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lunes, 10 de septiembre de 2007

Nostalgia, creo que le dicen...

La infancia se queda prendida a las cosas más nimias. A veces pensamos en ella y a veces, por extrañas conexiones, hacemos algo más que pensar y sólo un poco menos que regresar. Es normal que alguna lágrima... Es normal. Tal vez no todo el que lea me entienda, tal vez yo no pueda entenderle. Es que la nostalgia es isla compartida quién sabe cómo, con alguna gente. A veces sólo son dos. A veces es uno sólo que creía que no era así, sabiendo desde el principio lo contrario. Las ilusiones son otra cosa.

Hace mucho tiempo un amigo me dijo que contemplar en televisión la muerte de Mazinger Z había sido el momento más duro de su infancia. Lo dijo en son de broma. Al menos en tono idem. Al menos parecía bromear. Yo reí, porque para mí también fue duro. Antes de eso siempre pasaba algo maravilloso que permitía que el robot continuara su lucha contra el doctor Hell y sus monstruos mecánicos. Pero ese día, sin aviso y junto a mis hermanos, supe que no era así. No voy a mentir, aunque sería bonito, no recuerdo la hora, el cielo, el viento que soplaba entonces. Tampoco podía plantear las cosas así en aquel entonces, pero creo que mi amigo y yo y otros amigos y muchos a quien sólo conozco ligeramente y aún otros que no conozco para nada, ni siquiera de nombre, supimos ese día que existía la muerte. Vallejo me lo explicó así, luego:

Hay golpes en la vida, tan fuertes ... ¡Yo no sé!

Golpes como del odio de Dios; como si ante ellos,

la resaca de todo lo sufrido

se empozara en el alma... Yo no sé!


Son pocos; pero son... Abren zanjas obscuras

en el rostro más fiero y en el lomo más fuerte.

Serán talvez los potros de bárbaros atilas;

o los heraldos negros que nos manda la Muerte

Luego de eso, Nietzche en su "Así hablaba Zaratustra", con la noticia de la muerte de Dios, me supo a poca cosa, nada del otro jueves.

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