un sitio de reunión para todos aquellos que escriban o que pretendan hacerlo. sobre todo aquellos que escribimos en las sombras e, incluso, en una zona de cierta penumbra.

viernes, 22 de mayo de 2009

Desierto


Buscando en internet, consigue uno buena literatura a la que no podría acceder de otro modo, acá un ejemplo: Diez cuentos hiperbreves con el desierto como fondo, del autor José Calderón González (poco o nada sé sobre él): http://www.santiagoapostol.net/revista04/cuentos.html

1

Era un hombre que venía del desierto e iba hacia el desierto. Cruzó por allí mismo lento, cansino, desbrozado, sediento, quizás, de lluvia, y vio un oasis de agua tierna y paciente. Esperaba morir de todas formas, más pronto que tarde. Pasó, pues, sin inmutarse, y no bebió.

2

Era un hombre que, oriundo del desierto reseco, hubo de permanecer muchos años y años preso de vegetación selvática, de la humedad verdecina y espumosa. Cuando por fin pudo huir del bosque escarpado, de la agobiante espesura, se adentró por entero en su madre tierra, en la solana de la aridez. Se arrodilló, levantó la cabeza, abrió los ojos, ya ciegos de sol, cayó de bruces y abrazó la arena calentona, besando lo que le daba la vida y lo que le daba la muerte.

3

Era una vez un hombre que se perdió en el desierto cuando era joven. La esperanza de salir de allí lo tenía en pie, al menos. Primero escribió, porque sabía, su nombre y su situación por donde quiera que pasaba, escarbando con sus uñas macilentas. Alguno, pensaba, podría acaso socorrerlo. Pero el viento borraba con voracidad aquellos tenues surcos. Luego probó a grabar en las rocas duras, en las hondas peñas, mensajes de auxilio, aunque también con los años los silbidos del aire cauterizaban las letras temblorosas. Más tarde construyó gigantescas ideas con pesadas rocas que traía de lejos, plantadas en el suelo del yermo. Pero los huracanes y toda clase de pesadillas arruinaban la empresa. Por último, casi desfallecido, esculpió su rescate en el pecho con sangre y voluntad. Aquello ya era por fin indeleble, indestructible, bajo el velo de la arena silenciosa.

4

Era una vez un hombre que soñó con el desierto. No lo había visto nunca, porque procedía de un país remoto de tierras húmedas y tupida selva. Sin embargo, soñó con el desierto imperioso y enigmático, y se dispuso a marchar sobre él, aunque eso le costase su familia, su patrimonio y su vida. La idea de la aspereza y la inclemencia del clima lo derrumbaba, pero a la vez lo atraía profundamente, y se afanó en el viaje. En la marcha perdió los caballos, los dineros y a sus hombres. Llegó por fin a la ola del desierto, solo, casi desnudo, pobre, sin habla y sin posibilidad de retornar a su querido país. Cuando ya no le quedaba una gota de agua, se tragó sus lágrimas con orgullo y valentía. Y de ahí en adelante le fue bien la cosa. Pudo regresar felizmente con su familia, y hasta su muerte llegó a ser un hombre respetable, cuando contaba sus historias sobre el desierto y sobre un sueño del desierto.

5

Era una vez un carcelero que andaba por el desierto errabundo y aturdido, cuando halló en la lejanía la sombra dispersa de un hombre que se tambaleaba. Corrió a su encuentro y se ayudaron mutuamente. Entonces el hombre enfermo se dio cuenta de que tenía delante de sus ojos tristes a quien fue en una ocasión su guardia despiadado. Lo amarró con descuido a una peña y le refrescó la memoria. Le sobrevino al convicto huido atroz venganza, pero se contuvo un tanto porque su furia habría de meditarla. El otro no pidió inútil compasión porque comprendió que iba a morir de la peor manera frente a la indiferencia del inmenso desierto. Después de unas horas, al que fuera prisionero, ahora ya libre, sólo le quedaron fuerzas para dejar la cabeza hundida entre los brazos y abrazarse a su carcelero, llorando.

6

Era una vez un rey que se empeñó en una guerra inútil, como todas las ideas que amputan el destino de almas ajenas. Construyó un campamento bien guarnecido en medio del desierto en alerta del enemigo indeseable. La espera se retardaba, y la impaciencia gateaba por las costillas de la tropa. Los días transcurrían lentos, como el espíritu de los que no quieren combate con semejantes. El sopor se cernía sobre ellos, la indolencia, la desidia, el tedio, la miseria, y por último el odio por haber nacido. Nadie quería estar allí. Nadie pretendía la guerra, salvo su rey, impertérrito. Pero un día mandó atacar, y ellos lo hicieron, ya maltrechos, sin ideas lúcidas, hacia donde el enemigo acechaba resguardado, sin prisas, al abrigo de la canícula que destroza.

7

Era una vez un niño que nació en un desierto insospechado. Creció entre los abrojos, las rocas empedernidas y las heladas noches, bajo la guarida pobre como única protección. Y lo prefería frente a las inclemencias de los hombres, de los que sólo había oído nombrar sus obras.

8

Era una vez un hombre orgulloso que reputó a bien atravesar el desierto fabuloso con su espléndida manada de camellos. Cuando ya llevaba recorrido bastante espacio, reconsideró la idea, y no la vio tan fácil, pero no iba a volver para que todo el mundo se riera. Y siguió adelante, más adelante que su idea. Los camellos se le morían, pero conjeturó que el final del trayecto estaría cerca. No era así. A pie continuó, sin comida ni agua, cuando ya sacrificó al único que quedaba. En un último grito de coraje alcanzó por fin una ciudad: era la suya misma por error. Vinieron a abrazarlo condescendientes, y él, llorando, se rió de todos.

9

Era una vez una ciudad otrora importante que en malos tiempos cayó en desgracia, y la peste se cebó con los más débiles. El adivino vaticinó que aquel hombre que superara la prueba de permanecer en el desierto tres días sin comida ni agua haría que la ciudad volviese a su esplendor. El elegido no tenía esperanza, pero menos aun los habitantes con él, que no lo esperaron. Las hordas enemigas acabaron con lo que quedaba de las ruinas.

10

Era una vez un joven que decidió ser sabio y despedirse de las comodidades de la vida mundana. Se marchó con sus libros al desierto a meditar la doctrina de su dios, con empeño y disciplina. La sabiduría que pretendía era de otro mundo: la humildad ante la soledad, la pobreza, los sufrimientos del cuerpo por las inclemencias del cielo. Pronto abandonó los libros. Mucho era lo que tenía que aprender en sortear los cuchillos que el desierto le urdía.

De Cien Cuentos Desiertos

El Infierno


Es un tema novedoso para los dibujos infantiles.

miércoles, 20 de mayo de 2009

Memín no más un poquitín


Leo desde que era un niño. En mi familia incluso se dice que no está claro el momento en que aprendí a leer, sólo que aprendí. Recuerdo que en la escuela eso era lo más fácil, aprender a leer; hacer planas, sumas y restas e incluso asistir, eso era otra cosa.
Mis primeras lecturas no fueron nada elevadas: Condorito, Memín Pinguin, Orión el Atlante, cosas así. A Memín lo seguía con pasión. Yolanda Vargas Dulché, creo que se llamaba, fue la primera escritora cuyo trabajo me interesó particularmente. Ah, llega un momento en que se deben confesar los pecados, al menos los literarios. Y sigo en ello. En mi infancia, con solo dos o tres canales de televisión, uno se centraba en todo lo que transmitían y lo disfrutaba en sumo grado. La programación era del año, del año setenta si estábamos en el ochenta y cinco. Mucho cine viejo veía uno. De entre tanta película o "superproducción" como anunciaban los narradores, recuerdo ahora "Barrabás", protagonizada por Anthony Quinn. Yo no sabía que el autor de la novela breve en la cual se basaba era Par Lagerkvist (creo que ni tenía noticia del concepto de novela corta). Sólo atinaba a pensar que me gustaba mucho y la veía una y otra vez. Por esos días (ubiquémonos, por la época de la primera visita de Juan Pablo II a Venezuela) una revista popular, con la política criolla como tema central, empezó a obsequiar obras de literatura universal y local. Entre los libros que componían esta colección estaba una selección de cuentos de Arturo Uslar Pietri llamada "Barrabás y otros relatos". Mi emoción fue suprema. ¡Iba a leer la historia de Barrabás, tal como la había visto tantas veces! El anuncio llegó una semana antes que el libro, es decir, con la edición anterior de la revista. Fue una semana larga, como suelen ser todas las de la infancia, pero terminó (como todo). La decepción fue lo que siguió. ¿El delito de callar? Ah vaina más boba. Mi indignación no conoció límites. No pensaba yo que dos o más obras literarias pudiesen tener el mismo título, pero ser distintas. Muchos años después, muchos para mi perfecta ignominia, reconocí que el cuento de Uslar era hermoso. Viví en el error, lo reconozco, pero ya me redimí, soy un hombre nuevo. Cuando salgan, si pueden, dejen una monedita en el platico colocado al efecto.

domingo, 17 de mayo de 2009

UN VAMPIRO EN MARACAIBO


Acabo de terminarla. La compré luego de leer la crítica que hacen de ella en el blog de los Perdomo así como lo comentado por Fedosy Santaella en Caja Virtual. Tuve la agradable sorpresa de encontrame con una novela escrita por un narrador. Entiéndase, escrita por alguien que desea narrar, que desea contar, no mostrarnos que es un arrecho en el uso de la palabra o que es un gran poeta o que es un lo que sea maldito e incomprendido, un angel beatnik, pues. A pesar de ser novela, la obra puede leerse como una serie de cuentos bien logrados sobre temas vampíricos. En contra solo podría decir, derivado de lo anterior, que el narrador central no juega un papel realmente relevante en el hilo de la historia y que incluso, pudimos estar sin él tranquilamente. Sin embargo, son más grandes los aciertos que esta simple observación. He leído mamotretos españoles actuales, publicitados como obras magnas, que no recorren ni la mitad del camino que transita Olivar hacia su objetivo de contarnos una historia. Una buena noticia en nuestra novela, así podría resumirse todo lo arriba escrito por mí.

Titulares


O suplentes, uno no sabe, los sentimientos, los recuerdos, las cosas importantes, vaya uno a pensar si todavía piensa o vaya a freir monos o a freir pollo que es un poco más sencillo de encontrar y al final se lo puede uno comer sin asco. Acusan a Rozitchner de escribir demasiados post, lo ven como una patología casi. Es que la gente jode por cualquier vaina. Yo escribo muy poco y nadie lo comenta, al menos en el blog.
Siguiendo con Rotzichner, me gusta su blog, 100 volando, es decir, disfruto con su lectura e imagino que así ocurre a las otras personas que le leen y comentan. Ahora bien, reconozco que el hombre es autoritario, que tiene opiniones claras sobre todo, pero es valiente. ¿Por qué? porque se atreve a decir que no tolera algo, por ejemplo y en fecha reciente, a las personas lentas, se atreve a mezclar la filosofía y la autoayuda en interesante mixtura, es decir, para ser breves, ha hecho del peligro su oficio y por ello merece ser leído y respetado. Estuve leyendo su novela "pernicioso vegetal" y no me parece particularmente bien lograda, es decir, cada quien tiene sus campos donde destaca y este no es el de él, pero igual es válido que haga sus cosas.
¿Qué se sabe de la novela Bolivia Construcciones? Después de que se descubrió el plagio que el autor, no recuerdo su nombre, así son las cosas, hizo de Nada de Carmen Laforet, desapareció toda referencia. Hará unos días estuve en Buenos Aires y noté que, de noche y en grupos, aparece la ciudad boliviana que de día uno no ve. Habría sido interesante saber algo de ello a través de la ficción novelesca.
Por cierto, siempre quise escribir algo que fuese con la imagen que va más arriba, así no tuviese relación alguna.

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