguel invocó al demonio, para que le aliviase de la presión arterial alta que le aquejaba y, de una vez, para librarse de un enemigo, rivalidad originada en una vieja rencilla de amor. Eligió como sitio su cuarto y la hora, quince minutos pasada la media noche, luego de la partida de un amigo que le visitaba siempre en las ocasiones más inoportunas. La habitación de Miguel era pequeña y los muebles estaban distribuidos de manera inapropiada, creando en conjunto una sensación de opresión poco cónsona con una hipotéticamente espectacular entrada demoníaca acompañada de humo, fuego y olores nauseabundos. La cama estaba particularmente mal colocada en el centro de la habitación así que la empujó hasta la pared. En el nuevo espacio libre estaban algunas medias llenas de polvo cuyas parejas había echado a la basura hacía mucho tiempo y una libreta escolar que no recordaba haber visto nunca, pero que decía en su exterior, en letra grande que parecía la suya, “INFORME”. Apartó todo esto a un lado con los pies y se sentó en la cama. Durante un rato no demasiado largo solo miró algún punto indefinido en la pared. Ante la ausencia de formalismos no tenía la menor idea de qué hacer.

La puerta se abrió y entró un demonio que no tenía particular aspecto de serlo. Miguel no se sorprendió. Es decir, le asustó, como es lógico, la idea de la presencia infernal y, en cierta manera, le asombró el aspecto vulgar del visitante (pantalón marrón, camisa a rayas, rostro regordete y nada más para recordar) pero, desde su actual manera de considerar las cosas, se hubiese sobresaltado más de ver a su madre o a su hermano franquear la puerta. El demonio le miró.

-Hola –dijo Miguel.

-Hola –dijo el demonio-. Soy Arioch, demonio de la venganza convenida.

-Ok –dijo Miguel.

El demonio colocó sobre la cama un montón de papeles atados con ligas de hule rojas. Algunos, según se veía, habían sido mojados y se habían secado, adquiriendo una deformidad característica. El conjunto olía de manera repulsiva. Miguel consideró poco prudente revisarlos y no los tocó, aunque tal vez, pensaría un rato después y luego de comprobar el lamentable estado de sus sábanas, hubiese sido mejor tomarlos, darles una mirada distraída y colocarlos en el piso. El demonio sonrió. Miguel se sintió confiado de pronto, con esa confianza que estamos seguros de haber experimentado en la primera oportunidad que hablamos con un amigo entrañable.

-Ahí están los documentos –dijo-. Como verás, todo es legal y conforme a derecho.

-Claro.

-No tengo ningún apuro, pero, por favor, dime de qué se trata.

-Ah, sí.

-...

-Claro, sí, mi presión arterial. Sube y sube. He adquirido hábitos sanos de vida. Esas cosas, mucho ejercicio, poca sal, disminución del estrés. Me aburren esas cosas. Y la tensión se mantiene arriba. Ahora mismo está alta. Mi cara se calienta, mis manos se calientan, me zumban los oídos.

-¿Has ido al médico?

-Sí. Lo de siempre.

-Pastillas.

-Cada vez más. Una tras otra.

-¿Tienes algo contra las pastillas?

-No me gustan. A uno le duele la cabeza y toma una pastilla. No puede dormir: pastilla. Estás deprimido, tu vida es un asco: pastillas. A ese paso uno necesitará pastillas para todo. Es decir, una vez está bien, pero no es así. Te acostumbras, hasta te agrada. Es sencillo que toda la responsabilidad la asuma una pastilla.

-¡Ja! ¿Cómo puede ser responsable una pastilla?

-Pues la pastilla asume el lugar de la conciencia, por tanto la responsabilidad de los actos se traslada a la pastilla. Uno no es moralmente imputable.

-Hablas tonterías, pero me diviertes. Ahora vas a decirme que son las pastillas las que van al infierno. ¿Te imaginas eso? Es una soberana tontería; en el fuego del infierno se tuestan las almas, no los productos farmacéuticos.

-Por favor

-¿Qué?

-No vengas con eso. El alma no existe.

-¿Que no existe?

-No

-¿Qué ofreces, entonces, para nuestra transacción?

-¿Qué te interesa?

-Tu casa está llena de porquerías, te seré sincero. Tienes mal gusto y poco dinero. No me interesa nada que tengas aquí, en las gavetas o en el clóset. Solo quiero tu alma.

-No hay problema. Cuenta con un buen negocio -dijo Miguel y rió.

-No termino de entender.

-Pensaba estafarte. Verás. El alma no existe. No puede haber comercio sobre ella. Se supone que me otorgarás algunos favores a cambio de mi alma inmortal. Tendrás la amabilidad de esperar hasta que yo muera. Pero al momento de mi muerte te llevarás la sorpresa de no encontrar nada para cargarte, ni un poco de aire o un poco de polvo porque lo que llamas alma son algunas reacciones químicas que la ciencia ya identificó hace rato. Ahora, te lo digo, el alma no existe. No se puede hablar ahora de timo porque te lo estoy diciendo, no obtendrás de mí nada que valga la pena, al menos en los términos que deseas. Pero si insistes en que existe el alma y por ella me darás algo a cambio, pues sigamos adelante. Soy un hombre práctico. Si existiera el alma, si estuviera seguro de la continuidad ultraterrena de la existencia, no sería tan tonto como para cambiar una eternidad de dicha y de divina contemplación, sea ésta lo que sea, por una efímera felicidad material, por un montón de porquerías.

-Me dirás que el infierno tampoco existe.

-Claro, debe existir, como sitio del cual vienes, porque de algún lado debes venir.

-Ah, entonces el diablo existe pero no existe el alma. Sigue.

-Claro. Una vez alguien dijo más o menos esto: que la gente no crea en la existencia de Dios lo entiendo; pero que no crea en el demonio, eso sí que no me entra en la cabeza. De algún lado tiene que venir tanto mal que vemos en todos lados.

-Y lo que se llama bien ¿De dónde viene?

-¿Bien? ¡Ah, sí! De la casualidad. Del azar. Verás, la gente tiene motivaciones en extremo egoístas. Por ejemplo, en una mañana fría tú quieres tomar un baño tibio. Si esto implica la muerte de una hermosa niña o de una niña fea, digamos para que no me acuses de pedófilo...

-No me pasó por la mente en ningún momento esa acusación.

-En fin, implica la muerte de alguien que no tiene mayores razones que justifiquen su muerte. ¿Qué hace uno entonces? La mente subconsciente hace todos los esfuerzos necesarios para que no te enteres del hecho: ruidos misteriosos en las casas muy espaciosas, fútbol, cancioncitas románticas cantadas a media voz. Un gran trabajo. Pero al final te enteras, interrumpes tu baño y abres el grifo del agua fría. Sales a la calle, con frío y mal humor. Al día siguiente es igual, porque un hombre debe salir bañado y afeitado a la calle. Es su naturaleza. El día y sus afanes te mantienen ocupado, no piensas demasiado en el asunto y si piensas, te ríes un poco o lo comentas con algunos amigos a la hora del almuerzo o cuando caminas por un sitio tranquilo, inventando chistes a costa del asunto. Así pasan algunos meses. Pero una mañana, una mañana cualquiera, abres el grifo del agua caliente, chorros de agua y vapor caen y sabes que por ahí en el mundo está el llanto desconsolado de un ser inocente que muere y la inútil actividad de los que le aman. Muere, pues, así, simple y terrible. O simple nada más. Todos se llenan de miedo, las cosas no son como parecen, como que la muerte no tuvo sentido. Los grandes valores no quedaron demostrados. De allí a que el hombre normal se sienta solo y desamparado, no hay gran trecho. Entonces ocurre. Un magnate contempla la escena, transmitida en cadena nacional. El magnate, un tipo inteligente y dueño del mejor corazón que pudieron encontrar sus médicos, entiende todo de inmediato y presiente una caída sensible en las ventas. Al instante llama a su secretaria, quien lo contacta de inmediato con su administrador general. “¿Cuánto dinero tenemos para caridad? ¡NO BASTA!”. Al rato existe una nueva fundación, miles de niños son salvados. Una estatua se erige en memoria del ser que sufrió para que los demás no lo hicieran. Y aunque una estatua puede ser presa fácil de las deyecciones de los vagos y de los borrachos, se la juzga monumento inmejorable y de gran valor artístico, por lo que los padres llevan a sus hijos los domingos a verla, compran helados y estampas y regresan a casa con el corazón contento y la conciencia limpia. ¿Qué más grande bien se pudo lograr?

-¿Qué ocurrió en tu cuento, al final, con los baños tibios?

-Ah, claro. Que todos pudieron tomarlos cuantas veces quisieron.

-Un final demasiado simple. No resistes la tentación de moralizar. Pero volvamos a lo nuestro. Querías que viniese por tu problema de tensión alta. ¿Sólo eso?

-Eso y otra cosa. Una vez me enamoré. Mucho. Suele ocurrir. Uno no sabe cuando pasa. A los amigos se asegura lo contrario, que apenas es sexo y luego, adiós. Pero uno se enamora y tiene su novia. Ella era rubia y pequeña. Muy linda y me quería. Se llamaba Isabel. A los seis meses nos dejamos. Es decir, ella me dejó por un tipo que tenía una camioneta. Yo pensaba que el tipo tenía cara de idiota, de débil mental, pero luego pensé que esa apreciación no era del todo objetiva. Lo dejé así. El tipo dejó a Isabel luego de un tiempo. Un día lo conocí en una licorería y me trajo hasta la casa. Luego lo veía en todos lados, pasaba muy rápido en la camioneta y saludaba. Un día lo encontré almorzando en un restaurante y hablamos mucho rato. Al tipo le gustaba el fútbol.

-Por favor, no vengas con otro cuento moralizante y largo.

-Es gran cosa el fútbol. Decidí, entonces, no dejarme llevar por el rencor, pues con eso solo lograría dejar de apreciar y disfrutar lo que pudiera tener de bueno la amistad con el tipo. Salimos con unas mujeres. Es increíble la cantidad de muchachas hermosas que conocía en los barrios pobres. La amistad iba bien. Me contó su vida. Nada del otro mundo. Así pasaron los momentos del entusiasmo. Entonces noté que el tipo no se bañaba muy seguido ni con demasiado cuidado. Olía bastante mal, una mezcla repugnante de olores corporales.

-Eres muy delicado.

-No lo soy, es decir, no muy delicado. Pero el tipo era realmente una letrina. ¿Has imaginado alguna vez que la mierda pueda sudar? Me daba asco pensar en las mujeres que se acostaban con él. Isabel era una puerca. Quise rehuir su compañía, pero, creo, el tipo me había tomado mucho cariño. Me buscaba y bebíamos por toda la ciudad. Agarraba mi cerveza –siempre tomábamos cerveza- y me hacía a un lado, buscando un aire menos inmundo. No sé si el tipo se dio cuenta y decidió molestarme o solo lo hizo porque sí, pero comenzó a acercarse a mí y a abrazarme diciendo que era yo su gran amigo y cosas así. El olor ya era bastante. Y ahora venía este tipo y me abrazaba, sobre todo en lugares públicos y con mucha gente. Me incomodaba mucho. La gente comentaba cosas y reía. Le dije que no me abrazara más. Dijo que no lo iba a hacer más. A los días volvía a abrazarme. Entonces noté que el tipo comenzaba a repetir todas las historias que me contaba. Gran parte de sus peroratas versaban sobre sus hazañas sexuales, sus grandes borracheras y negocios con ganado o terrenos en los cuales siempre ganaba enormes cantidades de dinero gracias a su inteligencia y falta de escrúpulos. En las nuevas versiones de sus cuentos todo estaba magnificado: en vez de una mujer llevaba tres a un hotel –una menor de edad, por cierto, era una de las tres; en vez de beber una noche y un día había bebido un mes en la playa, apenas haciendo pausas para dormir, comer e ir al baño; en vez de dejar sin comisión a un socio, lo había abandonado sin dinero y completamente borracho en un bar perdido en el llano. Luego volvió con los abrazos. Alguien que pasaba en un auto nos gritó, riendo, “maricas”. Entonces golpeé al tipo y el tipo me golpeó y yo me fui en un taxi. Y al otro día el tipo estaba buscándome de nuevo.

-¿y qué con eso?

-Que me di cuenta de que odiaba al tipo con todas mis fuerzas, lo odiaba demasiado. El odio me llenaba el cuerpo (si existiera el alma, también la hubiera llenado) –agregó Miguel riendo-. Y apenas bastaba con que algo me lo recordase, así fuera de manera casual y entonces mi presión arterial se disparaba. Ahora sé que ese odio realmente me va a matar. Por ende, el tipo tiene que morir para que yo siga vivo.

-¿Eso es lo otro?

-Sí.

-Está bien. Será fácil. Siempre es fácil

-Este...

-¿Quieres saber qué voy a hacer con tu problema de hipertensión?

-Claro.

-Te traigo unas pastillas. ¿Te las vas a tomar?

-Pero ¿Me curo, así, definitivamente?

-Sí.

-Dame pues.

Arioch le entregó tres pastillas pequeñas y amarillas. Miguel las metió en su boca y salió un momento de la habitación. “Voy por agua”, dijo. Regresó sorprendido por la hora. El demonio hizo un gesto de despedida. Miguel lo miró molesto.

-No quedamos en nada con lo del tipo –dijo.

-Bueno, mañana al mediodía. El tipo va a almorzar siempre en el mismo sitio.

-No sé si siempre, pero le gusta mucho ir al Tercio.

-Va siempre. Nos vemos al frente al mediodía.

-Otra cosa... –dijo Miguel.

-¿Sí? Dime.

-Pues te vas y no me vas a decir nada. Pensé que un demonio tendría una conversación más interesante, que me diría grandes secretos, cosas terribles, no sé, al menos cosas interesantes... No sé...

-¿Cómo querías que lo hiciera si no parabas de hablar? –preguntó Arioch y se fue rápidamente del lugar.

- o –


Miguel llegó, como era su costumbre, media hora antes al lugar señalado. Se paró en la esquina, frente al restaurante y con la calzada de por medio. Se distrajo mirando la gente que pasaba. “Era un juego que había ideado cuando niño”, dijo luego Miguel, “yo veía a la gente a la cara e intentaba adivinar cómo eran ellos y qué les preocupaba o les alegraba, según la expresión que llevasen. Cuando estuve en el liceo me sentí decepcionado, pues al menos tres de mis amigos me comentaron que jugaban a lo mismo en su infancia”.

A las doce el tipo no llegó; a las doce y cuarto-doce y veinte la camioneta se estacionó a unos metros del Tercio. Miguel se ocultó tras de un vehículo y observó. El tipo se bajó del automóvil y Arioch apareció corriendo desde la otra esquina. El tipo comenzó a caminar hacia la entrada y en el momento en que se disponía a subir las tres gradas del acceso, Arioch (que no se había cambiado de ropa) llamó al tipo por su nombre y lo agarró por el hombro. El tipo se soltó y lo miró molesto. Arioch volvió a tomarlo, esta vez por el antebrazo. El tipo forcejeó pero era evidente que sus fuerzas no se comparaban con las del demonio, quien con la otra mano lo obligó a mirarlo de frente. El incidente llamó la atención de los circunstantes, quienes comenzaron a agruparse alrededor. Miguel aprovechó para acercarse. El demonio bajó la cabeza hasta que su boca estuvo junto al oído del tipo y musitó algunas palabras. Las piernas del hombre se doblaron y cayó al piso, arrastrando consigo a Arioch. El hombre intentó arrastrarse, llorando y escupiendo baba. El demonio sacó de su pantalón un cuchillo y lo clavó en el vientre del tipo. La gente retrocedió varios pasos. Miguel vio manar la sangre y vio o creyó ver, porque no tenía control de sus sentidos, como se sucedieron puñaladas en manos, orejas, sexo, tráquea, hipófisis. Arioch se puso entonces de pie y con la mano derecha sacó, también del pantalón, una cola negra que hizo girar en el aire con habilidad de music hall mientras danzaba alrededor del tipo agonizante. Miguel corrió hacia cualquier lado entre vapores que palpitaban. De repente se oyó un grito poderoso: “ESTA NOCHE EN EL MISMO SITIO”.

- o -

-Aquí estoy –dijo Arioch, entrando a la habitación.

-Ajá.

-Bueno ¿Qué te pareció todo?

-Estuvo... bien.

-Como no me diste detalles procedí según mi gusto.

-Estuvo bien.

-¿Cómo te cayó la medicina?

-Bien. Es que uno se enferma y se acostumbra y luego ni se acuerda cómo era sentirse bien.

-Estuve pensando en nuestro negocio y quiero hacerte un regalo. Junta las manos con los dedos entrelazados, pero deja extendidos los índices.

-¿Así?

-Sí. Separa ahora lo más que puedas los índices y espera unos segundos.

Una chispa saltó en el vacío ubicado entre ambos dedos y acto seguido la sustituyó una llama que se extendió límpida. Miguel, asustado, separó las manos y la llama desapareció. El demonio rió.

-También te traje esto –dijo el demonio entregando a Miguel una bolsa de tela-, son cigarros, de muy buena calidad. Disfrútalos.

-Es que no fumo.

-Ah, pues el truco te servirá para sorprender en las fiestas. No, pues, luego vengo y te enseño algunas cosas más, para que te ganes la vida sin tener que hacer gran esfuerzo.

-Otra cosa...

-Dime.

-¿Por qué bailabas alrededor del tipo?

-¿Qué por qué lo hacía? ¿No estaba claro? Tengo que revisar eso... Pues era para que todos se dieran cuenta que me iba a llevar su alma al infierno. Un poco de publicidad, pudiera decirse.

-...

-¿Sí?

-¿De verdad te llevaste su alma al infierno?

-¿Ahora crees? –preguntó Arioch y se fue, prometiendo volver apenas encontrase un tiempo libre.

Miguel recordó que no había preguntado al demonio qué había dicho al oído del tipo. Se hizo el firme propósito de hacerlo la próxima vez que lo viera.

viernes, 20 de abril de 2007

Sí, Fito, el mundo cabe en una canción.

Oigo una canción de amor, es linda, habla de las cosas que me han pasado y de cómo me he sentido luego de que ellas ocurrieran. No es la única que lo hace. Cuando uno sufre, reflexiona y las canciones de amor ayudan a reflexionar o es el sufrimiento el que aclara la razón y ayuda a entender los mensajes contenidos en tales piezas musicales. Algunos de estos temas pueden ser objeto de controversia, condescendamos en ello. A veces, por ellas, la gente se mata o hace otras locuras, pero el provecho que emana del gran conjunto de canciones de amor adecuadas hace olvidar cualquier hecho triste o impropio. Hay ideas diáfanas que se cantan muchas veces: “Se sufre cuando se ama”, “dos son compañía, tres ya son multitud”, “lo eres todo para mí”, “te amo desde el primer momento en que te vi”. Son tan beneficiosas para la salud mental del individuo y la tranquilidad social que no sé qué nombre darles. Ideas benefactoras. Y no sólo existen ideas de este tipo para el amor. Las hay para todo y le permiten a uno conversar decentemente:

-¿Qué tal?
-Aquí, muy bien ¿y la familia?
-Todo bien.
-¿Y los muchachos?
-Creciendo muy bellos. Comen como unos diablos y gastan ropa, pero son la felicidad del hogar.
-Sí, es verdad. Y crecen tan rápido.
-Hoy en día hay muchos peligros. La calle es mala consejera. En mis tiempos… y no es que sea viejo, pero esta ciudad se volvió…
-Etcétera.
-Ajá y las juntas, ja, las juntas. Uno les dice y no lo escuchan.
-¡Ah! Pero luego le dan a uno la razón, cuando están bien jodidos.
-Algunos y algunas veces.
-????
-Sí, ellos terminan dando la razón, sí, señor.
-Los hijos son bendiciones del Señor.
-Amén.

Cuando estuve bien joven, yo pensé que existía la naturaleza humana y que se podía estudiar. El tiempo me pasaba volando y eso me daba rabia. No tenía que ser para mí como era para todos. Pero necesitaba objetividad en mis estudios para así probar, cuasiexperimentalmente, bueno, no recuerdo si fue así con exactitud, los efectos de que algo no fuera para alguno como lo era para todos. Desde un balcón, un día (es mejor la claridad), vi mucha gente en una plaza. Decidí no escoger a nadie desde arriba. Bajé y le hablé a un tipo que me pareció abordable. Como pude, me hice amigo de él. Como pude, le dije que era tonto hablar con frases hechas. Me costó explicarle qué era eso. Se quedó pensando. Comenzó a hablarme, pero duraba mucho para contestar y a veces sus respuestas no eran del todo coherentes con la conversación. Poco hablaba. Cuando salíamos a caminar, miraba todas las cosas como si fueran nuevas para él. Yo pensaba que parecía siempre a punto de salir corriendo. "No me hables mucho, me cansa la charla", me dijo un día y me dio lástima con él. Lo que ocurrió otro día fue terrible. En nuestros paseos nos topamos con un grupo de religiosos o políticos, no recuerdo. Varios de ellos nos hablaron poco menos que a gritos. Movían las manos muy rápidamente frente a la cara de mi amigo. Él los apartó a golpes y golpes recibió de vuelta. Primero mordió a alguno. Luego, con sus uñas, vació un ojo. Los religiosos/políticos, retrocedieron algunos pasos, pero, contando con los dedos y dándose cuenta de que no les alcanzaban, arremetieron contra él y lo pusieron contra un auto. Palos y piedras aparecieron de quién sabe donde. Aproveché para huir, mientras oía los gritos de mi amigo, antes de odio que de dolor. Se habló de ajusticiamiento de un azote de barrio.
Obviamente, no seguí con mis experimentos. Ahora oigo la radio y luego, si la plata alcanza, tal vez me compre un ipod.

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