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domingo, 5 de julio de 2009

RACA (relato resubido)


A Raca, a falta de algo mejor.


Una noche Raca perdió la cabeza. Un joven madrugador la encontró por la calle. Como notó que era una linda cabeza y se trataba de un joven honesto, la llevó a la comandancia de policía donde se ordenó de inmediato retirar la espesa capa de polvo que cubría el Código Civil para consultar el procedimiento pertinente. Raca, a los pocos días y luego de llenar algunos incómodos formularios, recuperó su cabeza, la colocó en el sitio que ordinariamente ocupaba y exclamó: “Me gustó mucho, quiero hacerlo de nuevo”. Este fue el inicio de una serie de extravíos programados de su cabeza. La gente se extrañó al principio por tan particular costumbre, señalaban desde lejos a Raca y cuando se acercaban, examinaban con descaro su cuello.
Raca acudía cada vez más pronto a la comandancia de policía, apenas unas horas después de que la persona en cuestión hubiese consignado el objeto para su devolución, llegando luego al punto de arribar con antelación, debiendo sentarse en una no demasiado confortable sala de espera para dar las gracias personalmente al honrado ciudadano que concurría al cumplimiento de sus deberes. Primero fue un señor mayor de mirada sabia y suave voz, que se quejaba de su mala circulación. Luego, una señora que le miró: a) como quién extiende la mano y (al sólo obtener un “gracias”) b) como quién escupe al que labró su desgracia. El tercero fue un apuesto muchacho al que Raca invitó a tomar un café para compensar de algún modo la molestia que le había ocasionado.
A partir de de ese día fue cada vez mayor el porcentaje de hombres jóvenes que asistió a la comandancia de policía. Al menos una vez por mes Raca salía a bailar. Los vecinos decían que a veces no llegaba sino hasta el otro día e incluso con mal semblante. Fuese como fuese, no estaba conforme nunca con sus citas. A veces el tipo era grosero, o era casado de los que se dicen en trámite de divorcio o sólo quería una aventura pasajera y así lo decía o solo quería una aventura pasajera y hacía grandes esfuerzos por ocultarlo o era uno de los que no se han logrado separar de las faldas de la madre, de la tía o de la abuela o era un desempleado que se juzgaba gran amante y, por tanto, candidato a mantenido o era un homosexual en busca de una relación para cubrir las apariencias o, lo más simple, era un tipo agradable y de buen ver, pero que se veía desde lejos que no se sentía para nada atraído por los encantos de Raca.
Raca suspiraba y seguía perdiendo la cabeza, aunque estaba cerca de hacerlo también con las esperanzas. Todo se volvía costumbre. Raca perdía su cabeza siempre los diecisiete de cada mes, luego de haber cobrado la quincena, porque había muchos inconvenientes para identificarse sin ella, por lo que iba al banco, retiraba todo el dinero, lo guardaba en parte en su cartera, en parte en su casa y una tercera parte en un sitio distinto cada vez. Debía esperar al diecisiete para tener certeza de que ya hubiese recibido su sueldo, por mucho que se atrasara. También evitó la elección de fechas posteriores por la desagradable circunstancia de que para entonces tal vez ya el joven simpático o el hombre maduro interesante no tendría dinero para invitarla a salir y no era necesario, era feo que demostrase una desesperación que estaba segura de no tener, pagando ella la salida (y lo sabía porque ya lo había hecho y en esas oportunidades no hacía sino encontrarle todos los defectos del mundo al hombre, costumbres desagradables y etcétera no tan largo pero sí muy molesto).
Los aumentos de sueldo se retrasaron o sería la inflación o quien sabe qué, un día dieciséis de un mes cualquiera (no diciembre), Raca se dio cuenta de que tenía todo su dinero comprometido y que no le quedaba para perder la cabeza. Ese mes pasó de largo. Tampoco fue un gran sacrificio. Al mes siguiente pasó todo un fin de semana en la calle y llegó el lunes a media mañana al trabajo. Vinieron meses normales y luego, ah, una bonificación y Raca perdió la cabeza tres veces seguidas, todos lo supieron, pero le aceptaron en el trabajo un reposo médico y la cosa quedó ahí. Raca, si embargo, no estaba satisfecha o cada vez lo estaba menos. “¿Para qué vuelve si luego va a doler tanto?”, se preguntaba mientras se ponía la mano en la frente. Se prometió a sí misma ir dejando poco a poco el hábito, porque, de todas maneras, ya no le entusiasmaba demasiado y era más bien una imposición, un no tener otra cosa mejor para hacer.
Llegó el próximo diecisiete y Raca lo pasó tranquila, sólo para darse cuenta que el diecinueve recayó en lo que ya tenía caracteres de vicio, complicando el presupuesto mensual y con la excusa de que esto era parte del proceso de irlo dejando. Entonces, la fecha de la pérdida de se iba mudando, del diecinueve al veinte, al dieciocho, la veintiuno, pero cuando ocurrió un catorce y sábado, con lunes feriado, Raca supo que era el momento de parar. Pensó en buscar ayuda profesional, pero ¿cómo hacerlo si ya no le alcanzaba el salario para nada?
Un cura joven, de ojos claros, le recibió. “Yo creo que es pecado, pero no estoy seguro”. Raca se arrodilló frente al tercer banco, contando desde el altar y rezó. Luego volvió a su casa. En la nevera no había comida. Se acostó, cerró los ojos y habló con Dios. En la madrugada se levantó a cerrar la ventana; hacía mucho frío.
Una semana más tarde, Raca de nuevo perdió el control. Con desgano y esperando el tiempo acostumbrado, acudió a la policía. Una mujer le atendió con grosería. De su cabeza no se tenía noticia y no podría esperar en ninguna sala, cómoda o no. Tomó un taxi y fue a visitar a una amiga. Más tarde regresó a preguntar. “Qué se yo ni me importa”, le dijo la mujer policía. “¿Me podrán informar por teléfono?” “No”. A la noche llamó y le advirtieron que esa línea sólo era para denuncias y emergencias. Volvió a llamar y le dijeron la dirección de donde lo hacía. Colgó e intentó ver televisión.
“Nadie sabe lo que tiene hasta que lo pierde”, le dijo un pesado. “Me pudieron escoger para una mejor fábula”, pensaba ella con rabia “habrá que esperar un poco más” y levantaba el auricular del teléfono sólo para dejarlo de nuevo en su sitio.

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