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lunes, 15 de junio de 2009

El Sol


El jardín necesitaba cuidados. Era pequeño, pero bastante en su caos. Unos días atrás había decidido yo no salir a la calle por un buen tiempo. Nada evidente, me acercaba a la puerta, la abría, salía al jardín, miraba por encima de la reja, también la abría y cuando ya tenía una pierna o medio cuerpo afuera (nunca más), gesticulaba como quien ha olvidado las llaves de la oficina o una olla con caldo fuera de la nevera. Otros olvidos, más exuberantes, no me satisfacían. Entonces entraba de nuevo a casa y me acostaba. Me dormía a ratos y a ratos leía, sin separaciones definidas entre un acto y otro.
De entre los vicios sólo me permitía el café. Una pequeña felicidad contenida en la vieja cafetera que había traído de casa de mamá, antes, en la época del arrebato, podría decirse que en el génesis de mi vida nueva. Iba a la cocina, increíblemente fría, con independencia del clima de afuera y buscaba el frasco del café. Había conseguido en el mercado uno artesanal, de sabor profundo, aunque molido demasiado fino. Una taza me levantaba el ánimo y me invitaba a soñar con lo que aún podría hacer, sólo con tener entusiasmo y trabajar duro. Pero el desorden de mi casa era el primer obstáculo. Decidía entonces arrancar bien y en un afán de sencillez y consideración a los caminantes, pensaba en trabajar un poco en el jardín. Al punto buscaba las herramientas necesarias dentro de mi exiguo arsenal de herrumbres y con ellas encima contemplaba un rato el terreno e imaginaba las posibilidades ocultas en él. Después volvía a acostarme o a tomar café o a sentarme en alguna silla que había dejado por desánimo sobrevenido en cualquier lugar.
Alguna vez, mirando a la calle vi venir al cartero. “A este le deben doler los pies”, pensé de inmediato. Acá los carteros no usan uniforme ni son dotados de zapatos. Yo conocía al cartero de tanto verle. Y sabía que no debía ganar demasiado bien como para permitirse unos zapatos cómodos, que por lo común son más caros que los otros. Familia grande debía tener u otra mujer, porque cara de haber bebido nunca le vi. Me alegré frente a la posibilidad de recibir una carta, de alguien, de antes, de cuando se oía radio y se hacían amigos. El cartero, visiblemente cansado, entró, se paró junto a un arbolito que apenas empezaba a crecer y señalando el sol, dijo:
-Si sus rayos fueran sólidos: primero, qué golpes nos daría al bajarnos del auto o salir de casa; segundo, la Municipalidad tendría que poner barreras a sus caminos-rayos para evitar el binomio suicidio-combustión. Pero sus rayos casi nunca son sólidos y, por tanto, los problemas que generan (y las virtudes que de ellos se desprenden, no hay que olvidarlo) son de otra índole. Imagínese, pues, que uno es dos niños que están justo debajo del sol, cuestión que dura algunos instantes o uno tan sólo, si confundimos sinceridad con calculadora. Mucho silencio debe hacerse. El sol ha estado antes y estará después. Uno tal vez no estuvo nunca, lo digo porque hay gente que no está en ninguna parte, por la simple razón de que no va a ninguna parte. Mientras tanto, aquel ratito, puede llamarse como uno desee, se puede llamar vida si y solo si uno se da cuenta, entonces, durante aquel ratito, como ya dije, uno sonríe y hasta es contemplado por otros que saben o ignoran, tamaña temeridad, tanto mejor para ellos. Y nosotros, que a fin de cuentas, somos uno solo, podríamos extinguirnos en paz. Y digo podríamos y digo paz, porque ya de nada se puede estar seguro. Cuando sabíamos las cosas de cierto sufríamos más. Hoy ya hay ganancia, hoy ya hay de nuevo y siempre (y siempre) un sol y dos niños bajo él. ¿A qué viene preguntar más?
Sorprendido, pregunté:
-¡Usted no me traía una carta?
-No –contestó-. Revise su correo electrónico, esas cosas funcionan ahora así.

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